La música retumbaba en las paredes de cristal del penthouse en Dubái, filtrándose hasta la terraza donde el viento cálido apenas lograba disipar el olor a alcohol y perfume caro.

Deianira Zorkeas estaba apoyada contra la baranda, una copa en la mano y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Abajo, la ciudad brillaba como si nada pudiera tocarla, como si todo fuera perfecto. Como ella.

—Te están buscando —dijo una voz detrás.

No se dio vuelta. Ya sabía quién era. Siempre había alguien buscándola.

—Que esperen.

Su reflejo en el vidrio le devolvía una versión impecable: vestido ajustado, piel luminosa, labios perfectamente delineados con uno de sus propios productos. Zorkeas Beauty. Su imperio. Su nombre.

Un imperio construido sobre control.

O eso le gustaba creer.

Un trago más. Otro después. La línea entre placer y necesidad hacía rato que había desaparecido. No pensaba en eso. No esa noche.

—Deianira —insistió la voz, más cerca ahora—. El inversor no va a quedarse mucho tiempo.

Esta vez sí giró, despacio, como si cada movimiento estuviera coreografiado. Sus ojos recorrieron al hombre frente a ella, evaluándolo en un segundo.

—Entonces que aprenda a esperar —respondió, suave, casi peligrosa.

Lo dejó ahí, sin más, y volvió adentro.

La fiesta era un espectáculo: cuerpos, risas, luces, música. Todo girando alrededor de ella sin que pareciera tocarla realmente. Se movía entre la gente como si flotara, como si nada pesara.

Pero todo pesaba.

Una mano en su cintura. Otra en su brazo. Susurros, propuestas, miradas. Ella respondía con lo justo: una sonrisa, un gesto, un juego. Sabía exactamente qué dar y qué no.

Control.

Siempre control.

Hasta que no.

En algún punto de la noche, el ruido se volvió demasiado. O demasiado poco. Difícil de distinguir. Se encerró en el baño, apoyando las manos contra el mármol frío.

Respiró.

Una vez.

Otra.

Se miró en el espejo.

Ahí estaba otra vez: perfecta… y completamente desordenada por dentro.

Se inclinó sobre la mesada, cerrando los ojos. No sabía cuánto tiempo pasó. Podrían haber sido segundos o minutos.

Un golpe en la puerta.

—¿Estás bien?

Abrió los ojos lentamente. Volvió a ponerse la máscara en cuestión de segundos.

Cuando salió, nadie notó la diferencia.

Claro que no.

Deianira caminó directo hacia el inversor, con esa seguridad que parecía imposible de romper. Le tendió la mano, sonrisa impecable.

—Disculpa la espera —dijo—. Ahora sí, hablemos de negocios.

Y así, entre contratos, copas y promesas, la noche siguió avanzando.

Como siempre.

Como si nada se estuviera desmoronando por dentro.
La música retumbaba en las paredes de cristal del penthouse en Dubái, filtrándose hasta la terraza donde el viento cálido apenas lograba disipar el olor a alcohol y perfume caro. Deianira Zorkeas estaba apoyada contra la baranda, una copa en la mano y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Abajo, la ciudad brillaba como si nada pudiera tocarla, como si todo fuera perfecto. Como ella. —Te están buscando —dijo una voz detrás. No se dio vuelta. Ya sabía quién era. Siempre había alguien buscándola. —Que esperen. Su reflejo en el vidrio le devolvía una versión impecable: vestido ajustado, piel luminosa, labios perfectamente delineados con uno de sus propios productos. Zorkeas Beauty. Su imperio. Su nombre. Un imperio construido sobre control. O eso le gustaba creer. Un trago más. Otro después. La línea entre placer y necesidad hacía rato que había desaparecido. No pensaba en eso. No esa noche. —Deianira —insistió la voz, más cerca ahora—. El inversor no va a quedarse mucho tiempo. Esta vez sí giró, despacio, como si cada movimiento estuviera coreografiado. Sus ojos recorrieron al hombre frente a ella, evaluándolo en un segundo. —Entonces que aprenda a esperar —respondió, suave, casi peligrosa. Lo dejó ahí, sin más, y volvió adentro. La fiesta era un espectáculo: cuerpos, risas, luces, música. Todo girando alrededor de ella sin que pareciera tocarla realmente. Se movía entre la gente como si flotara, como si nada pesara. Pero todo pesaba. Una mano en su cintura. Otra en su brazo. Susurros, propuestas, miradas. Ella respondía con lo justo: una sonrisa, un gesto, un juego. Sabía exactamente qué dar y qué no. Control. Siempre control. Hasta que no. En algún punto de la noche, el ruido se volvió demasiado. O demasiado poco. Difícil de distinguir. Se encerró en el baño, apoyando las manos contra el mármol frío. Respiró. Una vez. Otra. Se miró en el espejo. Ahí estaba otra vez: perfecta… y completamente desordenada por dentro. Se inclinó sobre la mesada, cerrando los ojos. No sabía cuánto tiempo pasó. Podrían haber sido segundos o minutos. Un golpe en la puerta. —¿Estás bien? Abrió los ojos lentamente. Volvió a ponerse la máscara en cuestión de segundos. Cuando salió, nadie notó la diferencia. Claro que no. Deianira caminó directo hacia el inversor, con esa seguridad que parecía imposible de romper. Le tendió la mano, sonrisa impecable. —Disculpa la espera —dijo—. Ahora sí, hablemos de negocios. Y así, entre contratos, copas y promesas, la noche siguió avanzando. Como siempre. Como si nada se estuviera desmoronando por dentro.
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