Dicen que hubo una noche en la que la Luna se cansó de observar a los lobos desde lo alto.
No de vigilarlos, sino de verlos caminar solos.
Aquella luna era redonda y blanca, pero su luz temblaba.
Así que descendió un poco más de lo habitual y dejó caer un susurro sobre las montañas.
Desde entonces, una vez al año, cuando el invierno ya sabe que va a marcharse y la primavera aún no se atreve a nacer, la Luna llama a los lobos por su nombre verdadero.
No al que usan de día, ni al que les dieron al nacer, sino al que vibra dentro del pecho.
A esa noche la llamaron la Luna del Lobo.
No es una luna de caza ni de guerra.
Es una luna de regreso.
De cuerpos cansados que recuerdan quiénes son.
De aullidos que no piden, sino que agradecen.
Dicen que si te sientas en silencio bajo su luz, la Luna te mira como si te reconociera.
Y que los lobos, incluso los que caminan con forma humana, bajan la cabeza un instante…
como quien vuelve a casa.
Y si ves a una figura sentada bajo esa luna, quieta, escuchando,
no la interrumpas.
Tal vez la Luna esté contando su historia.
O tal vez… la esté recordando.
No de vigilarlos, sino de verlos caminar solos.
Aquella luna era redonda y blanca, pero su luz temblaba.
Así que descendió un poco más de lo habitual y dejó caer un susurro sobre las montañas.
Desde entonces, una vez al año, cuando el invierno ya sabe que va a marcharse y la primavera aún no se atreve a nacer, la Luna llama a los lobos por su nombre verdadero.
No al que usan de día, ni al que les dieron al nacer, sino al que vibra dentro del pecho.
A esa noche la llamaron la Luna del Lobo.
No es una luna de caza ni de guerra.
Es una luna de regreso.
De cuerpos cansados que recuerdan quiénes son.
De aullidos que no piden, sino que agradecen.
Dicen que si te sientas en silencio bajo su luz, la Luna te mira como si te reconociera.
Y que los lobos, incluso los que caminan con forma humana, bajan la cabeza un instante…
como quien vuelve a casa.
Y si ves a una figura sentada bajo esa luna, quieta, escuchando,
no la interrumpas.
Tal vez la Luna esté contando su historia.
O tal vez… la esté recordando.
Dicen que hubo una noche en la que la Luna se cansó de observar a los lobos desde lo alto.
No de vigilarlos, sino de verlos caminar solos.
Aquella luna era redonda y blanca, pero su luz temblaba.
Así que descendió un poco más de lo habitual y dejó caer un susurro sobre las montañas.
Desde entonces, una vez al año, cuando el invierno ya sabe que va a marcharse y la primavera aún no se atreve a nacer, la Luna llama a los lobos por su nombre verdadero.
No al que usan de día, ni al que les dieron al nacer, sino al que vibra dentro del pecho.
A esa noche la llamaron la Luna del Lobo.
No es una luna de caza ni de guerra.
Es una luna de regreso.
De cuerpos cansados que recuerdan quiénes son.
De aullidos que no piden, sino que agradecen.
Dicen que si te sientas en silencio bajo su luz, la Luna te mira como si te reconociera.
Y que los lobos, incluso los que caminan con forma humana, bajan la cabeza un instante…
como quien vuelve a casa.
Y si ves a una figura sentada bajo esa luna, quieta, escuchando,
no la interrumpas.
Tal vez la Luna esté contando su historia.
O tal vez… la esté recordando.