── . ✦ Esperanza es creer en lo imposible ✦ . ──
Es inclinar la cabeza ante lo irrevocable y, aun así, susurrarle: quizá si.
Es mirar el cadáver tibio de lo que fue y negarse a llamarlo final.
Es extender los dedos hacia aquello que ya no respira y jurar que, de algún modo, sigue presente.
Esperanza es sostener entre las manos lo que pudo haber sido y vestirlo con oro, aunque nunca haya existido. Es pulir la ausencia hasta que brille. Es mentir hasta creerlo.
Porque la esperanza no evita la pérdida: la embellece.
La vuelve verso.
La convierte en gloria.
Es el arte más refinado de los mortales: romantizar lo irreversible. Abrazar la herida como si fuese un poema. Llamar destino a la amputación. Llamar aprendizaje al derrumbe. Llamar “mañana” a lo que jamás vendrá.
¿O sí?
Ah, y sin embargo...
La esperanza es el motor más perverso y más sublime que existe. Alimenta el sueño como el vino alimenta la lengua del poeta. Infla la fantasía hasta que parece estructura. Engorda el deseo hasta que se siente necesidad. Y cuando el deseo pesa lo suficiente, el cuerpo se mueve.
La esperanza empuja.
Arrastra.
Incendia.
Hace que el cobarde avance un paso más. Que el amante regrese. Que el herido vuelva a levantarse aun sabiendo que sangrará otra vez.
La esperanza es la mentira que crea realidades.
Es la ficción que obliga al mundo a responder.
Porque al final, cuando la ilusión se sostiene el tiempo suficiente, se convierte en acción. Y la acción, esa criatura torpe y sudorosa, comienza a moldear lo que parecía inalcanzable.
Los sueños, entonces, dejan de ser vapor.
Toman peso.
Adquieren textura.
Y ahí está la ironía más exquisita: aquello que nació como negación, como potencial eludido, como imposible… empieza a existir.
Es inclinar la cabeza ante lo irrevocable y, aun así, susurrarle: quizá si.
Es mirar el cadáver tibio de lo que fue y negarse a llamarlo final.
Es extender los dedos hacia aquello que ya no respira y jurar que, de algún modo, sigue presente.
Esperanza es sostener entre las manos lo que pudo haber sido y vestirlo con oro, aunque nunca haya existido. Es pulir la ausencia hasta que brille. Es mentir hasta creerlo.
Porque la esperanza no evita la pérdida: la embellece.
La vuelve verso.
La convierte en gloria.
Es el arte más refinado de los mortales: romantizar lo irreversible. Abrazar la herida como si fuese un poema. Llamar destino a la amputación. Llamar aprendizaje al derrumbe. Llamar “mañana” a lo que jamás vendrá.
¿O sí?
Ah, y sin embargo...
La esperanza es el motor más perverso y más sublime que existe. Alimenta el sueño como el vino alimenta la lengua del poeta. Infla la fantasía hasta que parece estructura. Engorda el deseo hasta que se siente necesidad. Y cuando el deseo pesa lo suficiente, el cuerpo se mueve.
La esperanza empuja.
Arrastra.
Incendia.
Hace que el cobarde avance un paso más. Que el amante regrese. Que el herido vuelva a levantarse aun sabiendo que sangrará otra vez.
La esperanza es la mentira que crea realidades.
Es la ficción que obliga al mundo a responder.
Porque al final, cuando la ilusión se sostiene el tiempo suficiente, se convierte en acción. Y la acción, esa criatura torpe y sudorosa, comienza a moldear lo que parecía inalcanzable.
Los sueños, entonces, dejan de ser vapor.
Toman peso.
Adquieren textura.
Y ahí está la ironía más exquisita: aquello que nació como negación, como potencial eludido, como imposible… empieza a existir.
── . ✦ Esperanza es creer en lo imposible ✦ . ──
Es inclinar la cabeza ante lo irrevocable y, aun así, susurrarle: quizá si.
Es mirar el cadáver tibio de lo que fue y negarse a llamarlo final.
Es extender los dedos hacia aquello que ya no respira y jurar que, de algún modo, sigue presente.
Esperanza es sostener entre las manos lo que pudo haber sido y vestirlo con oro, aunque nunca haya existido. Es pulir la ausencia hasta que brille. Es mentir hasta creerlo.
Porque la esperanza no evita la pérdida: la embellece.
La vuelve verso.
La convierte en gloria.
Es el arte más refinado de los mortales: romantizar lo irreversible. Abrazar la herida como si fuese un poema. Llamar destino a la amputación. Llamar aprendizaje al derrumbe. Llamar “mañana” a lo que jamás vendrá.
¿O sí?
Ah, y sin embargo...
La esperanza es el motor más perverso y más sublime que existe. Alimenta el sueño como el vino alimenta la lengua del poeta. Infla la fantasía hasta que parece estructura. Engorda el deseo hasta que se siente necesidad. Y cuando el deseo pesa lo suficiente, el cuerpo se mueve.
La esperanza empuja.
Arrastra.
Incendia.
Hace que el cobarde avance un paso más. Que el amante regrese. Que el herido vuelva a levantarse aun sabiendo que sangrará otra vez.
La esperanza es la mentira que crea realidades.
Es la ficción que obliga al mundo a responder.
Porque al final, cuando la ilusión se sostiene el tiempo suficiente, se convierte en acción. Y la acción, esa criatura torpe y sudorosa, comienza a moldear lo que parecía inalcanzable.
Los sueños, entonces, dejan de ser vapor.
Toman peso.
Adquieren textura.
Y ahí está la ironía más exquisita: aquello que nació como negación, como potencial eludido, como imposible… empieza a existir.