El laboratorio de Faust huele a metal frío, a desinfectante y a magia contenida a la fuerza. Las luces blancas no juzgan, solo iluminan. Yo sí juzgo.
—Según los resultados de ADN extraídos de los sujetos de la primera cópula… —leo en voz alta, obligándome a mantener el pulso firme—. Las niñas… es decir, los engendros… presentan las mismas características físicas y de desarrollo.
Paso las páginas lentamente. Gráficas, esquemas, simulaciones de crecimiento acelerado. Todas iguales en lo esencial. Todas funcionales.
—Me pregunto si los resultados de las cópulas con las otras Qadistu presentarán informes similares…
Las muestras de [n.a.a.m.a.h] son claras. Demasiado claras.
—Dominan a la perfección la agilidad y el combate cuerpo a cuerpo. El balance entre resistencia y fuerza es… impecable.
Una pausa.
Un gesto involuntario.
—Sin embargo… hay un sujeto extraño.
Faust levanta la vista. Yo también.
—Las habilidades de ese engendro despuntan muy por encima de la media.
Siento un escalofrío que no proviene del laboratorio.
—Veythra —susurro—. Necesito que invoques al ejército.
El mundo se inclina.
Veythra toma el control solo desde mis ojos. Mi cuerpo sigue siendo mío, pero la mirada ya no lo es. El iris se vuelve amarillo, incandescente, antiguo.
Su voz sale de mi boca, pero no me pertenece.
—¡Hijas del Caos!
—¡Vuestra reina os reclama!
El espacio responde. Presencias. Sombras que se alinean. Veythra las observa con orgullo desnudo, sin ambigüedad. Como armas perfectas.
Yo… yo las miro con otra cosa.
Melancolía.
—¿Dónde está el sujeto 001? —pregunto cuando recupero la voz.
No hace falta que nadie responda.
Las pantallas del laboratorio cambian solas. Noticias de última hora. Un palacio ardiendo. Llamas imposibles. Restos de energía caótica aún flotando en el aire.
Las Fuerzas Especiales de Élite Paranormal (FEEP) confirman la captura de la responsable: una niña de aproximadamente trece años. Demasiado pequeña para poseer el poder que ha acabado con cuatro agentes entrenados…
Aparece la imagen.
La reconozco al instante.
—…001 —susurro.
Lo primero que cruza mi mente es sencillo. Puro. Absoluto.
Reducir la prisión de alta seguridad de las FEEP a cenizas.
Pero mi cuerpo tiembla. Mi energía está rota, dispersa, aún pagando el precio del último parto.
No puedo.
A no ser…
Mis labios se tensan.
—Me cobraré ese favor —digo en voz baja—. Iré a ver a la dragona.
Porque tal vez estas niñas… estas bestias… estén destinadas a morir sirviendo al Caos. Tal vez ese sea su final escrito.
Pero son mis hijas.
Y no permitiré que nadie les ponga la mano encima.
---
La cueva de la dragona huele a azúcar quemado y magia antigua.
La encuentro en su forma humana, sentada sobre una roca, comiéndose un cupcake con absoluta tranquilidad. La cocina improvisada es un desastre digno de una batalla para haber preparado algo tan pequeño, pero… así es ella.
Especial. Terrible. Maravillosa.
Le cuento todo.
No exijo.
No ordeno.
Imploro.
Como madre.
Porque el cariño hacia esas niñas —hacia esas armas vivas— se ha convertido en la más dolorosa de todas las maldiciones Qadistu.
Y aun así…
no me arrepiento.
—Según los resultados de ADN extraídos de los sujetos de la primera cópula… —leo en voz alta, obligándome a mantener el pulso firme—. Las niñas… es decir, los engendros… presentan las mismas características físicas y de desarrollo.
Paso las páginas lentamente. Gráficas, esquemas, simulaciones de crecimiento acelerado. Todas iguales en lo esencial. Todas funcionales.
—Me pregunto si los resultados de las cópulas con las otras Qadistu presentarán informes similares…
Las muestras de [n.a.a.m.a.h] son claras. Demasiado claras.
—Dominan a la perfección la agilidad y el combate cuerpo a cuerpo. El balance entre resistencia y fuerza es… impecable.
Una pausa.
Un gesto involuntario.
—Sin embargo… hay un sujeto extraño.
Faust levanta la vista. Yo también.
—Las habilidades de ese engendro despuntan muy por encima de la media.
Siento un escalofrío que no proviene del laboratorio.
—Veythra —susurro—. Necesito que invoques al ejército.
El mundo se inclina.
Veythra toma el control solo desde mis ojos. Mi cuerpo sigue siendo mío, pero la mirada ya no lo es. El iris se vuelve amarillo, incandescente, antiguo.
Su voz sale de mi boca, pero no me pertenece.
—¡Hijas del Caos!
—¡Vuestra reina os reclama!
El espacio responde. Presencias. Sombras que se alinean. Veythra las observa con orgullo desnudo, sin ambigüedad. Como armas perfectas.
Yo… yo las miro con otra cosa.
Melancolía.
—¿Dónde está el sujeto 001? —pregunto cuando recupero la voz.
No hace falta que nadie responda.
