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Disparidades en un mar de pensamiento: la heterogeneidad de Adam cautivó su preocupación.

Pidió a quien consideraba un colega registros visuales de la política ejecutada bajo el ala del honorable congreso. Con precisa humildad, buscó un consejo: el lenguaje tácito del sanedrín, la dinámica de un debate que escondía el cubismo más grosero.

Reconoció cualidades que algunos llamarían honorables, mas el telar de palabras forjó un foro carente de sustancia.

Dictámenes aplicados en un territorio reducido eran más fáciles de ejecutar; aunque las formas imperaron, halló utilidad al cincelar un sistema imperfecto. Pero, al contemplar al cónclave regir bajo la sombra de las naciones, tan insípido le pareció que él mismo se cuestionó la decisión de invertir su tiempo en tal espectáculo.

Y ante las intrincadas sombras que brotaron de un artefacto holográfico, Zeraim hizo una comparación ingrata.

Aquello estudiado destacaba por su disposición en herradura; él rememoró que la primera deliberación ocurrió bajo el testigo de una estrella marchita y un prado que se desentendió de la finitud. Ellos, como individuos, eran innegablemente desiguales, pero en su construcción conquistaron una afinidad propia de organismos más sencillos.

La individualidad nunca fue un concepto a destacar. Eran frágiles, conscientes de un funesto destino en caso de negarse a la unidad; los que antes fueron miles decidieron privarse del sueño, y fraguaron las mitzvot. Y solo cuando necesitaron dictaminar el arquetipo de la nueva sangre y carne: aquello llamado “soma", reencontraron el cónclave.

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Al culmen de la última grabación, en el silencio de su despacho, contempló con frialdad la boiserie delante de él. Quizá un vestigio de nostalgia: el fruncir de los labios que expresa conflictos, palabras que no pueden ser enunciadas.

No era indecisión, sino una genuina interrogante que lo indujo a la reflexión: ¿cómo la marea de almas muriendo sobre la playa podía pecar de tanta divergencia?

No llegó para evangelizar; la nación del Tevel no era objetivo de conquista, solo de estudio y eventual extracción.

Conflictuado, el eco de una paternidad cósmica lo empujó a sentir genuina lástima, ya fuera por la endeblez observada o por la inflexibilidad de los dogmas.
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