El vestido oscuro ceñía su figura con una elegancia austera, y los pendientes en forma de lágrima atrapaban la luz como si bebieran de ella cada vez que inclinaba apenas la cabeza.

Giró el rostro con lentitud, como si el tiempo, dócil, se curvara ante su voluntad. En su mirada no había prisa, solo calma, forjada en la eternidad de demasiadas noches contempladas y sobrevividas. Se preguntó, no sin un dejo de ironía silenciosa, qué hacía una vez más en aquel lugar condenado a repetirse.

♧ Supongo que los viejos hábitos siempre regresan -susurró para sí misma.

El murmullo de la multitud llenaba el espacio, un latido ajeno y constante. Estar rodeada de gente no la incomodaba, al contrario, era un telón perfecto para no levantar sospechas de su verdadero ser.
El vestido oscuro ceñía su figura con una elegancia austera, y los pendientes en forma de lágrima atrapaban la luz como si bebieran de ella cada vez que inclinaba apenas la cabeza. Giró el rostro con lentitud, como si el tiempo, dócil, se curvara ante su voluntad. En su mirada no había prisa, solo calma, forjada en la eternidad de demasiadas noches contempladas y sobrevividas. Se preguntó, no sin un dejo de ironía silenciosa, qué hacía una vez más en aquel lugar condenado a repetirse. ♧ Supongo que los viejos hábitos siempre regresan -susurró para sí misma. El murmullo de la multitud llenaba el espacio, un latido ajeno y constante. Estar rodeada de gente no la incomodaba, al contrario, era un telón perfecto para no levantar sospechas de su verdadero ser.
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