El murmullo refinado del restaurante se amortiguó en cuanto la puerta del baño se cerró tras él. El eco de sus propios pasos sobre el mármol pulido era lo único que interrumpía el silencio de aquel espacio lujoso. Se acercó al gran espejo de marco dorado, dejando que la luz cálida de los apliques acentuara las líneas de su traje oscuro.
Se observó con detenimiento durante unos segundos, evaluando la imagen que proyectaba. La cena estaba yendo incluso mejor de lo que había planeado; la conversación fluía sin esfuerzo y la química entre ambos era casi tangible sobre el mantel de lino. Abrió el grifo ligeramente y dejó que el agua fría le humedeciera las yemas de los dedos. Con un gesto pausado, se echó el cabello hacia atrás, domando los mechones rebeldes y dejando su rostro despejado, todavía con el rastro de la humedad brillando bajo las luces.
Sobre la encimera de piedra, la caja de bombones descansaba como un secreto compartido que aún no había entregado. Se permitió una pequeña sonrisa frente al espejo, una mezcla de confianza y esa chispa de travesura que siempre lo acompañaba. No era solo un detalle; era la pieza final para asegurar que la noche fuera inolvidable.
Tras ajustarse el nudo de la corbata y dedicarle una última mirada a su reflejo, recogió el obsequio. Exhaló un suspiro de satisfacción, giró sobre sus talones y se dispuso a regresar a la mesa, donde la luz de las velas y su cita lo esperaban.
El murmullo refinado del restaurante se amortiguó en cuanto la puerta del baño se cerró tras él. El eco de sus propios pasos sobre el mármol pulido era lo único que interrumpía el silencio de aquel espacio lujoso. Se acercó al gran espejo de marco dorado, dejando que la luz cálida de los apliques acentuara las líneas de su traje oscuro. Se observó con detenimiento durante unos segundos, evaluando la imagen que proyectaba. La cena estaba yendo incluso mejor de lo que había planeado; la conversación fluía sin esfuerzo y la química entre ambos era casi tangible sobre el mantel de lino. Abrió el grifo ligeramente y dejó que el agua fría le humedeciera las yemas de los dedos. Con un gesto pausado, se echó el cabello hacia atrás, domando los mechones rebeldes y dejando su rostro despejado, todavía con el rastro de la humedad brillando bajo las luces. Sobre la encimera de piedra, la caja de bombones descansaba como un secreto compartido que aún no había entregado. Se permitió una pequeña sonrisa frente al espejo, una mezcla de confianza y esa chispa de travesura que siempre lo acompañaba. No era solo un detalle; era la pieza final para asegurar que la noche fuera inolvidable. Tras ajustarse el nudo de la corbata y dedicarle una última mirada a su reflejo, recogió el obsequio. Exhaló un suspiro de satisfacción, giró sobre sus talones y se dispuso a regresar a la mesa, donde la luz de las velas y su cita lo esperaban.
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