Habían transcurrido más de diez años. A veces sentía que podía oler el humo de aquella noche, pues no estaba adherido a su piel: lo estaba a su consciencia.

La sangre resbalaba por el filo de su acero y caía gota a gota sobre la nieve, ensuciando y mancillando su blancura.

El aire le quemaba los pulmones. La mandíbula estaba tan tensa, que las muelas chirriaron bajo el esfuerzo de soportar aquella tensión. Los músculos se endurecieron como el acero que empuñaban, y el cuero se quejó bajó los nudillos blancos.

La choza ardía y frente a ella, siete cuerpos yacían sin vida en el suelo. Solo uno respiraba, entre sus semejantes. Sus ojos desorbitados, comenzaron a entender que aquel hombre que tenía frente a él, no era un hombre común.

No aquella noche.

Y nunca más desde entonces.

Tras aquella figura imponente, tras la puerta que colgaba de una de sus bisagras, el pálido brazo de una mujer, se asomaba como el pecado cuya sentencia tomaba la forma de una espada.

Y ese hombre con los ojos enrojecidos de dolor y rabia, era su verdugo.

Había cedido amargamente el control al dolor. La adrenalina le impedía sentir el profundo corte en su abdomen, o el frío que lo azotaba. El pulso acelerado le latía en las sienes como un tambor de guerra.

Aquel hombre arrodillado balbuceaba súplicas que no estaban siendo escuchadas. Hakon ya no oía nada. Lo único que lo mantenía cuerdo yacía sin vida sobre un charco de sangre, dentro de un edificio de madera que se consumía y se desmoronaba.

La cadena se había roto.

La bestia campaba libre.

Rugió.

No hubo duda. Fue un corte limpio y letal. La cabeza del desdichado cayó al suelo con un golpe seco. No rodó, se clavó en la nieve.

Ese golpe se repite en su cabeza en ese instante. Su cuerpo incluso se resiente al revivir el momento y sus manos se aprietan en un gesto que logra contener sin esfuerzo.

Un suspiro escapa entre sus labios.

Corto. Fuerte.

El vaho se expande hasta difuminarse ante sus ojos de color azul, y verde. En este momento más brillantes que hace un rato. Pero no se permite esa concesión, y afila la mirada antes de seguir descendiendo la ladera.
Habían transcurrido más de diez años. A veces sentía que podía oler el humo de aquella noche, pues no estaba adherido a su piel: lo estaba a su consciencia. La sangre resbalaba por el filo de su acero y caía gota a gota sobre la nieve, ensuciando y mancillando su blancura. El aire le quemaba los pulmones. La mandíbula estaba tan tensa, que las muelas chirriaron bajo el esfuerzo de soportar aquella tensión. Los músculos se endurecieron como el acero que empuñaban, y el cuero se quejó bajó los nudillos blancos. La choza ardía y frente a ella, siete cuerpos yacían sin vida en el suelo. Solo uno respiraba, entre sus semejantes. Sus ojos desorbitados, comenzaron a entender que aquel hombre que tenía frente a él, no era un hombre común. No aquella noche. Y nunca más desde entonces. Tras aquella figura imponente, tras la puerta que colgaba de una de sus bisagras, el pálido brazo de una mujer, se asomaba como el pecado cuya sentencia tomaba la forma de una espada. Y ese hombre con los ojos enrojecidos de dolor y rabia, era su verdugo. Había cedido amargamente el control al dolor. La adrenalina le impedía sentir el profundo corte en su abdomen, o el frío que lo azotaba. El pulso acelerado le latía en las sienes como un tambor de guerra. Aquel hombre arrodillado balbuceaba súplicas que no estaban siendo escuchadas. Hakon ya no oía nada. Lo único que lo mantenía cuerdo yacía sin vida sobre un charco de sangre, dentro de un edificio de madera que se consumía y se desmoronaba. La cadena se había roto. La bestia campaba libre. Rugió. No hubo duda. Fue un corte limpio y letal. La cabeza del desdichado cayó al suelo con un golpe seco. No rodó, se clavó en la nieve. Ese golpe se repite en su cabeza en ese instante. Su cuerpo incluso se resiente al revivir el momento y sus manos se aprietan en un gesto que logra contener sin esfuerzo. Un suspiro escapa entre sus labios. Corto. Fuerte. El vaho se expande hasta difuminarse ante sus ojos de color azul, y verde. En este momento más brillantes que hace un rato. Pero no se permite esa concesión, y afila la mirada antes de seguir descendiendo la ladera.
Me entristece
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