Tras tres días de incansable aleteo, el cuervo negro surcó finalmente los cielos de las tierras bajas.
Aquí, el aire era dulce y el clima concedía una tregua que su tierra de origen jamás conocía.

Atado a su pata, un pergamino sellado con cera roja custodiaba un nombre... "A De LaValiere".

​Aunque el ave estaba entrenada para hacer este recorrido, no poseía el don de ubicar la residencia exacta de la mujer, con una inteligencia casi humana, descendió sobre la plaza principal, rompiendo la calma con graznidos estridentes que exigían atención.

Los curiosos se acercaban, atraídos por el brillo azabache de sus plumas, pero al leer el destinatario en el sello, retrocedían con respeto o indiferencia, dejando al ave sola en su ruidosa espera.
Tras tres días de incansable aleteo, el cuervo negro surcó finalmente los cielos de las tierras bajas. Aquí, el aire era dulce y el clima concedía una tregua que su tierra de origen jamás conocía. Atado a su pata, un pergamino sellado con cera roja custodiaba un nombre... "A De LaValiere". ​Aunque el ave estaba entrenada para hacer este recorrido, no poseía el don de ubicar la residencia exacta de la mujer, con una inteligencia casi humana, descendió sobre la plaza principal, rompiendo la calma con graznidos estridentes que exigían atención. Los curiosos se acercaban, atraídos por el brillo azabache de sus plumas, pero al leer el destinatario en el sello, retrocedían con respeto o indiferencia, dejando al ave sola en su ruidosa espera.
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