Las pantallas del laboratorio cambian solas. Noticias de última hora. Un palacio ardiendo. Llamas imposibles. Restos de energía caótica aún flotando en el aire.
Las Fuerzas Especiales de Élite Paranormal (FEEP) confirman la captura de la responsable: una niña de aproximadamente trece años. Demasiado pequeña para poseer el poder que ha acabado con cuatro agentes entrenados…
Aparece la imagen.
La reconozco al instante.
—…001 —susurro.
Lo primero que cruza mi mente es sencillo. Puro. Absoluto.
Reducir la prisión de alta seguridad de las FEEP a cenizas.
Pero mi cuerpo tiembla. Mi energía está rota, dispersa, aún pagando el precio del último parto.
No puedo.
A no ser…
Mis labios se tensan.
—Me cobraré ese favor —digo en voz baja—. Iré a ver a la dragona.
Porque tal vez estas niñas… estas bestias… estén destinadas a morir sirviendo al Caos. Tal vez ese sea su final escrito.
Pero son mis hijas.
Y no permitiré que nadie les ponga la mano encima.
---
La cueva de la dragona huele a azúcar quemado y magia antigua.
La encuentro en su forma humana, sentada sobre una roca, comiéndose un cupcake con absoluta tranquilidad. La cocina improvisada es un desastre digno de una batalla para haber preparado algo tan pequeño, pero… así es ella.
Especial. Terrible. Maravillosa.
Le cuento todo.
No exijo.
No ordeno.
Imploro.
Como madre.
Porque el cariño hacia esas niñas —hacia esas armas vivas— se ha convertido en la más dolorosa de todas las maldiciones Qadistu.
Y aun así…
no me arrepiento.
El laboratorio de [nebula_onyx_lizard_690] huele a metal frío, a desinfectante y a magia contenida a la fuerza. Las luces blancas no juzgan, solo iluminan. Yo sí juzgo.
—Según los resultados de ADN extraídos de los sujetos de la primera cópula… —leo en voz alta, obligándome a mantener el pulso firme—. Las niñas… es decir, los engendros… presentan las mismas características físicas y de desarrollo.
Paso las páginas lentamente. Gráficas, esquemas, simulaciones de crecimiento acelerado. Todas iguales en lo esencial. Todas funcionales.
—Me pregunto si los resultados de las cópulas con las otras Qadistu presentarán informes similares…
Las muestras de [n.a.a.m.a.h] son claras. Demasiado claras.
—Dominan a la perfección la agilidad y el combate cuerpo a cuerpo. El balance entre resistencia y fuerza es… impecable.
Una pausa.
Un gesto involuntario.
—Sin embargo… hay un sujeto extraño.
Faust levanta la vista. Yo también.
—Las habilidades de ese engendro despuntan muy por encima de la media.
Siento un escalofrío que no proviene del laboratorio.
—Veythra —susurro—. Necesito que invoques al ejército.
El mundo se inclina.
Veythra toma el control solo desde mis ojos. Mi cuerpo sigue siendo mío, pero la mirada ya no lo es. El iris se vuelve amarillo, incandescente, antiguo.
Su voz sale de mi boca, pero no me pertenece.
—¡Hijas del Caos!
—¡Vuestra reina os reclama!
El espacio responde. Presencias. Sombras que se alinean. Veythra las observa con orgullo desnudo, sin ambigüedad. Como armas perfectas.
Yo… yo las miro con otra cosa.
Melancolía.
—¿Dónde está el sujeto 001? —pregunto cuando recupero la voz.
No hace falta que nadie responda.
Las pantallas del laboratorio cambian solas. Noticias de última hora. Un palacio ardiendo. Llamas imposibles. Restos de energía caótica aún flotando en el aire.
Las Fuerzas Especiales de Élite Paranormal (FEEP) confirman la captura de la responsable: una niña de aproximadamente trece años. Demasiado pequeña para poseer el poder que ha acabado con cuatro agentes entrenados…
Aparece la imagen.
La reconozco al instante.
—…001 —susurro.
Lo primero que cruza mi mente es sencillo. Puro. Absoluto.
Reducir la prisión de alta seguridad de las FEEP a cenizas.
Pero mi cuerpo tiembla. Mi energía está rota, dispersa, aún pagando el precio del último parto.
No puedo.
A no ser…
Mis labios se tensan.
—Me cobraré ese favor —digo en voz baja—. Iré a ver a la dragona.
Porque tal vez estas niñas… estas bestias… estén destinadas a morir sirviendo al Caos. Tal vez ese sea su final escrito.
Pero son mis hijas.
Y no permitiré que nadie les ponga la mano encima.
---
La cueva de la dragona huele a azúcar quemado y magia antigua.
La encuentro en su forma humana, sentada sobre una roca, comiéndose un cupcake con absoluta tranquilidad. La cocina improvisada es un desastre digno de una batalla para haber preparado algo tan pequeño, pero… así es ella.
Especial. Terrible. Maravillosa.
Le cuento todo.
No exijo.
No ordeno.
Imploro.
Como madre.
Porque el cariño hacia esas niñas —hacia esas armas vivas— se ha convertido en la más dolorosa de todas las maldiciones Qadistu.
Y aun así…
no me arrepiento.