El bosque seguía igual que siempre, indiferente. La luz apenas lograba colarse entre las ramas, dibujando sombras largas sobre el suelo húmedo. Allí, junto a un árbol cubierto de musgo, una figura permanecía inmóvil, como si fuera parte del paisaje.
Respiraba despacio, con pausas irregulares, escuchando algo más que el viento. Una mano descansaba sobre su costado, no por costumbre, sino por necesidad. La tela oscura de su ropa estaba pesada, rígida en algunos puntos, y el olor metálico se mezclaba con el de la tierra y las hojas.
Sus ojos, apagados pero atentos, seguían las sombras entre los troncos. Cada sonido era evaluado, cada crujido tenía peso. No había prisa por levantarse; el cuerpo pedía tiempo, y el bosque, silencio.
Las orejas negras apenas se movieron, captando un ruido lejano que no terminó de llegar. Cerró los ojos un instante, solo uno. No para rendirse, sino para recordar cómo se sentía estar de pie.
Luego volvió a abrirlos. El mundo seguía ahí. Y eso, por ahora, era suficiente
Respiraba despacio, con pausas irregulares, escuchando algo más que el viento. Una mano descansaba sobre su costado, no por costumbre, sino por necesidad. La tela oscura de su ropa estaba pesada, rígida en algunos puntos, y el olor metálico se mezclaba con el de la tierra y las hojas.
Sus ojos, apagados pero atentos, seguían las sombras entre los troncos. Cada sonido era evaluado, cada crujido tenía peso. No había prisa por levantarse; el cuerpo pedía tiempo, y el bosque, silencio.
Las orejas negras apenas se movieron, captando un ruido lejano que no terminó de llegar. Cerró los ojos un instante, solo uno. No para rendirse, sino para recordar cómo se sentía estar de pie.
Luego volvió a abrirlos. El mundo seguía ahí. Y eso, por ahora, era suficiente
El bosque seguía igual que siempre, indiferente. La luz apenas lograba colarse entre las ramas, dibujando sombras largas sobre el suelo húmedo. Allí, junto a un árbol cubierto de musgo, una figura permanecía inmóvil, como si fuera parte del paisaje.
Respiraba despacio, con pausas irregulares, escuchando algo más que el viento. Una mano descansaba sobre su costado, no por costumbre, sino por necesidad. La tela oscura de su ropa estaba pesada, rígida en algunos puntos, y el olor metálico se mezclaba con el de la tierra y las hojas.
Sus ojos, apagados pero atentos, seguían las sombras entre los troncos. Cada sonido era evaluado, cada crujido tenía peso. No había prisa por levantarse; el cuerpo pedía tiempo, y el bosque, silencio.
Las orejas negras apenas se movieron, captando un ruido lejano que no terminó de llegar. Cerró los ojos un instante, solo uno. No para rendirse, sino para recordar cómo se sentía estar de pie.
Luego volvió a abrirlos. El mundo seguía ahí. Y eso, por ahora, era suficiente