Atlantis la ciudad perdida
Fandom Devil May Cry y hazbin hotel
Categoría Otros
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Las profundidades del océano guardaban un silencio solemne aquella noche, apenas interrumpido por el canto lejano de las corrientes y el resplandor azul de los cristales ancestrales que mantenían viva a Atlantis. En lo más alto del palacio submarino, Vergil Sparda permanecía de pie frente a un enorme ventanal de coral translúcido, observando la ciudad que había jurado proteger.
Desde la muerte de Dante, caído en batalla defendiendo las fronteras del reino, el peso de Atlantis había recaído únicamente sobre sus hombros. Ya no era solo el príncipe… era el escudo, la espada y la última esperanza. Su porte era firme, su mirada fría como las aguas abisales, pero en el fondo de su corazón se agitaba una tormenta silenciosa.
Detrás de él, en la cámara real, el rey Sparda yacía reclinado sobre un trono adaptado a su frágil estado. La enfermedad había consumido gran parte de su fuerza, aquella que alguna vez hizo temblar a los enemigos del mar y de la superficie.
—Atlantis necesita más que un guerrero… —había dicho el rey con voz cansada—. Necesita un gobernante completo. Un rey… y una reina a su lado. Alguien que te guíe cuando la guerra nuble tu juicio.
Vergil había apretado los puños.
—No necesito a nadie —respondió con firmeza—. Mientras respire, Atlantis estará a salvo. No me casaré por deber.
El rey no insistió más, pero la preocupación quedó flotando en el agua, tan pesada como el destino mismo.
Lo que Vergil no sabía era que, muy lejos de allí, en la superficie, antiguos mecanismos atlantes habían despertado tras siglos de silencio. Portales olvidados, mapas prohibidos… y viajeros de otros mundos que se acercaban peligrosamente al reino oculto. Entre ellos, un hombre de mente brillante y mirada inquietante: Alastor, un científico cuya curiosidad estaba a punto de chocar con los secretos más antiguos de Atlantis.
Las corrientes comenzaron a cambiar.
Y el destino del príncipe, aunque él aún no lo sabía, estaba a punto de desviarse para siempre.
Las profundidades del océano guardaban un silencio solemne aquella noche, apenas interrumpido por el canto lejano de las corrientes y el resplandor azul de los cristales ancestrales que mantenían viva a Atlantis. En lo más alto del palacio submarino, Vergil Sparda permanecía de pie frente a un enorme ventanal de coral translúcido, observando la ciudad que había jurado proteger.
Desde la muerte de Dante, caído en batalla defendiendo las fronteras del reino, el peso de Atlantis había recaído únicamente sobre sus hombros. Ya no era solo el príncipe… era el escudo, la espada y la última esperanza. Su porte era firme, su mirada fría como las aguas abisales, pero en el fondo de su corazón se agitaba una tormenta silenciosa.
Detrás de él, en la cámara real, el rey Sparda yacía reclinado sobre un trono adaptado a su frágil estado. La enfermedad había consumido gran parte de su fuerza, aquella que alguna vez hizo temblar a los enemigos del mar y de la superficie.
—Atlantis necesita más que un guerrero… —había dicho el rey con voz cansada—. Necesita un gobernante completo. Un rey… y una reina a su lado. Alguien que te guíe cuando la guerra nuble tu juicio.
Vergil había apretado los puños.
—No necesito a nadie —respondió con firmeza—. Mientras respire, Atlantis estará a salvo. No me casaré por deber.
El rey no insistió más, pero la preocupación quedó flotando en el agua, tan pesada como el destino mismo.
Lo que Vergil no sabía era que, muy lejos de allí, en la superficie, antiguos mecanismos atlantes habían despertado tras siglos de silencio. Portales olvidados, mapas prohibidos… y viajeros de otros mundos que se acercaban peligrosamente al reino oculto. Entre ellos, un hombre de mente brillante y mirada inquietante: Alastor, un científico cuya curiosidad estaba a punto de chocar con los secretos más antiguos de Atlantis.
Las corrientes comenzaron a cambiar.
Y el destino del príncipe, aunque él aún no lo sabía, estaba a punto de desviarse para siempre.
[Alastor_rabbit]
Las profundidades del océano guardaban un silencio solemne aquella noche, apenas interrumpido por el canto lejano de las corrientes y el resplandor azul de los cristales ancestrales que mantenían viva a Atlantis. En lo más alto del palacio submarino, Vergil Sparda permanecía de pie frente a un enorme ventanal de coral translúcido, observando la ciudad que había jurado proteger.
Desde la muerte de Dante, caído en batalla defendiendo las fronteras del reino, el peso de Atlantis había recaído únicamente sobre sus hombros. Ya no era solo el príncipe… era el escudo, la espada y la última esperanza. Su porte era firme, su mirada fría como las aguas abisales, pero en el fondo de su corazón se agitaba una tormenta silenciosa.
Detrás de él, en la cámara real, el rey Sparda yacía reclinado sobre un trono adaptado a su frágil estado. La enfermedad había consumido gran parte de su fuerza, aquella que alguna vez hizo temblar a los enemigos del mar y de la superficie.
—Atlantis necesita más que un guerrero… —había dicho el rey con voz cansada—. Necesita un gobernante completo. Un rey… y una reina a su lado. Alguien que te guíe cuando la guerra nuble tu juicio.
Vergil había apretado los puños.
—No necesito a nadie —respondió con firmeza—. Mientras respire, Atlantis estará a salvo. No me casaré por deber.
El rey no insistió más, pero la preocupación quedó flotando en el agua, tan pesada como el destino mismo.
Lo que Vergil no sabía era que, muy lejos de allí, en la superficie, antiguos mecanismos atlantes habían despertado tras siglos de silencio. Portales olvidados, mapas prohibidos… y viajeros de otros mundos que se acercaban peligrosamente al reino oculto. Entre ellos, un hombre de mente brillante y mirada inquietante: Alastor, un científico cuya curiosidad estaba a punto de chocar con los secretos más antiguos de Atlantis.
Las corrientes comenzaron a cambiar.
Y el destino del príncipe, aunque él aún no lo sabía, estaba a punto de desviarse para siempre.
Tipo
Individual
Líneas
5
Estado
Disponible