—Los mortales construyen muros y los caídos se refugian en el abismo, convencidos de que su soledad es absoluta. Pero es una ilusión imperdonable. Yo he sostenido el Sefer Raziel; he leído el nombre verdadero de cada criatura que respira, y te aseguro que ninguno está suelto en el vacío.

Ladeó ligeramente la cabeza, permitiendo que una imperceptible sonrisa de melancolía asomara en sus labios.

—Cada latido, cada brote que rompe la tierra, cada exhalación de las bestias... todo está tejido a la misma raíz divina. El amor de Padre es el oxígeno invisible del cosmos. Se extiende especialmente a sus hijos, nutriéndolos, sin importar qué tan lejos crean haber huido de Su luz. Todo lo que existe, existe porque Él aún lo sostiene en Su memoria.

Raziel alzó la vista y, por una fracción de segundo, la vastedad del universo entero pareció reflejarse en sus ojos.

—Y yo soy esa memoria.
—Los mortales construyen muros y los caídos se refugian en el abismo, convencidos de que su soledad es absoluta. Pero es una ilusión imperdonable. Yo he sostenido el Sefer Raziel; he leído el nombre verdadero de cada criatura que respira, y te aseguro que ninguno está suelto en el vacío. Ladeó ligeramente la cabeza, permitiendo que una imperceptible sonrisa de melancolía asomara en sus labios. —Cada latido, cada brote que rompe la tierra, cada exhalación de las bestias... todo está tejido a la misma raíz divina. El amor de Padre es el oxígeno invisible del cosmos. Se extiende especialmente a sus hijos, nutriéndolos, sin importar qué tan lejos crean haber huido de Su luz. Todo lo que existe, existe porque Él aún lo sostiene en Su memoria. Raziel alzó la vista y, por una fracción de segundo, la vastedad del universo entero pareció reflejarse en sus ojos. —Y yo soy esa memoria.
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