Kazuo no solo era un hombre de palabra, sino que tampoco podía mentir de todas formas.
La hora de volver a Brattvåg se acercaba.
No es que estuviese recuperado del todo, aún se veía cansancio en sus ojos, pero sería capaz de ir recuperando lo que le faltaba de fuerzas poco a poco en los próximos días.
Este llegó a los grandes portones del bastión, por supuesto altamente custodiado. Pero al contrario que la última vez, las puertas se abrieron para él sin objeción alguna.
Kazuo no era consciente del "revuelo" que había causado en la población por su "exótica" apariencia. Un guardia lo escoltó hasta el castillo, donde le informaron que hasta nueva orden no podría salir de este. Aquello no era muy de su agrado, él era y siempre había sido un alma libre, pero de momento lo aceptaría aquella orden.
Caminó hasta la puerta del dormitorio donde había quedado con la reina 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 justamente sobre esa hora. La puerta custodiada por dos guardias, uno de ellos aquel que le dejó entrar en la ciudad aquel día. Kazuo los saludó a ambos respetuosamente y entró en la estancia.
Milenka dormía como era de esperar, pero no había rastro de la reina, lo cual tampoco la pilló demasiado de sorpresa.
Antes de comenzar sus labores buscó en sus alforjas el saco de dinero que llevaba consigo. Habían registrado y requisado sus cosas al llegar, pero respetaron su dinero, lo cual agradeció profundamente. Este tomó algunas monedas de oro y de plata, volviendo a salir por la puerta donde estaban los guardias. Se dirigió hacia aquél que ya conocía, un joven que de primeras le pareció ser honesto y de buen corazón en su primera impresión aquella noche.
-No se si tengo la potestad para pediros algo. Pero necesito un favor... En la posada donde fui arrestado la primera noche, dejé a mi caballo en las caballerizas a cargo de un mozo. Es un semental color azabache con un lucero blanco en forma de rombo en su frente.- Kazuo tomó la mano del guardia entregándole una generosa cantidad de dinero.
-Me gustaría que lo trajeran aquí, es mi fiel compañero y tenerlo lejos me causa angustia. Con este dinero me gustaría que pagasen a la posadera por haberlo tenido allí estos días, déjeles una propina y el resto que sobre quedatelo a por el favor. No tiene que ser ahora si estás ocupado con tu guardia, pero si fuera posible querría a mi caballo de vuelta.- Pidió Kazuo con serenidad, pero con esa pizca de súplica en sus ojos.
El guardia tomó el dinero, guardándolo a buen recaudo.
Guardia: -Si no puedo hacerlo yo mismo, intentaré que tu petición sea realizada, se lo prometo.- Dijo el joven con un asentimiento.
Kazuo inclinó su torso hacia delante en señal de agradecimiento, tal y como marcaban sus costumbres, y le dio nuevamente las gracias por aceptar su petición.
El zorro volvió dentro, poniéndose de inmediato a preparar los ungüentos y cataplasmas para cambiar vendajes y limpiar nuevamente las heridas. Una vez listas, puso un paño sobre los preparados para dejarlos reposar. Fue hasta la cama, sentándose en el filo de esta. Puso su mano sobre la frente de Milena, quien no tenía fiebre. El toque la despertó lentamente y, al verlo, la arquera se tensó al no reconocerlo de inmediato.
-¿Cómo has descansado Milenka?, te veo mejor...- Decía Kazuo con calma.
Ella reconoció aquella voz, esa que le hablaba de forma lejana, que le pedía que no se durmiera. La arqueta se relajó un poco y asintió en silencio.
-Soy Kazuo, dudo que recuerdes mucho. Fuí quien te trató ayer. Toca retirar la cataplasma y los ungüentos de ayer para remplazarlos con vendas limpias, le informó mientras sacaba sus utensilios para cortar las vendas con más facilidad.
El zorro corta las vendas con su tijera curvada, con cuidado y manteniendo en todo momento el contacto justo para no incomodar a la joven. Con un paño y agua limpios de ayer, limpió con cuidado, retirando todo lo que puso en el día de ayer. Con otro paño empapado con un poco de sake, limpió bordes y zonas más delicadas y con riesgo de infección. Aquello le escoció un poco, pero era soportable.
-La herida tiene buen aspecto...- concluyó este examinándola de forma clínica con sus afilados ojos color zafiro.
Aplicó el nuevo ungüento con delicadeza y, tras acabar, volvió a vendar la zona con vendas limpias con perfección milimétrica.
-Sigue manteniendo reposo, esta noche, si veo que la herida está fuera de peligro de infección, la coseré para que su cicatrización sea más rápida. - Dijo mientras se ponía en pie y se lavaba las manos en uno de los baldes dispuestos para eso.
Este caminó nuevamente a la mesa para volver a preparar más medicina, esperando a que la reina finalmente hiciera acto de presencia. Si no lo hacía, lo más probable es que el mismo saliera a buscarla; no solo ella era la obstinada, el zorro no se queda atrás.
