El tiempo pasó sin nombre ni medida. Para Isla no fueron días ni meses, fue una sucesión interminable de sombras.

El lugar donde la tuvieron encerrada nunca llegó a sentirse real del todo: paredes frías, luz artificial que no cambiaba, puertas que se cerraban con un sonido seco que se le clavaba en el pecho. Allí, lejos de todo, lejos de él… y de Brianna.

Al principio gritó.
Gritó su nombre hasta quedarse sin voz.
Después lloró en silencio, con la cara hundida en las rodillas, contando respiraciones para no romperse del todo.

Las noches eran lo peor. En la oscuridad, su mente se volvía cruel. Cerraba los ojos y veía a su hija tal como la había dejado: tan pequeña, tan caliente contra su pecho. Imaginaba cómo habría crecido sin ella. Sus primeros pasos. Su primera palabra. Pensaba en él sosteniéndola solo, haciendo lo imposible por no dejar que la ausencia se notara.

—Perdóname… —susurraba muchas veces al vacío, con la garganta cerrada—. Perdóname, mi amor… mamá está intentando volver…

Pero el tiempo no se detenía por la culpa. Cada día que pasaba sentía cómo el vínculo se debilitaba, como si algo invisible se estirara hasta romperse del todo. Lo sabía. Lo sentía en el pecho. Ese hilo que siempre la había unido a él… ya no estaba.

Y eso era lo que más la destrozaba.

No le culpaba. Jamás.
Al contrario. En los peores momentos, se aferraba a la idea de que él habría seguido adelante, que habría rehecho su vida, que Brianna tendría una figura estable, amor, protección. Pensar eso le dolía, pero también la mantenía viva.

—Ojalá seas feliz… —murmuraba algunas noches, con una mezcla de amor y resignación—. Ojalá no me recuerdes con rabia.

Cuando por fin logró escapar, cuando el aire libre volvió a golpearle la cara y el cielo dejó de ser un recuerdo, Isla no sintió alivio inmediato. Sintió vértigo. Un peso insoportable en el pecho.

Era libre… pero había perdido demasiado.

Caminaba con el cuerpo marcado, más delgado, con la mirada cansada, y con una culpa que no la soltaba ni un segundo. Cada paso lejos de aquel infierno era también un paso hacia una verdad que la aterraba: había desaparecido de la vida de su hija. De su pareja. De su propio hogar.

Por las noches, ya a salvo, se sentaba sola y abrazaba sus propios brazos como si así pudiera compensar los años perdidos.

No sabía si sería bienvenida. No sabía si aún tenía un lugar. Solo sabía que el amor seguía ahí, intacto, doliendo como una herida abierta.

Y aun así, pese al miedo, pese a la culpa, Isla decidió algo:

Había sobrevivido.
Había vuelto.

Y aunque creyera no merecerlo, aunque pensara que llegaba demasiado tarde… su corazón seguía caminando en una sola dirección.
El tiempo pasó sin nombre ni medida. Para Isla no fueron días ni meses, fue una sucesión interminable de sombras. El lugar donde la tuvieron encerrada nunca llegó a sentirse real del todo: paredes frías, luz artificial que no cambiaba, puertas que se cerraban con un sonido seco que se le clavaba en el pecho. Allí, lejos de todo, lejos de él… y de Brianna. Al principio gritó. Gritó su nombre hasta quedarse sin voz. Después lloró en silencio, con la cara hundida en las rodillas, contando respiraciones para no romperse del todo. Las noches eran lo peor. En la oscuridad, su mente se volvía cruel. Cerraba los ojos y veía a su hija tal como la había dejado: tan pequeña, tan caliente contra su pecho. Imaginaba cómo habría crecido sin ella. Sus primeros pasos. Su primera palabra. Pensaba en él sosteniéndola solo, haciendo lo imposible por no dejar que la ausencia se notara. —Perdóname… —susurraba muchas veces al vacío, con la garganta cerrada—. Perdóname, mi amor… mamá está intentando volver… Pero el tiempo no se detenía por la culpa. Cada día que pasaba sentía cómo el vínculo se debilitaba, como si algo invisible se estirara hasta romperse del todo. Lo sabía. Lo sentía en el pecho. Ese hilo que siempre la había unido a él… ya no estaba. Y eso era lo que más la destrozaba. No le culpaba. Jamás. Al contrario. En los peores momentos, se aferraba a la idea de que él habría seguido adelante, que habría rehecho su vida, que Brianna tendría una figura estable, amor, protección. Pensar eso le dolía, pero también la mantenía viva. —Ojalá seas feliz… —murmuraba algunas noches, con una mezcla de amor y resignación—. Ojalá no me recuerdes con rabia. Cuando por fin logró escapar, cuando el aire libre volvió a golpearle la cara y el cielo dejó de ser un recuerdo, Isla no sintió alivio inmediato. Sintió vértigo. Un peso insoportable en el pecho. Era libre… pero había perdido demasiado. Caminaba con el cuerpo marcado, más delgado, con la mirada cansada, y con una culpa que no la soltaba ni un segundo. Cada paso lejos de aquel infierno era también un paso hacia una verdad que la aterraba: había desaparecido de la vida de su hija. De su pareja. De su propio hogar. Por las noches, ya a salvo, se sentaba sola y abrazaba sus propios brazos como si así pudiera compensar los años perdidos. No sabía si sería bienvenida. No sabía si aún tenía un lugar. Solo sabía que el amor seguía ahí, intacto, doliendo como una herida abierta. Y aun así, pese al miedo, pese a la culpa, Isla decidió algo: Había sobrevivido. Había vuelto. Y aunque creyera no merecerlo, aunque pensara que llegaba demasiado tarde… su corazón seguía caminando en una sola dirección.
Me entristece
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