Recopilación de escrituras, tomo 7.
"El Heredero de la Luna Violeta"
Bajo un cielo inmóvil,
donde las estrellas parecían contener la respiración,
nació un niño que no lloró.
No gritó.
No reclamó nada.
Abrió los ojos.
Y la noche cambió de color.
No fue la Luna Blanca.
No fue la Carmesí.
Fue la Luna Violeta.
Un astro que no anuncia guerras.
Un reflejo que no celebra conquistas.
Solo aparece
cuando el equilibrio está a punto de romperse.
Jason Jaegerjaquez Ishtar.
Hijo de Henry Grimmtael Jaegerjaquez Black,
portador del juicio antiguo.
Hijo de Hazuki Ishtar,
sangre ardiente,
voluntad indomable.
De su padre heredó la templanza.
El peso de decidir.
El silencio del liderazgo.
De su madre heredó la furia contenida.
La determinación que no se arrodilla.
La certeza de no retroceder.
Pero la Luna Violeta le dio algo distinto.
La capacidad de caminar
entre la luz
y la oscuridad.
Sin perderse en ninguna.
Jason no fue creado para gobernar.
Tampoco para juzgar.
Fue creado para observar.
Para medir el pulso del mundo.
Para notar la grieta
antes de que se vuelva abismo.
Cuando el equilibrio se rompe,
él puede detenerlo.
Cuando la anomalía surge,
él puede retenerla.
No con destrucción.
Sino con contención.
Pero su existencia tiene un precio.
Un alma demoníaca
nacida en carne humana.
Un contrato sellado
antes incluso de su renacimiento.
Murió una vez.
Y regresó.
Cadenas invisibles
que ni la muerte pudo romper.
Por eso incomoda.
Por eso su presencia pesa.
Jason no debería existir.
Y aun así, existe.
El día que cruzó el umbral del Consejo,
las lunas ya estaban allí.
Azul.
Blanca.
Carmesí.
Verde.
Poder absoluto.
Desmesurado.
Incompleto.
Cuando la Luna Violeta se alzó,
el aire se volvió denso.
El mundo recordó algo olvidado:
Todo poder necesita un límite.
Desde el suelo surgió un trono sin nombre.
Encadenado.
Prohibido.
No hecho para gobernar.
Sino para impedir el exceso.
Jason se detuvo frente a él.
No se sentó.
No aún.
No habló para imponerse.
No levantó la voz.
Solo dejó clara su razón de existir.
No estaba allí para reinar.
No estaba allí para juzgar.
Estaba allí para decidir
cuando todos los demás
ya hubieran ido demasiado lejos.
Dicen que cuando Jason alza la mirada,
la luna responde.
Su resplandor no anuncia destrucción.
Anuncia decisión.
Y mientras los clanes murmuran su nombre
con respeto
y con temor,
una verdad permanece escrita en las estrellas:
Cuando la Luna Violeta se alce por completo,
Jason Jaegerjaquez Ishtar
decidirá el destino de todos los linajes.
"El Heredero de la Luna Violeta"
Bajo un cielo inmóvil,
donde las estrellas parecían contener la respiración,
nació un niño que no lloró.
No gritó.
No reclamó nada.
Abrió los ojos.
Y la noche cambió de color.
No fue la Luna Blanca.
No fue la Carmesí.
Fue la Luna Violeta.
Un astro que no anuncia guerras.
Un reflejo que no celebra conquistas.
Solo aparece
cuando el equilibrio está a punto de romperse.
Jason Jaegerjaquez Ishtar.
Hijo de Henry Grimmtael Jaegerjaquez Black,
portador del juicio antiguo.
Hijo de Hazuki Ishtar,
sangre ardiente,
voluntad indomable.
De su padre heredó la templanza.
El peso de decidir.
El silencio del liderazgo.
De su madre heredó la furia contenida.
La determinación que no se arrodilla.
La certeza de no retroceder.
Pero la Luna Violeta le dio algo distinto.
La capacidad de caminar
entre la luz
y la oscuridad.
Sin perderse en ninguna.
Jason no fue creado para gobernar.
Tampoco para juzgar.
Fue creado para observar.
Para medir el pulso del mundo.
Para notar la grieta
antes de que se vuelva abismo.
Cuando el equilibrio se rompe,
él puede detenerlo.
Cuando la anomalía surge,
él puede retenerla.
No con destrucción.
Sino con contención.
Pero su existencia tiene un precio.
