Se despertaba con la primera luz del alba, enfundándose en una sudadera desgastada antes de que el mundo despertara. El parque estaba en silencio cuando llegaba, con solo el canto de algunos pájaros rompiendo la calma matutina. Corría por los senderos de tierra con una ligereza que había tardado meses en conquistar, sintiendo cómo el aire frío llenaba sus pulmones y el ritmo de sus zancadas disipaba las preocupaciones del día anterior. Para él, aquellas mañanas eran un refugio sagrado, un espacio donde nadie le exigía nada y donde, kilómetro a kilómetro, reconstruía su paz interior.
Se despertaba con la primera luz del alba, enfundándose en una sudadera desgastada antes de que el mundo despertara. El parque estaba en silencio cuando llegaba, con solo el canto de algunos pájaros rompiendo la calma matutina. Corría por los senderos de tierra con una ligereza que había tardado meses en conquistar, sintiendo cómo el aire frío llenaba sus pulmones y el ritmo de sus zancadas disipaba las preocupaciones del día anterior. Para él, aquellas mañanas eran un refugio sagrado, un espacio donde nadie le exigía nada y donde, kilómetro a kilómetro, reconstruía su paz interior.
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