-La lluvia caía sin tregua, golpeando el suelo de piedra con un ritmo constante, casi ceremonial. Cada gota resbalaba por el filo de Yamato, siguiendo la línea perfecta del acero como si lo venerara. Vergil permanecía en silencio en medio del claro, el abrigo oscuro empapado, el cabello plateado pegado a su rostro sin que ello pareciera importarle.
Un movimiento.La katana se desenvainó en un destello azul.
Un corte limpio atravesó el aire, tan preciso que la lluvia misma pareció dividirse ante él. Vergil avanzó un paso, luego otro, ejecutando una secuencia impecable de ataques: rápidos, controlados, sin desperdiciar energía. Cada golpe era una afirmación de dominio, no de furia.Su respiración era calma, medida… muy distinta al conflicto que se agitaba en su interior.-

El poder no se concede

—murmuró finalmente, con voz baja pero firme, mientras Yamato regresaba a su funda—.

Se forja.

-Alzó la mirada, como si sintiera una presencia más allá de la cortina de lluvia. Sus ojos azules, fríos y atentos, se clavaron en la oscuridad.-

Si has venido a observar…

—dijo sin volverse—.

No interfieras.

-La lluvia continuó cayendo.
Y Vergil volvió a adoptar su postura, listo para el siguiente movimiento… o para lo que sea que el destino decidiera poner frente a él.-
-La lluvia caía sin tregua, golpeando el suelo de piedra con un ritmo constante, casi ceremonial. Cada gota resbalaba por el filo de Yamato, siguiendo la línea perfecta del acero como si lo venerara. Vergil permanecía en silencio en medio del claro, el abrigo oscuro empapado, el cabello plateado pegado a su rostro sin que ello pareciera importarle. Un movimiento.La katana se desenvainó en un destello azul. Un corte limpio atravesó el aire, tan preciso que la lluvia misma pareció dividirse ante él. Vergil avanzó un paso, luego otro, ejecutando una secuencia impecable de ataques: rápidos, controlados, sin desperdiciar energía. Cada golpe era una afirmación de dominio, no de furia.Su respiración era calma, medida… muy distinta al conflicto que se agitaba en su interior.- El poder no se concede —murmuró finalmente, con voz baja pero firme, mientras Yamato regresaba a su funda—. Se forja. -Alzó la mirada, como si sintiera una presencia más allá de la cortina de lluvia. Sus ojos azules, fríos y atentos, se clavaron en la oscuridad.- Si has venido a observar… —dijo sin volverse—. No interfieras. -La lluvia continuó cayendo. Y Vergil volvió a adoptar su postura, listo para el siguiente movimiento… o para lo que sea que el destino decidiera poner frente a él.-
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