Era la primera vez, en todo el tiempo que llevaba existiendo entre los humanos, que podía elegir un vestido de su entero y absoluto gusto. Sin intervenciones crueles, sin críticas hirientes, sin las imposiciones de su jefa ni las cadenas invisibles del exorcista dictando cómo debía lucir.
Eligió los colores guiada por una suave nostalgia: una tela blanca con delicados destellos rojos que le recordaban a su pelaje real, aquel que la abrigaba con naturalidad cuando solía correr libre.

Al mirarse al espejo, el peso de los abusos y los sellos pareció aligerarse por un instante. No se veía imponente ni soberbia, sino como alguien que por fin encontraba un pequeño refugio en sí misma. Por primera vez desde que habitaba ese envase humano, Kardia se sentía, de una manera muy sencilla y genuina, bonita.
Era la primera vez, en todo el tiempo que llevaba existiendo entre los humanos, que podía elegir un vestido de su entero y absoluto gusto. Sin intervenciones crueles, sin críticas hirientes, sin las imposiciones de su jefa ni las cadenas invisibles del exorcista dictando cómo debía lucir. Eligió los colores guiada por una suave nostalgia: una tela blanca con delicados destellos rojos que le recordaban a su pelaje real, aquel que la abrigaba con naturalidad cuando solía correr libre. Al mirarse al espejo, el peso de los abusos y los sellos pareció aligerarse por un instante. No se veía imponente ni soberbia, sino como alguien que por fin encontraba un pequeño refugio en sí misma. Por primera vez desde que habitaba ese envase humano, Kardia se sentía, de una manera muy sencilla y genuina, bonita.
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