El Rayo primordial
Fandom Omegaverse Ishtar
Categoría Acción
El salón de entrenamiento aún respira incienso antiguo y piedra caliente cuando doy un paso al frente. No levanto la voz; no hace falta.
Te miro, pupilo.
La emperatriz Sasha ha hablado.
Y cuando la Emperatriz honra a alguien con una orden, esa orden se convierte en el eje de su existencia.
Hoy, tu vida gira alrededor de esto.
—Has sido puesto bajo mi tutela —te digo, con calma absoluta—. No como castigo, sino como privilegio. Sasha me ha confiado tu fuego… y tu destino. Respóndele con respeto. Respóndeme con obediencia. No hay nada más importante para ti ahora mismo que convertirte en digno del nombre Ishtar.
Me detengo frente a ti. Siento tu fuego primordial arder, joven, impetuoso, aún desordenado. Un don de nacimiento. Valioso… pero incompleto.
—No te equivoques —continúo—. En nuestra estirpe, los machos nacen con fuerza, pero las hembras forjamos el poder. Yo no nací completa. Me hice. Desde cero. Con la dualidad de Veythra desgarrando mi alma, luchando contra mí… hasta que dejamos de ser dos.
Ahora somos una.
Y ese poder —una sombra del que porta Jennifer con su medio corazón del Caos-Elunai— me pertenece. Un fragmento, sí. Pero afilado hasta la perfección.
Doy media vuelta y extiendo la mano. El aire a nuestro alrededor empieza a vibrar.
—Tu fuego primordial será nuestro punto de partida. No el final.
Hoy aprenderás algo que pocos íncubos logran comprender: el fuego no sólo quema… mueve.
Las corrientes de calor nacen de mi palma, invisibles pero feroces.
—Siente cómo el fuego empuja al mundo. El calor crea viento. No lo impongas. Guíalo.
Ese viento incandescente es una extensión de ti. Deja que te atraviese el pecho, los brazos, la espalda. Respira con él.
El aire se ondula. La temperatura sube.
—Ahora escucha con algo más que los oídos —susurro—. El aire está vivo. Contiene agua. Moléculas suspendidas, esperando ser llamadas.
No las fuerces. Reconócelas como parte de ti.
Mis ojos brillan apenas.
—Encuentra el punto exacto, Ignia. Ni frío ni exceso de fuego. El instante sagrado donde el agua deja de ser agua… y se vuelve vapor.
El viento gira, más preciso.
—Bien. Ahora viene lo difícil.
Haz chocar dos moléculas de vapor. No con rabia. Con intención. Compresión perfecta. Velocidad justa.
Clavo la mirada en la tuya.
—Cuando lo logres, el cielo responderá. Porque el rayo no nace del odio… nace del equilibrio violento entre fuerzas opuestas.
Bajo lentamente la mano.
—Empieza.
Demuestra a la emperatriz Sasha que su honor no fue mal otorgado.
Y a mí… que mereces llamarme sensei.
Te miro, pupilo.
La emperatriz Sasha ha hablado.
Y cuando la Emperatriz honra a alguien con una orden, esa orden se convierte en el eje de su existencia.
Hoy, tu vida gira alrededor de esto.
—Has sido puesto bajo mi tutela —te digo, con calma absoluta—. No como castigo, sino como privilegio. Sasha me ha confiado tu fuego… y tu destino. Respóndele con respeto. Respóndeme con obediencia. No hay nada más importante para ti ahora mismo que convertirte en digno del nombre Ishtar.
Me detengo frente a ti. Siento tu fuego primordial arder, joven, impetuoso, aún desordenado. Un don de nacimiento. Valioso… pero incompleto.
—No te equivoques —continúo—. En nuestra estirpe, los machos nacen con fuerza, pero las hembras forjamos el poder. Yo no nací completa. Me hice. Desde cero. Con la dualidad de Veythra desgarrando mi alma, luchando contra mí… hasta que dejamos de ser dos.
Ahora somos una.
Y ese poder —una sombra del que porta Jennifer con su medio corazón del Caos-Elunai— me pertenece. Un fragmento, sí. Pero afilado hasta la perfección.
Doy media vuelta y extiendo la mano. El aire a nuestro alrededor empieza a vibrar.
—Tu fuego primordial será nuestro punto de partida. No el final.
