Recuerdo el frío de todas las mañanas, y no hablo por el clima… sino por la dureza de quienes me entrenaban.

Cada caída no era un error, era una lección que quedaba grabada en la carne y hueso; literalmente. Hubo días en los que el sonido de mis propios huesos fracturándose se volvió parte del entrenamiento, dándome cuenta de que el dolor fue el verdadero maestro. No había consuelo, ni siquiera pausas… solo la exigencia de levantarme una y otra vez, con el cuerpo temblando al borde del colapso.

Supongo que fue ahí donde entendí que la fuerza no nace del poder… Es sobrevivir a aquello que debería haberte destruido.
Recuerdo el frío de todas las mañanas, y no hablo por el clima… sino por la dureza de quienes me entrenaban. Cada caída no era un error, era una lección que quedaba grabada en la carne y hueso; literalmente. Hubo días en los que el sonido de mis propios huesos fracturándose se volvió parte del entrenamiento, dándome cuenta de que el dolor fue el verdadero maestro. No había consuelo, ni siquiera pausas… solo la exigencia de levantarme una y otra vez, con el cuerpo temblando al borde del colapso. Supongo que fue ahí donde entendí que la fuerza no nace del poder… Es sobrevivir a aquello que debería haberte destruido.
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