Un alma demoníaca
nacida en carne humana.
Un contrato sellado
antes incluso de su renacimiento.
Murió una vez.
Y regresó.
Cadenas invisibles
que ni la muerte pudo romper.
Por eso incomoda.
Por eso su presencia pesa.
Jason no debería existir.
Y aun así, existe.
El día que cruzó el umbral del Consejo,
las lunas ya estaban allí.
Azul.
Blanca.
Carmesí.
Verde.
Poder absoluto.
Desmesurado.
Incompleto.
Cuando la Luna Violeta se alzó,
el aire se volvió denso.
El mundo recordó algo olvidado:
Todo poder necesita un límite.
Desde el suelo surgió un trono sin nombre.
Encadenado.
Prohibido.
No hecho para gobernar.
Sino para impedir el exceso.
Jason se detuvo frente a él.
No se sentó.
No aún.
No habló para imponerse.
No levantó la voz.
Solo dejó clara su razón de existir.
No estaba allí para reinar.
No estaba allí para juzgar.
Estaba allí para decidir
cuando todos los demás
ya hubieran ido demasiado lejos.
Dicen que cuando Jason alza la mirada,
la luna responde.
Su resplandor no anuncia destrucción.
Anuncia decisión.
Y mientras los clanes murmuran su nombre
con respeto
y con temor,
una verdad permanece escrita en las estrellas:
Cuando la Luna Violeta se alce por completo,
Jason Jaegerjaquez Ishtar
decidirá el destino de todos los linajes.
Recopilación de escrituras, tomo 7.
"El Heredero de la Luna Violeta"
Bajo un cielo inmóvil,
donde las estrellas parecían contener la respiración,
nació un niño que no lloró.
No gritó.
No reclamó nada.
Abrió los ojos.
Y la noche cambió de color.
No fue la Luna Blanca.
No fue la Carmesí.
Fue la Luna Violeta.
Un astro que no anuncia guerras.
Un reflejo que no celebra conquistas.
Solo aparece
cuando el equilibrio está a punto de romperse.
Jason Jaegerjaquez Ishtar.
Hijo de Henry Grimmtael Jaegerjaquez Black,
portador del juicio antiguo.
Hijo de Hazuki Ishtar,
sangre ardiente,
voluntad indomable.
De su padre heredó la templanza.
El peso de decidir.
El silencio del liderazgo.
De su madre heredó la furia contenida.
La determinación que no se arrodilla.
La certeza de no retroceder.
Pero la Luna Violeta le dio algo distinto.
La capacidad de caminar
entre la luz
y la oscuridad.
Sin perderse en ninguna.
Jason no fue creado para gobernar.
Tampoco para juzgar.
Fue creado para observar.
Para medir el pulso del mundo.
Para notar la grieta
antes de que se vuelva abismo.
Cuando el equilibrio se rompe,
él puede detenerlo.
Cuando la anomalía surge,
él puede retenerla.
No con destrucción.
Sino con contención.
Pero su existencia tiene un precio.
Un alma demoníaca
nacida en carne humana.
Un contrato sellado
antes incluso de su renacimiento.
Murió una vez.
Y regresó.
Cadenas invisibles
que ni la muerte pudo romper.
Por eso incomoda.
Por eso su presencia pesa.
Jason no debería existir.
Y aun así, existe.
El día que cruzó el umbral del Consejo,
las lunas ya estaban allí.
Azul.
Blanca.
Carmesí.
Verde.
Poder absoluto.
Desmesurado.
Incompleto.
Cuando la Luna Violeta se alzó,
el aire se volvió denso.
El mundo recordó algo olvidado:
Todo poder necesita un límite.
Desde el suelo surgió un trono sin nombre.
Encadenado.
Prohibido.
No hecho para gobernar.
Sino para impedir el exceso.
Jason se detuvo frente a él.
No se sentó.
No aún.
No habló para imponerse.
No levantó la voz.
Solo dejó clara su razón de existir.
No estaba allí para reinar.
No estaba allí para juzgar.
Estaba allí para decidir
cuando todos los demás
ya hubieran ido demasiado lejos.
Dicen que cuando Jason alza la mirada,
la luna responde.
Su resplandor no anuncia destrucción.
Anuncia decisión.
Y mientras los clanes murmuran su nombre
con respeto
y con temor,
una verdad permanece escrita en las estrellas:
Cuando la Luna Violeta se alce por completo,
Jason Jaegerjaquez Ishtar
decidirá el destino de todos los linajes.