La hora de volver a Brattvåg se acercaba.
No es que estuviese recuperado del todo, aún se veía cansancio en sus ojos, pero sería capaz de ir recuperando lo que le faltaba de fuerzas poco a poco en los próximos días.
Este llegó a los grandes portones del bastión, por supuesto altamente custodiado. Pero al contrario que la última vez, las puertas se abrieron para él sin objeción alguna.
Kazuo no era consciente del "revuelo" que había causado en la población por su "exótica" apariencia. Un guardia lo escoltó hasta el castillo, donde le informaron que hasta nueva orden no podría salir de este. Aquello no era muy de su agrado, él era y siempre había sido un alma libre, pero de momento lo aceptaría aquella orden.
Caminó hasta la puerta del dormitorio donde había quedado con la reina 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 justamente sobre esa hora. La puerta custodiada por dos guardias, uno de ellos aquel que le dejó entrar en la ciudad aquel día. Kazuo los saludó a ambos respetuosamente y entró en la estancia.
Milenka dormía como era de esperar, pero no había rastro de la reina, lo cual tampoco la pilló demasiado de sorpresa.
Antes de comenzar sus labores buscó en sus alforjas el saco de dinero que llevaba consigo. Habían registrado y requisado sus cosas al llegar, pero respetaron su dinero, lo cual agradeció profundamente. Este tomó algunas monedas de oro y de plata, volviendo a salir por la puerta donde estaban los guardias. Se dirigió hacia aquél que ya conocía, un joven que de primeras le pareció ser honesto y de buen corazón en su primera impresión aquella noche.
-No se si tengo la potestad para pediros algo. Pero necesito un favor... En la posada donde fui arrestado la primera noche, dejé a mi caballo en las caballerizas a cargo de un mozo. Es un semental color azabache con un lucero blanco en forma de rombo en su frente.- Kazuo tomó la mano del guardia entregándole una generosa cantidad de dinero.
-Me gustaría que lo trajeran aquí, es mi fiel compañero y tenerlo lejos me causa angustia. Con este dinero me gustaría que pagasen a la posadera por haberlo tenido allí estos días, déjeles una propina y el resto que sobre quedatelo a por el favor. No tiene que ser ahora si estás ocupado con tu guardia, pero si fuera posible querría a mi caballo de vuelta.- Pidió Kazuo con serenidad, pero con esa pizca de súplica en sus ojos.
El guardia tomó el dinero, guardándolo a buen recaudo.
Guardia: -Si no puedo hacerlo yo mismo, intentaré que tu petición sea realizada, se lo prometo.- Dijo el joven con un asentimiento.
Kazuo inclinó su torso hacia delante en señal de agradecimiento, tal y como marcaban sus costumbres, y le dio nuevamente las gracias por aceptar su petición.
El zorro volvió dentro, poniéndose de inmediato a preparar los ungüentos y cataplasmas para cambiar vendajes y limpiar nuevamente las heridas. Una vez listas, puso un paño sobre los preparados para dejarlos reposar. Fue hasta la cama, sentándose en el filo de esta. Puso su mano sobre la frente de Milena, quien no tenía fiebre. El toque la despertó lentamente y, al verlo, la arquera se tensó al no reconocerlo de inmediato.
-¿Cómo has descansado Milenka?, te veo mejor...- Decía Kazuo con calma.
Ella reconoció aquella voz, esa que le hablaba de forma lejana, que le pedía que no se durmiera. La arqueta se relajó un poco y asintió en silencio.
-Soy Kazuo, dudo que recuerdes mucho. Fuí quien te trató ayer. Toca retirar la cataplasma y los ungüentos de ayer para remplazarlos con vendas limpias, le informó mientras sacaba sus utensilios para cortar las vendas con más facilidad.
El zorro corta las vendas con su tijera curvada, con cuidado y manteniendo en todo momento el contacto justo para no incomodar a la joven. Con un paño y agua limpios de ayer, limpió con cuidado, retirando todo lo que puso en el día de ayer. Con otro paño empapado con un poco de sake, limpió bordes y zonas más delicadas y con riesgo de infección. Aquello le escoció un poco, pero era soportable.
-La herida tiene buen aspecto...- concluyó este examinándola de forma clínica con sus afilados ojos color zafiro.
Aplicó el nuevo ungüento con delicadeza y, tras acabar, volvió a vendar la zona con vendas limpias con perfección milimétrica.
-Sigue manteniendo reposo, esta noche, si veo que la herida está fuera de peligro de infección, la coseré para que su cicatrización sea más rápida. - Dijo mientras se ponía en pie y se lavaba las manos en uno de los baldes dispuestos para eso.
Este caminó nuevamente a la mesa para volver a preparar más medicina, esperando a que la reina finalmente hiciera acto de presencia. Si no lo hacía, lo más probable es que el mismo saliera a buscarla; no solo ella era la obstinada, el zorro no se queda atrás.
