En un mundo que a menudo exige dureza, ambas habían aprendido a construir sus propias fortalezas para protegerse. Una se resguardaba tras la frialdad astuta y oscura de la máscara de loba, envuelta en un grueso pelaje que alejaba a los curiosos. La otra adoptaba la sonrisa feroz y eterna de la máscara oni, una barrera carmesí y blanca contra su propia vulnerabilidad.

Pasaban los días presentando esas fachadas impenetrables ante el resto del mundo, ocultando sus miedos y sus anhelos más profundos. Sin embargo, en la intimidad de la penumbra de la antigua biblioteca, rodeadas de libros y bajo la luz vacilante de las velas, sus armaduras perdían su propósito.

Se encontraron frente a frente. No hubo necesidad de palabras, ni siquiera de quitarse físicamente los disfraces para entenderse. Cuando sus manos se alzaron con delicadeza para acariciar el contorno de la máscara de su amada, el gesto fue un acto de reconocimiento puro. Sus miradas conectaron a través de las cuencas oscuras del otro lado y, en ese instante, el artificio se desvaneció entre ellas.

Comprendieron entonces la verdad más simple: podían intentar engañar al mundo entero con sus disfraces, pero eran absolutamente transparentes la una para la otra. El verdadero amor tiene una visión especial; no se detiene en la superficie pintada, sino que tiene la capacidad de atravesar cualquier máscara para ver el corazón que late, temeroso pero vibrante, justo detrás de ella.
En un mundo que a menudo exige dureza, ambas habían aprendido a construir sus propias fortalezas para protegerse. Una se resguardaba tras la frialdad astuta y oscura de la máscara de loba, envuelta en un grueso pelaje que alejaba a los curiosos. La otra adoptaba la sonrisa feroz y eterna de la máscara oni, una barrera carmesí y blanca contra su propia vulnerabilidad. Pasaban los días presentando esas fachadas impenetrables ante el resto del mundo, ocultando sus miedos y sus anhelos más profundos. Sin embargo, en la intimidad de la penumbra de la antigua biblioteca, rodeadas de libros y bajo la luz vacilante de las velas, sus armaduras perdían su propósito. Se encontraron frente a frente. No hubo necesidad de palabras, ni siquiera de quitarse físicamente los disfraces para entenderse. Cuando sus manos se alzaron con delicadeza para acariciar el contorno de la máscara de su amada, el gesto fue un acto de reconocimiento puro. Sus miradas conectaron a través de las cuencas oscuras del otro lado y, en ese instante, el artificio se desvaneció entre ellas. Comprendieron entonces la verdad más simple: podían intentar engañar al mundo entero con sus disfraces, pero eran absolutamente transparentes la una para la otra. El verdadero amor tiene una visión especial; no se detiene en la superficie pintada, sino que tiene la capacidad de atravesar cualquier máscara para ver el corazón que late, temeroso pero vibrante, justo detrás de ella.
Me gusta
Me enjaja
4
1 turno 0 maullidos
Patrocinados
Patrocinados