[] ๐ต๐ข๐๐๐๐๐ ๐ก, ๐
๐ข๐๐๐๐๐ —๐ถ๐ท:๐ถ๐ถ ๐ด.๐
โโโโ ๐๐๐๐๐๐๐ ๐๐ฃ๐ ๐๐๐ ๐๐ข๐๐๐๐๐๐๐๐ก๐ ๐ฆ ๐๐๐ง๐๐ ๐๐๐ ๐๐๐๐ . โโโโ
Permanecía inmóvil junto a la vieja reja de hierro forjado, medio cubierta de hiedra seca que crujía con el viento frío de la tarde.
El castillo se alzaba detrás de él como un cadáver de piedra que se negara a derrumbarse del todo: torres torcidas, ventanas sin vidrio que parecían cuencas vacías, y ese olor persistente a musgo y a tiempo detenido que siempre lo había acompañado cuando venía aquí.
Apoyó la espalda contra uno de los pilares rotos de la entrada principal, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada fija en el sendero de grava que serpenteaba entre los pinos negros.
Sabía que Joliete llegaría pronto. Siempre llegaba cuando él la llamaba a este lugar, aunque nunca le había explicado del todo por qué este castillo en particular le importaba tanto.
Se pasó una mano por el pelo oscuro, desordenado por el viento, y dejó escapar un suspiro largo que no necesitaba oxígeno para formarse.
โโโโ ๐๐ฐ๐ญ๐ช๐ฆ๐ต๐ฆ. . . โโโโ
Murmuró para sí mismo, casi como si probara el peso del nombre en la lengua.
Cuánto tiempo habían pasado juntos. Ella con su risa que aún conservaba algo de la niña que había correteado por estos mismos pasillos, él fingiendo que solo era un viejo conocido, un compañero de noches largas y conversaciones que nunca llegaban demasiado profundo.
Pero ahora ya no podía seguir callando.
Vlad.
El nombre le quemaba en el fondo de la garganta como sangre vieja. Su mejor amigo. Su hermano en todo menos en sangre.
El vampiro que había desaparecido en una noche de hace siglos entre gritos y fuego, dejando tras de sí solo cenizas y un vacío que Santiago nunca había sabido cómo llenar.
Hasta hace tres semanas.
Tres semanas desde que las piezas habían encajado con una precisión cruel: Los ojos de Joliete, idénticos a los de Vlad cuando sonreía de lado; la forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba; hasta también el color de cabello de su madre, quién siempre acompañado a Vlad y también formando un lazo de amistad con Santiago.
Ella era su hija.
La hija de Vlad.
Y él, Santiago, había estado a su lado todos este tiempo sin saberlo. Protegiéndola sin entender por qué sentía que debía hacerlo.
Mirándola, con esas facciones y colmillos. . . Sin atreverse a preguntar quién había sido su padre.
El sonido de pasos sobre la grava lo sacó de sus pensamientos. Su mirada se alzó de golpe hacia el sendero.
Allí venía ella.
Santiago se enderezó lentamente, descruzó los brazos y dejó que las manos le colgaran a los costados.
El corazón, o lo que quedaba de él; le latió una vez, fuerte, innecesario, traicionero.
โโโโ๐๐ญ๐ฆ๐จ๐ข๐ด๐ต๐ฆ.โโโโ
Dijo en voz baja, más para sí mismo que para ella, mientras Joliete se acercaba bajo la luz mortecina del atardecer.
Sus ojos la buscaron como siempre: primero el rostro, luego el andar, después ese brillo extraño que tenía en la mirada cuando estaba a punto de decir algo sarcástico o de romperle el corazón sin querer.
Y entonces, sin poder contenerlo más, añadió en un susurro que llegó perfectamente hasta donde ella estaba:
โโโโ ๐๐ฆ๐ฏ๐ฆ๐ฎ๐ฐ๐ด ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐ฉ๐ข๐ฃ๐ญ๐ข๐ณ. ๐๐ข๐บ ๐ข๐ญ๐จ๐ฐ ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐ฅ๐ฆ๐ฃí ๐ฅ๐ฆ๐ค๐ช๐ณ๐ต๐ฆ ๐ฉ๐ข๐ค๐ฆ ๐ฎ๐ถ๐ค๐ฉ๐ฐ ๐ต๐ช๐ฆ๐ฎ๐ฑ๐ฐ. . . ๐๐ฐ๐ฃ๐ณ๐ฆ ๐ต๐ถ ๐ฑ๐ข๐ฅ๐ณ๐ฆ. โโโโ
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Permanecía inmóvil junto a la vieja reja de hierro forjado, medio cubierta de hiedra seca que crujía con el viento frío de la tarde.
El castillo se alzaba detrás de él como un cadáver de piedra que se negara a derrumbarse del todo: torres torcidas, ventanas sin vidrio que parecían cuencas vacías, y ese olor persistente a musgo y a tiempo detenido que siempre lo había acompañado cuando venía aquí.
Apoyó la espalda contra uno de los pilares rotos de la entrada principal, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada fija en el sendero de grava que serpenteaba entre los pinos negros.
Sabía que Joliete llegaría pronto. Siempre llegaba cuando él la llamaba a este lugar, aunque nunca le había explicado del todo por qué este castillo en particular le importaba tanto.
Se pasó una mano por el pelo oscuro, desordenado por el viento, y dejó escapar un suspiro largo que no necesitaba oxígeno para formarse.
โโโโ ๐๐ฐ๐ญ๐ช๐ฆ๐ต๐ฆ. . . โโโโ
Murmuró para sí mismo, casi como si probara el peso del nombre en la lengua.