Kazuo no solo era un hombre de palabra, sino que tampoco podía mentir de todas formas.
La hora de volver a Brattvåg se acercaba.
No es que estuviese recuperado del todo, aún se veía cansancio en sus ojos, pero sería capaz de ir recuperando lo que le faltaba de fuerzas poco a poco en los próximos días.
Este llegó a los grandes portones del bastión, por supuesto altamente custodiado. Pero al contrario que la última vez, las puertas se abrieron para él sin objeción alguna.
Kazuo no era consciente del "revuelo" que había causado en la población por su "exótica" apariencia. Un guardia lo escoltó hasta el castillo, donde le informaron que hasta nueva orden no podría salir de este. Aquello no era muy de su agrado, él era y siempre había sido un alma libre, pero de momento lo aceptaría aquella orden.
Caminó hasta la puerta del dormitorio donde había quedado con la reina [Liz_bloodFlame] justamente sobre esa hora. La puerta custodiada por dos guardias, uno de ellos aquel que le dejó entrar en la ciudad aquel día. Kazuo los saludó a ambos respetuosamente y entró en la estancia.
Milenka dormía como era de esperar, pero no había rastro de la reina, lo cual tampoco la pilló demasiado de sorpresa.
Antes de comenzar sus labores buscó en sus alforjas el saco de dinero que llevaba consigo. Habían registrado y requisado sus cosas al llegar, pero respetaron su dinero, lo cual agradeció profundamente. Este tomó algunas monedas de oro y de plata, volviendo a salir por la puerta donde estaban los guardias. Se dirigió hacia aquél que ya conocía, un joven que de primeras le pareció ser honesto y de buen corazón en su primera impresión aquella noche.
-No se si tengo la potestad para pediros algo. Pero necesito un favor... En la posada donde fui arrestado la primera noche, dejé a mi caballo en las caballerizas a cargo de un mozo. Es un semental color azabache con un lucero blanco en forma de rombo en su frente.- Kazuo tomó la mano del guardia entregándole una generosa cantidad de dinero.
-Me gustaría que lo trajeran aquí, es mi fiel compañero y tenerlo lejos me causa angustia. Con este dinero me gustaría que pagasen a la posadera por haberlo tenido allí estos días, déjeles una propina y el resto que sobre quedatelo a por el favor. No tiene que ser ahora si estás ocupado con tu guardia, pero si fuera posible querría a mi caballo de vuelta.- Pidió Kazuo con serenidad, pero con esa pizca de súplica en sus ojos.
El guardia tomó el dinero, guardándolo a buen recaudo.
Guardia: -Si no puedo hacerlo yo mismo, intentaré que tu petición sea realizada, se lo prometo.- Dijo el joven con un asentimiento.
Kazuo inclinó su torso hacia delante en señal de agradecimiento, tal y como marcaban sus costumbres, y le dio nuevamente las gracias por aceptar su petición.
El zorro volvió dentro, poniéndose de inmediato a preparar los ungüentos y cataplasmas para cambiar vendajes y limpiar nuevamente las heridas. Una vez listas, puso un paño sobre los preparados para dejarlos reposar. Fue hasta la cama, sentándose en el filo de esta. Puso su mano sobre la frente de Milena, quien no tenía fiebre. El toque la despertó lentamente y, al verlo, la arquera se tensó al no reconocerlo de inmediato.
-¿Cómo has descansado Milenka?, te veo mejor...- Decía Kazuo con calma.
Ella reconoció aquella voz, esa que le hablaba de forma lejana, que le pedía que no se durmiera. La arqueta se relajó un poco y asintió en silencio.
-Soy Kazuo, dudo que recuerdes mucho. Fuí quien te trató ayer. Toca retirar la cataplasma y los ungüentos de ayer para remplazarlos con vendas limpias, le informó mientras sacaba sus utensilios para cortar las vendas con más facilidad.
El zorro corta las vendas con su tijera curvada, con cuidado y manteniendo en todo momento el contacto justo para no incomodar a la joven. Con un paño y agua limpios de ayer, limpió con cuidado, retirando todo lo que puso en el día de ayer. Con otro paño empapado con un poco de sake, limpió bordes y zonas más delicadas y con riesgo de infección. Aquello le escoció un poco, pero era soportable.
-La herida tiene buen aspecto...- concluyó este examinándola de forma clínica con sus afilados ojos color zafiro.
Aplicó el nuevo ungüento con delicadeza y, tras acabar, volvió a vendar la zona con vendas limpias con perfección milimétrica.
-Sigue manteniendo reposo, esta noche, si veo que la herida está fuera de peligro de infección, la coseré para que su cicatrización sea más rápida. - Dijo mientras se ponía en pie y se lavaba las manos en uno de los baldes dispuestos para eso.
Este caminó nuevamente a la mesa para volver a preparar más medicina, esperando a que la reina finalmente hiciera acto de presencia. Si no lo hacía, lo más probable es que el mismo saliera a buscarla; no solo ella era la obstinada, el zorro no se queda atrás.