La noche no estaba vacía.
Lo supe antes de verte.
El bosque respiraba distinto: la tierra removida, el olor metálico aún suspendido en el aire, una presa que no murió donde cayó. No era mi caza… pero tampoco era un error. Alguien había pasado por aquí con intención.
Avancé despacio, sin ocultarme del todo. No por descuido, sino por respeto. Quien marca territorio merece saber que no está solo.
Entonces te vi.
No te abalanzas. No te escondes. Estás ahí, erguida, con esa quietud que no es calma sino control. Tus ojos me miden como si yo fuera una variable más en el entorno. Ni enemiga, ni aliada. Todavía.
Me detengo a unos metros. Las sombras se pliegan a mis pies, pero no avanzan.
—No vengo a robarte nada —digo al fin, con la voz baja, firme—.
Solo quería saber quién estaba dejando huellas tan claras… y si debía preocuparme.
Te observo sin invadirte, sin bajar la guardia.
Hay cicatrices que reconozco incluso sin verlas del todo. Hay silencios que se parecen demasiado a los míos.
Inclino apenas la cabeza, lo justo para no ser un desafío.
—Ryu¡¡.
No pregunto tu nombre.
Te dejo el espacio.
La noche decide si hablas… o si me pides que me vaya.
Lo supe antes de verte.
El bosque respiraba distinto: la tierra removida, el olor metálico aún suspendido en el aire, una presa que no murió donde cayó. No era mi caza… pero tampoco era un error. Alguien había pasado por aquí con intención.
Avancé despacio, sin ocultarme del todo. No por descuido, sino por respeto. Quien marca territorio merece saber que no está solo.
Entonces te vi.
No te abalanzas. No te escondes. Estás ahí, erguida, con esa quietud que no es calma sino control. Tus ojos me miden como si yo fuera una variable más en el entorno. Ni enemiga, ni aliada. Todavía.
Me detengo a unos metros. Las sombras se pliegan a mis pies, pero no avanzan.
—No vengo a robarte nada —digo al fin, con la voz baja, firme—.
Solo quería saber quién estaba dejando huellas tan claras… y si debía preocuparme.
Te observo sin invadirte, sin bajar la guardia.
Hay cicatrices que reconozco incluso sin verlas del todo. Hay silencios que se parecen demasiado a los míos.
Inclino apenas la cabeza, lo justo para no ser un desafío.
—Ryu¡¡.
No pregunto tu nombre.
Te dejo el espacio.
La noche decide si hablas… o si me pides que me vaya.
La noche no estaba vacía.
Lo supe antes de verte.
El bosque respiraba distinto: la tierra removida, el olor metálico aún suspendido en el aire, una presa que no murió donde cayó. No era mi caza… pero tampoco era un error. Alguien había pasado por aquí con intención.
Avancé despacio, sin ocultarme del todo. No por descuido, sino por respeto. Quien marca territorio merece saber que no está solo.
Entonces te vi.
No te abalanzas. No te escondes. Estás ahí, erguida, con esa quietud que no es calma sino control. Tus ojos me miden como si yo fuera una variable más en el entorno. Ni enemiga, ni aliada. Todavía.
Me detengo a unos metros. Las sombras se pliegan a mis pies, pero no avanzan.
—No vengo a robarte nada —digo al fin, con la voz baja, firme—.
Solo quería saber quién estaba dejando huellas tan claras… y si debía preocuparme.
Te observo sin invadirte, sin bajar la guardia.
Hay cicatrices que reconozco incluso sin verlas del todo. Hay silencios que se parecen demasiado a los míos.
Inclino apenas la cabeza, lo justo para no ser un desafío.
—Ryu¡¡.
No pregunto tu nombre.
Te dejo el espacio.
La noche decide si hablas… o si me pides que me vaya.