Cuánto tiempo habían pasado juntos. Ella con su risa que aún conservaba algo de la niña que había correteado por estos mismos pasillos, él fingiendo que solo era un viejo conocido, un compañero de noches largas y conversaciones que nunca llegaban demasiado profundo.
Pero ahora ya no podía seguir callando.
Vlad.
El nombre le quemaba en el fondo de la garganta como sangre vieja. Su mejor amigo. Su hermano en todo menos en sangre.
El vampiro que había desaparecido en una noche de hace siglos entre gritos y fuego, dejando tras de sí solo cenizas y un vacío que Santiago nunca había sabido cómo llenar.
Hasta hace tres semanas.
Tres semanas desde que las piezas habían encajado con una precisión cruel: Los ojos de Joliete, idénticos a los de Vlad cuando sonreía de lado; la forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba; hasta también el color de cabello de su madre, quién siempre acompañado a Vlad y también formando un lazo de amistad con Santiago.
Ella era su hija.
La hija de Vlad.
Y él, Santiago, había estado a su lado todos este tiempo sin saberlo. Protegiéndola sin entender por qué sentía que debía hacerlo.
Mirándola, con esas facciones y colmillos. . . Sin atreverse a preguntar quién había sido su padre.
El sonido de pasos sobre la grava lo sacó de sus pensamientos. Su mirada se alzó de golpe hacia el sendero.
Allí venía ella.
Santiago se enderezó lentamente, descruzó los brazos y dejó que las manos le colgaran a los costados.
El corazón, o lo que quedaba de él; le latió una vez, fuerte, innecesario, traicionero.
โโโโ๐๐ญ๐ฆ๐จ๐ข๐ด๐ต๐ฆ.โโโโ
Dijo en voz baja, más para sí mismo que para ella, mientras Joliete se acercaba bajo la luz mortecina del atardecer.
Sus ojos la buscaron como siempre: primero el rostro, luego el andar, después ese brillo extraño que tenía en la mirada cuando estaba a punto de decir algo sarcástico o de romperle el corazón sin querer.
Y entonces, sin poder contenerlo más, añadió en un susurro que llegó perfectamente hasta donde ella estaba:
โโโโ ๐๐ฆ๐ฏ๐ฆ๐ฎ๐ฐ๐ด ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐ฉ๐ข๐ฃ๐ญ๐ข๐ณ. ๐๐ข๐บ ๐ข๐ญ๐จ๐ฐ ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐ฅ๐ฆ๐ฃí ๐ฅ๐ฆ๐ค๐ช๐ณ๐ต๐ฆ ๐ฉ๐ข๐ค๐ฆ ๐ฎ๐ถ๐ค๐ฉ๐ฐ ๐ต๐ช๐ฆ๐ฎ๐ฑ๐ฐ. . . ๐๐ฐ๐ฃ๐ณ๐ฆ ๐ต๐ถ ๐ฑ๐ข๐ฅ๐ณ๐ฆ. โโโโ
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Permanecía inmóvil junto a la vieja reja de hierro forjado, medio cubierta de hiedra seca que crujía con el viento frío de la tarde.
El castillo se alzaba detrás de él como un cadáver de piedra que se negara a derrumbarse del todo: torres torcidas, ventanas sin vidrio que parecían cuencas vacías, y ese olor persistente a musgo y a tiempo detenido que siempre lo había acompañado cuando venía aquí.
Apoyó la espalda contra uno de los pilares rotos de la entrada principal, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada fija en el sendero de grava que serpenteaba entre los pinos negros.
Sabía que Joliete llegaría pronto. Siempre llegaba cuando él la llamaba a este lugar, aunque nunca le había explicado del todo por qué este castillo en particular le importaba tanto.
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Cuánto tiempo habían pasado juntos. Ella con su risa que aún conservaba algo de la niña que había correteado por estos mismos pasillos, él fingiendo que solo era un viejo conocido, un compañero de noches largas y conversaciones que nunca llegaban demasiado profundo.
Pero ahora ya no podía seguir callando.
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El nombre le quemaba en el fondo de la garganta como sangre vieja. Su mejor amigo. Su hermano en todo menos en sangre.
El vampiro que había desaparecido en una noche de hace siglos entre gritos y fuego, dejando tras de sí solo cenizas y un vacío que Santiago nunca había sabido cómo llenar.
Hasta hace tres semanas.
Tres semanas desde que las piezas habían encajado con una precisión cruel: Los ojos de Joliete, idénticos a los de Vlad cuando sonreía de lado; la forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba; hasta también el color de cabello de su madre, quién siempre acompañado a Vlad y también formando un lazo de amistad con Santiago.
Ella era su hija.
La hija de Vlad.
Y él, Santiago, había estado a su lado todos este tiempo sin saberlo. Protegiéndola sin entender por qué sentía que debía hacerlo.
Mirándola, con esas facciones y colmillos. . . Sin atreverse a preguntar quién había sido su padre.
El sonido de pasos sobre la grava lo sacó de sus pensamientos. Su mirada se alzó de golpe hacia el sendero.
Allí venía ella.
Santiago se enderezó lentamente, descruzó los brazos y dejó que las manos le colgaran a los costados.
El corazón, o lo que quedaba de él; le latió una vez, fuerte, innecesario, traicionero.
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Sus ojos la buscaron como siempre: primero el rostro, luego el andar, después ese brillo extraño que tenía en la mirada cuando estaba a punto de decir algo sarcástico o de romperle el corazón sin querer.
Y entonces, sin poder contenerlo más, añadió en un susurro que llegó perfectamente hasta donde ella estaba:
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