El reloj de pared marcaba las doce cuando Alberto dejó su copa sobre la mesa de madera, el eco del cristal resonando en el silencio del salón. La luz de la luna se filtraba por el ventanal, bañando la estancia de un azul plata que apenas permitía distinguir las siluetas. Ella estaba frente a él, tan cerca que Alberto podía percibir el suave aroma a jazmín que emanaba de su piel, un perfume que parecía haber invadido sus sentidos desde que entraron en la casa.

Él dio un paso al frente, acortando la escasa distancia que los separaba. Notó cómo la respiración de la joven se volvía más errática, un compás desigual que delataba su nerviosismo. Alberto no apartó la mirada; sus ojos, oscuros y decididos, recorrieron el rostro de ella con una lentitud casi dolorosa, deteniéndose en sus labios entreabiertos.

—Te dije que esta noche sería diferente —susurró Alberto, con una voz que era poco más que un rastro de aire, profunda y cargada de una promesa silenciosa.

Extendió la mano y, con la yema de los dedos, rozó apenas el contorno de su mandíbula. Fue un contacto eléctrico. Ella cerró los ojos ante la caricia, dejando escapar un suspiro que terminó de romper la última barrera de contención de Alberto. Sin mediar más palabras, él inclinó la cabeza, buscando el calor de su cuello, mientras sus manos encontraban apoyo en la cintura de ella, atrayéndola con una firmeza que hizo que el mundo exterior dejara de existir por completo. En ese rincón en sombras, el tiempo se detuvo, dejando que solo el pulso acelerado de ambos dictara el ritmo de lo que estaba por venir.

De repente, abrió los ojos perplejo, con el cabello pegado al rostro por las perlas de sudor que le recorrían la frente. ¿Había sido un sueño?
El reloj de pared marcaba las doce cuando Alberto dejó su copa sobre la mesa de madera, el eco del cristal resonando en el silencio del salón. La luz de la luna se filtraba por el ventanal, bañando la estancia de un azul plata que apenas permitía distinguir las siluetas. Ella estaba frente a él, tan cerca que Alberto podía percibir el suave aroma a jazmín que emanaba de su piel, un perfume que parecía haber invadido sus sentidos desde que entraron en la casa. Él dio un paso al frente, acortando la escasa distancia que los separaba. Notó cómo la respiración de la joven se volvía más errática, un compás desigual que delataba su nerviosismo. Alberto no apartó la mirada; sus ojos, oscuros y decididos, recorrieron el rostro de ella con una lentitud casi dolorosa, deteniéndose en sus labios entreabiertos. —Te dije que esta noche sería diferente —susurró Alberto, con una voz que era poco más que un rastro de aire, profunda y cargada de una promesa silenciosa. Extendió la mano y, con la yema de los dedos, rozó apenas el contorno de su mandíbula. Fue un contacto eléctrico. Ella cerró los ojos ante la caricia, dejando escapar un suspiro que terminó de romper la última barrera de contención de Alberto. Sin mediar más palabras, él inclinó la cabeza, buscando el calor de su cuello, mientras sus manos encontraban apoyo en la cintura de ella, atrayéndola con una firmeza que hizo que el mundo exterior dejara de existir por completo. En ese rincón en sombras, el tiempo se detuvo, dejando que solo el pulso acelerado de ambos dictara el ritmo de lo que estaba por venir. De repente, abrió los ojos perplejo, con el cabello pegado al rostro por las perlas de sudor que le recorrían la frente. ¿Había sido un sueño?
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