La pelirroja se reincorporó en el asiento, sintiendo cada músculo de su espalda protestar tras horas de audiencias. El trono de piedra, desgastado por los años pero impecablemente limpio, era una cárcel elegante que le recordaba el peso de su responsabilidad
Sigurd se acercó con paso firme, sosteniendo un pergamino que se enrollaba con dificultad. Su mirada, siempre atenta y protectora, se posó en la reina escarlata.
—El pueblo se levanta, Elizabeth, pero el hambre camina más rápido que las piedras que apilamos —comentó el consejero con voz grave—. Solo quedan tres sacos de grano en la reserva del ala este.
✴—Prioriza a los constructores y a los niños, Sigurd —respondió ella, frotándose las sienes—. Si los muros no suben, el Rey del Norte no necesitará un asedio, solo tendrá que caminar hacia nosotros.
Sigurd asintió y se dirigió hacia la gran puerta.
—¡Siguiente! —exclamó.
Un aldeano de manos callosas y ropa remendada entró, arrodillándose con torpeza.
—Majestad...
✴ ─ Elizabeth, por favor, dime por mi nombre
— Pe..perdon Majes-Elizabeth...
los pozos del norte están secos. Si no compartimos el agua de la plaza, mis cultivos morirán antes de la cosecha.
Elizabeth se inclinó hacia adelante, apoyando el peso de su cuerpo sobre una mano.
✴—Si abrimos los pozos de la plaza a los cultivos, el pueblo se quedará sin agua potable en tres días. Escucha, lleva a tus hombres al riachuelo del lindero sur. Es más lejos, pero les daré escolta armada para que trabajen tranquilos. Sigurd, asígnale dos guardias.
El hombre agradeció con una reverencia y salió con un rayo de esperanza en los ojos. Sigurd se volvió hacia ella, bajando el tono.
—Esa escolta nos deja vulnerables en la puerta principal. ¿Estás segura de este paso mientras el enemigo se reagrupa en las colinas?
✴—Sin comida no hay ejército que defender, Sigurd —sentenció Elizabeth con firmeza—. El Rey del Norte espera que nos desmoronemos desde dentro. No le daré ese placer. ¿Quién sigue?
Sigurd suspiró, admirando la determinación de su reina, y volvió a abrir las puertas.
—¡Siguiente! —anunció.
Sigurd se acercó con paso firme, sosteniendo un pergamino que se enrollaba con dificultad. Su mirada, siempre atenta y protectora, se posó en la reina escarlata.
—El pueblo se levanta, Elizabeth, pero el hambre camina más rápido que las piedras que apilamos —comentó el consejero con voz grave—. Solo quedan tres sacos de grano en la reserva del ala este.
✴—Prioriza a los constructores y a los niños, Sigurd —respondió ella, frotándose las sienes—. Si los muros no suben, el Rey del Norte no necesitará un asedio, solo tendrá que caminar hacia nosotros.
Sigurd asintió y se dirigió hacia la gran puerta.
—¡Siguiente! —exclamó.
Un aldeano de manos callosas y ropa remendada entró, arrodillándose con torpeza.
—Majestad...
✴ ─ Elizabeth, por favor, dime por mi nombre
— Pe..perdon Majes-Elizabeth...
los pozos del norte están secos. Si no compartimos el agua de la plaza, mis cultivos morirán antes de la cosecha.
Elizabeth se inclinó hacia adelante, apoyando el peso de su cuerpo sobre una mano.
✴—Si abrimos los pozos de la plaza a los cultivos, el pueblo se quedará sin agua potable en tres días. Escucha, lleva a tus hombres al riachuelo del lindero sur. Es más lejos, pero les daré escolta armada para que trabajen tranquilos. Sigurd, asígnale dos guardias.
El hombre agradeció con una reverencia y salió con un rayo de esperanza en los ojos. Sigurd se volvió hacia ella, bajando el tono.
—Esa escolta nos deja vulnerables en la puerta principal. ¿Estás segura de este paso mientras el enemigo se reagrupa en las colinas?
✴—Sin comida no hay ejército que defender, Sigurd —sentenció Elizabeth con firmeza—. El Rey del Norte espera que nos desmoronemos desde dentro. No le daré ese placer. ¿Quién sigue?
Sigurd suspiró, admirando la determinación de su reina, y volvió a abrir las puertas.
—¡Siguiente! —anunció.
La pelirroja se reincorporó en el asiento, sintiendo cada músculo de su espalda protestar tras horas de audiencias. El trono de piedra, desgastado por los años pero impecablemente limpio, era una cárcel elegante que le recordaba el peso de su responsabilidad
Sigurd se acercó con paso firme, sosteniendo un pergamino que se enrollaba con dificultad. Su mirada, siempre atenta y protectora, se posó en la reina escarlata.
—El pueblo se levanta, Elizabeth, pero el hambre camina más rápido que las piedras que apilamos —comentó el consejero con voz grave—. Solo quedan tres sacos de grano en la reserva del ala este.
✴—Prioriza a los constructores y a los niños, Sigurd —respondió ella, frotándose las sienes—. Si los muros no suben, el Rey del Norte no necesitará un asedio, solo tendrá que caminar hacia nosotros.
Sigurd asintió y se dirigió hacia la gran puerta.
—¡Siguiente! —exclamó.
Un aldeano de manos callosas y ropa remendada entró, arrodillándose con torpeza.
—Majestad...
✴ ─ Elizabeth, por favor, dime por mi nombre
— Pe..perdon Majes-Elizabeth...
los pozos del norte están secos. Si no compartimos el agua de la plaza, mis cultivos morirán antes de la cosecha.
Elizabeth se inclinó hacia adelante, apoyando el peso de su cuerpo sobre una mano.
✴—Si abrimos los pozos de la plaza a los cultivos, el pueblo se quedará sin agua potable en tres días. Escucha, lleva a tus hombres al riachuelo del lindero sur. Es más lejos, pero les daré escolta armada para que trabajen tranquilos. Sigurd, asígnale dos guardias.
El hombre agradeció con una reverencia y salió con un rayo de esperanza en los ojos. Sigurd se volvió hacia ella, bajando el tono.
—Esa escolta nos deja vulnerables en la puerta principal. ¿Estás segura de este paso mientras el enemigo se reagrupa en las colinas?
✴—Sin comida no hay ejército que defender, Sigurd —sentenció Elizabeth con firmeza—. El Rey del Norte espera que nos desmoronemos desde dentro. No le daré ese placer. ¿Quién sigue?
Sigurd suspiró, admirando la determinación de su reina, y volvió a abrir las puertas.
—¡Siguiente! —anunció.