El vapor del té se eleva entre los dos, cargado de un aroma a bergamota que ella sirve con la precisión de un autómata de porcelana. Te dedica una sonrisa mansa, ladeando la cabeza con esa quietud de las estatuas que adornan los pasillos
—Me han dicho que tu pluma es capaz de crear mundos —dice, y sus ojos rojos te recorren con una transparencia tan limpia que resulta ilegible.
No hay rastro de colmillos en su gesto. Sus dedos largos dejan la tetera sobre la mesa sin producir el más mínimo tintineo.
—Padezco de una vigilia que no cede. Me pregunto si podrías inventar un remedio para mí.
Se detiene un segundo, sosteniendo la taza con ambas manos mientras el calor empaña sus pestañas. Su mirada se fija en la tuya, manteniéndose imperturbable en su suavidad.
—Háblame de una mujer de mi estirpe que pueda caminar bajo el mediodía sin arder. Cuéntame cómo es su rutina en un mundo que no conoce la guerra.
Bebe un sorbo corto, manteniendo esa sonrisa de joya inútil, aguardando en un silencio absoluto a que el rastro de la tinta aparezca en el papel.
—Me han dicho que tu pluma es capaz de crear mundos —dice, y sus ojos rojos te recorren con una transparencia tan limpia que resulta ilegible.
No hay rastro de colmillos en su gesto. Sus dedos largos dejan la tetera sobre la mesa sin producir el más mínimo tintineo.
—Padezco de una vigilia que no cede. Me pregunto si podrías inventar un remedio para mí.
Se detiene un segundo, sosteniendo la taza con ambas manos mientras el calor empaña sus pestañas. Su mirada se fija en la tuya, manteniéndose imperturbable en su suavidad.
—Háblame de una mujer de mi estirpe que pueda caminar bajo el mediodía sin arder. Cuéntame cómo es su rutina en un mundo que no conoce la guerra.
Bebe un sorbo corto, manteniendo esa sonrisa de joya inútil, aguardando en un silencio absoluto a que el rastro de la tinta aparezca en el papel.
El vapor del té se eleva entre los dos, cargado de un aroma a bergamota que ella sirve con la precisión de un autómata de porcelana. Te dedica una sonrisa mansa, ladeando la cabeza con esa quietud de las estatuas que adornan los pasillos
—Me han dicho que tu pluma es capaz de crear mundos —dice, y sus ojos rojos te recorren con una transparencia tan limpia que resulta ilegible.
No hay rastro de colmillos en su gesto. Sus dedos largos dejan la tetera sobre la mesa sin producir el más mínimo tintineo.
—Padezco de una vigilia que no cede. Me pregunto si podrías inventar un remedio para mí.
Se detiene un segundo, sosteniendo la taza con ambas manos mientras el calor empaña sus pestañas. Su mirada se fija en la tuya, manteniéndose imperturbable en su suavidad.
—Háblame de una mujer de mi estirpe que pueda caminar bajo el mediodía sin arder. Cuéntame cómo es su rutina en un mundo que no conoce la guerra.
Bebe un sorbo corto, manteniendo esa sonrisa de joya inútil, aguardando en un silencio absoluto a que el rastro de la tinta aparezca en el papel.