– Hay noches en las que me siento frente al piano sin una intención clara.
No porque esté buscando algo, sino porque me gusta la idea de encontrarlo.
Las primeras notas siempre son un poco inciertas. Como una conversación que todavía no sabe hacia dónde va. Pero después algo cambia. El ritmo se acomoda. La melodía empieza a respirar por sí sola.
Y yo solo la sigo.
No hay espectáculo en eso. No hay dramatismo. Solo un diálogo silencioso entre mis manos y el sonido que llena el espacio.
Me gusta cómo una nota puede quedarse suspendida un segundo más y transformar completamente lo que viene después. Cómo algo tan simple puede alterar el pulso de todo.
Hay algo profundamente romántico en dejar que la música exista sin forzarla.
No siempre sé qué significa lo que toco.
Pero sí sé que, mientras dura, todo se siente en su lugar.
No porque esté buscando algo, sino porque me gusta la idea de encontrarlo.
Las primeras notas siempre son un poco inciertas. Como una conversación que todavía no sabe hacia dónde va. Pero después algo cambia. El ritmo se acomoda. La melodía empieza a respirar por sí sola.
Y yo solo la sigo.
No hay espectáculo en eso. No hay dramatismo. Solo un diálogo silencioso entre mis manos y el sonido que llena el espacio.
Me gusta cómo una nota puede quedarse suspendida un segundo más y transformar completamente lo que viene después. Cómo algo tan simple puede alterar el pulso de todo.
Hay algo profundamente romántico en dejar que la música exista sin forzarla.
No siempre sé qué significa lo que toco.
Pero sí sé que, mientras dura, todo se siente en su lugar.
– Hay noches en las que me siento frente al piano sin una intención clara.
No porque esté buscando algo, sino porque me gusta la idea de encontrarlo.
Las primeras notas siempre son un poco inciertas. Como una conversación que todavía no sabe hacia dónde va. Pero después algo cambia. El ritmo se acomoda. La melodía empieza a respirar por sí sola.
Y yo solo la sigo.
No hay espectáculo en eso. No hay dramatismo. Solo un diálogo silencioso entre mis manos y el sonido que llena el espacio.
Me gusta cómo una nota puede quedarse suspendida un segundo más y transformar completamente lo que viene después. Cómo algo tan simple puede alterar el pulso de todo.
Hay algo profundamente romántico en dejar que la música exista sin forzarla.
No siempre sé qué significa lo que toco.
Pero sí sé que, mientras dura, todo se siente en su lugar.