#Seductivesunday
-Tras solventar el tedioso papeleo del hotel y librarme de las sofocantes responsabilidades de Charlie, emprendí una huida que pretendía ser definitiva, solo para ser interceptada por el mensaje que dejó Ozy en recepción para mí esa voz que no admite ignorancia. El Anillo de la Lujuria me recibió con su atmósfera cargada, y allí, entre el neón y el deseo, Asmodeo se debatía en un mar de nerviosismo que se evaporó en cuanto sus ojos se posaron en mi actual e impecable apariencia femenina.-
—No preguntes...
-sentencié con un tono que cortaba el aire. -
Solo dime por qué me has invocado y espero que esta interrupción no sea un desperdicio de mi tiempo....
-El pecado del Deseo, con esa astucia que le caracteriza, invocó la deuda que pendía sobre mi cabeza. Sin más remedio que ceder, escuché sus exigencias para la nueva gala. A medida que sus especificaciones tomaban forma, una visión arquitectónica y macabra comenzó a cristalizarse en mi mente. El escenario, una mole de esplendor levantada bajo su mando, esperaba mi toque final. Fue entonces cuando mis sombras, esas extensiones de mi propia voluntad, se entrelazaron con el personal de Ozzie para dar vida a una estructura que desafiaba la cordura de los círculos infernales.
Cuando el recinto alcanzó su punto de ebullición, el aire se volvió denso, eléctrico. Vestida con mi atuendo carmesí característico, liberé un torrente de poder arcano que hizo que las luces del lugar no solo brillaran, sino que sangraran luminiscencia.
Un preludio enigmático, una melodía que parecía arrastrada desde el vacío mismo, silenció a la masa por un breve instante antes del estallido.
En cuanto mi silueta emergió entre las sombras, el público estalló en un rugido eufórico, un clamor de almas sedientas que alimentó mi espíritu con una energía renovada.
Bajo mi batuta invisible, el show se convirtió en una coreografía de caos perfecto. Mientras mis sombras ejecutaban movimientos imposibles, mi voz se elevó, envolviendo cada rincón del Anillo de la Lujuria.
Desde su palco de honor, Asmodeo observaba con una satisfacción depredadora, proyectando su autoridad indiscutible como Pecado Capital. Sin embargo, sobre el escenario, la verdadera autoridad era el ritmo de mi canto, una frecuencia que mantenía a la audiencia en un estado de trance absoluto, adorando cada nota que emanaba de mis labios mientras el infierno entero se rendía ante el espectáculo más magnífico jamás concebido.-
https://vt.tiktok.com/ZSm15hobv/
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—No preguntes...
-sentencié con un tono que cortaba el aire. -
Solo dime por qué me has invocado y espero que esta interrupción no sea un desperdicio de mi tiempo....
-El pecado del Deseo, con esa astucia que le caracteriza, invocó la deuda que pendía sobre mi cabeza. Sin más remedio que ceder, escuché sus exigencias para la nueva gala. A medida que sus especificaciones tomaban forma, una visión arquitectónica y macabra comenzó a cristalizarse en mi mente. El escenario, una mole de esplendor levantada bajo su mando, esperaba mi toque final. Fue entonces cuando mis sombras, esas extensiones de mi propia voluntad, se entrelazaron con el personal de Ozzie para dar vida a una estructura que desafiaba la cordura de los círculos infernales.
Cuando el recinto alcanzó su punto de ebullición, el aire se volvió denso, eléctrico. Vestida con mi atuendo carmesí característico, liberé un torrente de poder arcano que hizo que las luces del lugar no solo brillaran, sino que sangraran luminiscencia.
Un preludio enigmático, una melodía que parecía arrastrada desde el vacío mismo, silenció a la masa por un breve instante antes del estallido.
En cuanto mi silueta emergió entre las sombras, el público estalló en un rugido eufórico, un clamor de almas sedientas que alimentó mi espíritu con una energía renovada.
Bajo mi batuta invisible, el show se convirtió en una coreografía de caos perfecto. Mientras mis sombras ejecutaban movimientos imposibles, mi voz se elevó, envolviendo cada rincón del Anillo de la Lujuria.
Desde su palco de honor, Asmodeo observaba con una satisfacción depredadora, proyectando su autoridad indiscutible como Pecado Capital. Sin embargo, sobre el escenario, la verdadera autoridad era el ritmo de mi canto, una frecuencia que mantenía a la audiencia en un estado de trance absoluto, adorando cada nota que emanaba de mis labios mientras el infierno entero se rendía ante el espectáculo más magnífico jamás concebido.-
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