Tenía dieciséis años cuando entendí que los aplausos no siempre significan que hiciste lo correcto.
El teatro estaba lleno. Mi padre en primera fila, impecable. Mi madre con esa sonrisa que reservaba para las grandes noches.
Yo también estaba impecable. Traje oscuro. Violín perfectamente afinado. Postura exacta. Toqué sin fallar una sola...