──── Debe de ser una condena con ironía … sonreír con un rostro que no te pertenece, modular la voz para que encaje, moldear tu esencia hasta convertirla en mármol pulido para que otros la admiren.
Vivir como una estatua es aceptar el aplauso… a cambio de la inmovilidad.
Qué ironía tan cruel: buscar devoción y terminar petrificado en ella.
El océano, en cambio, jamás se disfraza.
Es tempestad cuando arde.
Es calma cuando decide.
Y si arrastra, lo hace sin titubear.
El mar no finge para ser amado.
No negocia su naturaleza.
No suplica aprobación.
Por eso no perdona.
No olvida.
Y, sobre todo… no se arrodilla para pedir perdón.
Vivir como una estatua es aceptar el aplauso… a cambio de la inmovilidad.
Qué ironía tan cruel: buscar devoción y terminar petrificado en ella.
El océano, en cambio, jamás se disfraza.
Es tempestad cuando arde.
Es calma cuando decide.
Y si arrastra, lo hace sin titubear.
El mar no finge para ser amado.
No negocia su naturaleza.
No suplica aprobación.
Por eso no perdona.
No olvida.
Y, sobre todo… no se arrodilla para pedir perdón.
──── Debe de ser una condena con ironía … sonreír con un rostro que no te pertenece, modular la voz para que encaje, moldear tu esencia hasta convertirla en mármol pulido para que otros la admiren.
Vivir como una estatua es aceptar el aplauso… a cambio de la inmovilidad.
Qué ironía tan cruel: buscar devoción y terminar petrificado en ella.
El océano, en cambio, jamás se disfraza.
Es tempestad cuando arde.
Es calma cuando decide.
Y si arrastra, lo hace sin titubear.
El mar no finge para ser amado.
No negocia su naturaleza.
No suplica aprobación.
Por eso no perdona.
No olvida.
Y, sobre todo… no se arrodilla para pedir perdón.