Hoy aprenderás algo que pocos íncubos logran comprender: el fuego no sólo quema… mueve.
Las corrientes de calor nacen de mi palma, invisibles pero feroces.
—Siente cómo el fuego empuja al mundo. El calor crea viento. No lo impongas. Guíalo.
Ese viento incandescente es una extensión de ti. Deja que te atraviese el pecho, los brazos, la espalda. Respira con él.
El aire se ondula. La temperatura sube.
—Ahora escucha con algo más que los oídos —susurro—. El aire está vivo. Contiene agua. Moléculas suspendidas, esperando ser llamadas.
No las fuerces. Reconócelas como parte de ti.
Mis ojos brillan apenas.
—Encuentra el punto exacto, Ignia. Ni frío ni exceso de fuego. El instante sagrado donde el agua deja de ser agua… y se vuelve vapor.
El viento gira, más preciso.
—Bien. Ahora viene lo difícil.
Haz chocar dos moléculas de vapor. No con rabia. Con intención. Compresión perfecta. Velocidad justa.
Clavo la mirada en la tuya.
—Cuando lo logres, el cielo responderá. Porque el rayo no nace del odio… nace del equilibrio violento entre fuerzas opuestas.
Bajo lentamente la mano.
—Empieza.
Demuestra a la emperatriz Sasha que su honor no fue mal otorgado.
Y a mí… que mereces llamarme sensei.
El salón de entrenamiento aún respira incienso antiguo y piedra caliente cuando doy un paso al frente. No levanto la voz; no hace falta.
Te miro, pupilo.
La emperatriz Sasha ha hablado.
Y cuando la Emperatriz honra a alguien con una orden, esa orden se convierte en el eje de su existencia.
Hoy, tu vida gira alrededor de esto.
—Has sido puesto bajo mi tutela —te digo, con calma absoluta—. No como castigo, sino como privilegio. Sasha me ha confiado tu fuego… y tu destino. Respóndele con respeto. Respóndeme con obediencia. No hay nada más importante para ti ahora mismo que convertirte en digno del nombre Ishtar.
Me detengo frente a ti. Siento tu fuego primordial arder, joven, impetuoso, aún desordenado. Un don de nacimiento. Valioso… pero incompleto.
—No te equivoques —continúo—. En nuestra estirpe, los machos nacen con fuerza, pero las hembras forjamos el poder. Yo no nací completa. Me hice. Desde cero. Con la dualidad de Veythra desgarrando mi alma, luchando contra mí… hasta que dejamos de ser dos.
Ahora somos una.
Y ese poder —una sombra del que porta Jennifer con su medio corazón del Caos-Elunai— me pertenece. Un fragmento, sí. Pero afilado hasta la perfección.
Doy media vuelta y extiendo la mano. El aire a nuestro alrededor empieza a vibrar.
—Tu fuego primordial será nuestro punto de partida. No el final.
Hoy aprenderás algo que pocos íncubos logran comprender: el fuego no sólo quema… mueve.
Las corrientes de calor nacen de mi palma, invisibles pero feroces.
—Siente cómo el fuego empuja al mundo. El calor crea viento. No lo impongas. Guíalo.
Ese viento incandescente es una extensión de ti. Deja que te atraviese el pecho, los brazos, la espalda. Respira con él.
El aire se ondula. La temperatura sube.
—Ahora escucha con algo más que los oídos —susurro—. El aire está vivo. Contiene agua. Moléculas suspendidas, esperando ser llamadas.
No las fuerces. Reconócelas como parte de ti.
Mis ojos brillan apenas.
—Encuentra el punto exacto, Ignia. Ni frío ni exceso de fuego. El instante sagrado donde el agua deja de ser agua… y se vuelve vapor.
El viento gira, más preciso.
—Bien. Ahora viene lo difícil.
Haz chocar dos moléculas de vapor. No con rabia. Con intención. Compresión perfecta. Velocidad justa.
Clavo la mirada en la tuya.
—Cuando lo logres, el cielo responderá. Porque el rayo no nace del odio… nace del equilibrio violento entre fuerzas opuestas.
Bajo lentamente la mano.
—Empieza.
Demuestra a la emperatriz Sasha que su honor no fue mal otorgado.
Y a mí… que mereces llamarme sensei.
Tipo
Grupal
Líneas
Cualquier línea
Estado
Disponible
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