El traqueteo constante del tren marcaba un ritmo somnífero. Tac-tac… tac-tac… Como un arrullo mecánico que se colaba por los huesos.
Nymera apoyó la cabeza contra el vidrio frío de la ventana. Afuera, el paisaje se deshacía en manchas verdes y rojas bajo la luz tibia del atardecer. Eran las 18:47, lo sabía porque lo había mirado tres veces en menos de un minuto, como si el reloj pudiera espantar el sueño.
Sus párpados pesaban. Cada parpadeo duraba un segundo más que el anterior.
No debía dormirse.
No allí.
Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del pequeño bolso que descansaba sobre sus piernas. Dentro, aquello que debía proteger y entregar, no podía quedar a merced de un descuido. Inhaló hondo, intentando que el aire le devolviera algo de claridad, pero el suave balanceo del vagón insistía en envolverla.
Solo unos segundos…
No.
Se incorporó apenas, enderezando la espalda. El tirante de su vestido se deslizó ligeramente por su hombro, y ella lo acomodó con un gesto distraído. Sus ojos, de un azul ya enturbiado por el cansancio, recorrieron el vagón casi vacío o al menos lo que el agotamiento le permitió ver. Una anciana al fondo. Un hombre leyendo sin levantar la vista. Nadie parecía mirarla o eso creía.
Nymera apoyó la cabeza contra el vidrio frío de la ventana. Afuera, el paisaje se deshacía en manchas verdes y rojas bajo la luz tibia del atardecer. Eran las 18:47, lo sabía porque lo había mirado tres veces en menos de un minuto, como si el reloj pudiera espantar el sueño.
Sus párpados pesaban. Cada parpadeo duraba un segundo más que el anterior.
No debía dormirse.
No allí.
Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del pequeño bolso que descansaba sobre sus piernas. Dentro, aquello que debía proteger y entregar, no podía quedar a merced de un descuido. Inhaló hondo, intentando que el aire le devolviera algo de claridad, pero el suave balanceo del vagón insistía en envolverla.
Solo unos segundos…
No.
Se incorporó apenas, enderezando la espalda. El tirante de su vestido se deslizó ligeramente por su hombro, y ella lo acomodó con un gesto distraído. Sus ojos, de un azul ya enturbiado por el cansancio, recorrieron el vagón casi vacío o al menos lo que el agotamiento le permitió ver. Una anciana al fondo. Un hombre leyendo sin levantar la vista. Nadie parecía mirarla o eso creía.
El traqueteo constante del tren marcaba un ritmo somnífero. Tac-tac… tac-tac… Como un arrullo mecánico que se colaba por los huesos.
Nymera apoyó la cabeza contra el vidrio frío de la ventana. Afuera, el paisaje se deshacía en manchas verdes y rojas bajo la luz tibia del atardecer. Eran las 18:47, lo sabía porque lo había mirado tres veces en menos de un minuto, como si el reloj pudiera espantar el sueño.
Sus párpados pesaban. Cada parpadeo duraba un segundo más que el anterior.
No debía dormirse.
No allí.
Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del pequeño bolso que descansaba sobre sus piernas. Dentro, aquello que debía proteger y entregar, no podía quedar a merced de un descuido. Inhaló hondo, intentando que el aire le devolviera algo de claridad, pero el suave balanceo del vagón insistía en envolverla.
Solo unos segundos…
No.
Se incorporó apenas, enderezando la espalda. El tirante de su vestido se deslizó ligeramente por su hombro, y ella lo acomodó con un gesto distraído. Sus ojos, de un azul ya enturbiado por el cansancio, recorrieron el vagón casi vacío o al menos lo que el agotamiento le permitió ver. Una anciana al fondo. Un hombre leyendo sin levantar la vista. Nadie parecía mirarla o eso creía.