Intento encontrar las palabras para definirte.
Lo intento…
Pero conociéndote, sé que no controlas el fuego.
Eres fuego.
Cálida. Ardiente. Viva.
Eres la hoguera que crepita
y da refugio a quienes se acercan
en los días más duros del invierno.
Un fuego que invade mi cuerpo incluso cuando no estás,
porque aún soy las brasas que dejas atrás:
esas brasas que, cuando vuelves,
se reconocen
y se encienden.
Y si algún día desapareces,
solo le pediré a mi cuerpo una cosa:
que las brasas se extingan sin dolor
y se vuelvan ceniza.
Que sople fuerte la tramontana
y me arrastre por el aire hasta ti,
para convertirme, al menos una vez más,
en el aire que respiras.
Te quiero, Noni.
No cambies nunca.
Lo intento…
Pero conociéndote, sé que no controlas el fuego.
Eres fuego.
Cálida. Ardiente. Viva.
Eres la hoguera que crepita
y da refugio a quienes se acercan
en los días más duros del invierno.
Un fuego que invade mi cuerpo incluso cuando no estás,
porque aún soy las brasas que dejas atrás:
esas brasas que, cuando vuelves,
se reconocen
y se encienden.
Y si algún día desapareces,
solo le pediré a mi cuerpo una cosa:
que las brasas se extingan sin dolor
y se vuelvan ceniza.
Que sople fuerte la tramontana
y me arrastre por el aire hasta ti,
para convertirme, al menos una vez más,
en el aire que respiras.
Te quiero, Noni.
No cambies nunca.
Intento encontrar las palabras para definirte.
Lo intento…
Pero conociéndote, sé que no controlas el fuego.
Eres fuego.
Cálida. Ardiente. Viva.
Eres la hoguera que crepita
y da refugio a quienes se acercan
en los días más duros del invierno.
Un fuego que invade mi cuerpo incluso cuando no estás,
porque aún soy las brasas que dejas atrás:
esas brasas que, cuando vuelves,
se reconocen
y se encienden.
Y si algún día desapareces,
solo le pediré a mi cuerpo una cosa:
que las brasas se extingan sin dolor
y se vuelvan ceniza.
Que sople fuerte la tramontana
y me arrastre por el aire hasta ti,
para convertirme, al menos una vez más,
en el aire que respiras.
Te quiero, Noni.
No cambies nunca.