En el mercado, entre conversaciones que no le incumbían, una palabra hizo que Lila prestara atención.
Bruja.
No giró la cabeza ni interrumpió, simplemente escuchó.
Hablaban de una mujer recién llegada, de magia evidente, de trabajos aceptados sin discreción y de una estancia en la posada del río.
No eran rumores inseguros, hablaban con convicción.
Con eso fue suficiente.
Lila dejó la moneda sobre la mesa y se levantó con calma.
Una bruja ejerciendo en su territorio no era un detalle menor.
Iba a comprobarlo personalmente.
Al ponerse en pie, su mano descendió bajo la falda y se cerró alrededor de la empuñadura de la daga, que ya empezaba a reunirse la magia densa. Luego echó a andar.
Agarró del brazo al primero que tuvo al alcance y lo obligó a avanzar con ella, porque toda bruja sabe cuándo conviene tener un segundo pulso al lado.
Bruja.
No giró la cabeza ni interrumpió, simplemente escuchó.
Hablaban de una mujer recién llegada, de magia evidente, de trabajos aceptados sin discreción y de una estancia en la posada del río.
No eran rumores inseguros, hablaban con convicción.
Con eso fue suficiente.
Lila dejó la moneda sobre la mesa y se levantó con calma.
Una bruja ejerciendo en su territorio no era un detalle menor.
Iba a comprobarlo personalmente.
Al ponerse en pie, su mano descendió bajo la falda y se cerró alrededor de la empuñadura de la daga, que ya empezaba a reunirse la magia densa. Luego echó a andar.
Agarró del brazo al primero que tuvo al alcance y lo obligó a avanzar con ella, porque toda bruja sabe cuándo conviene tener un segundo pulso al lado.
En el mercado, entre conversaciones que no le incumbían, una palabra hizo que Lila prestara atención.
Bruja.
No giró la cabeza ni interrumpió, simplemente escuchó.
Hablaban de una mujer recién llegada, de magia evidente, de trabajos aceptados sin discreción y de una estancia en la posada del río.
No eran rumores inseguros, hablaban con convicción.
Con eso fue suficiente.
Lila dejó la moneda sobre la mesa y se levantó con calma.
Una bruja ejerciendo en su territorio no era un detalle menor.
Iba a comprobarlo personalmente.
Al ponerse en pie, su mano descendió bajo la falda y se cerró alrededor de la empuñadura de la daga, que ya empezaba a reunirse la magia densa. Luego echó a andar.
Agarró del brazo al primero que tuvo al alcance y lo obligó a avanzar con ella, porque toda bruja sabe cuándo conviene tener un segundo pulso al lado.