Necesitaba paz para entender todo lo que había sucedido, así que me refugié en el Palacio Sparda junto a mis crías. Allí, el tiempo parecía obedecer leyes extrañas: dos años de crianza y tranquilidad en el palacio equivalían a un simple parpadeo de dos semanas en el infierno. En esa burbuja temporal, me dediqué a observar la inocencia de mis hijos. Era frecuente que, en medio de sus juegos, se acercaran a mi lado para entregarme humildes regalos —flores silvestres o semillas recogidas del suelo—, recordándome la belleza que persistía a pesar de los eventos pasados.
Necesitaba paz para entender todo lo que había sucedido, así que me refugié en el Palacio Sparda junto a mis crías. Allí, el tiempo parecía obedecer leyes extrañas: dos años de crianza y tranquilidad en el palacio equivalían a un simple parpadeo de dos semanas en el infierno. En esa burbuja temporal, me dediqué a observar la inocencia de mis hijos. Era frecuente que, en medio de sus juegos, se acercaran a mi lado para entregarme humildes regalos —flores silvestres o semillas recogidas del suelo—, recordándome la belleza que persistía a pesar de los eventos pasados.
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