En la vigilia, la paleógrafa podía fingir; en los sueños, la Arcángel recordaba.

La pesadilla siempre empezaba como un paraíso. En su letargo, la mente humana perdía el control y su esencia divina intentaba expandirse a su tamaño original. De pronto, Raziel volvía a sentir las raíces del Árbol de la Sabiduría enredándose cálidamente en su espina dorsal. Podía escuchar de nuevo la sinfonía de los planetas orbitando, leer los pensamientos de las estrellas y comprender el abecedario de la lluvia. La omnisciencia inundaba su cabeza como luz pura. En su sueño, sentía el tirón en la espalda y sus majestuosas alas doradas se desplegaban, rasgando el viento con esa libertad que solo conocían los seres celestiales.

—Padre... —rogó en un murmullo roto y tembloroso—. ¿Cuándo volverás? ¿Cuándo terminará este silencio? Te lo ruego... no me dejes olvidarte.
En la vigilia, la paleógrafa podía fingir; en los sueños, la Arcángel recordaba. La pesadilla siempre empezaba como un paraíso. En su letargo, la mente humana perdía el control y su esencia divina intentaba expandirse a su tamaño original. De pronto, Raziel volvía a sentir las raíces del Árbol de la Sabiduría enredándose cálidamente en su espina dorsal. Podía escuchar de nuevo la sinfonía de los planetas orbitando, leer los pensamientos de las estrellas y comprender el abecedario de la lluvia. La omnisciencia inundaba su cabeza como luz pura. En su sueño, sentía el tirón en la espalda y sus majestuosas alas doradas se desplegaban, rasgando el viento con esa libertad que solo conocían los seres celestiales. —Padre... —rogó en un murmullo roto y tembloroso—. ¿Cuándo volverás? ¿Cuándo terminará este silencio? Te lo ruego... no me dejes olvidarte.
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