— Aquella mañana estaba particularmente fresca, aún así, no era nada que un abrigo y una buena taza de café cargado no pudieran solucionar y hacer de aquel hermoso inicio del día, el ambiente perfecto para que Mikahil terminara su libro, libro que llevaba semanas sin poder tocar a causa del trabajo, pero que a su curiosidad le urgía saber el final.
Aquella cafetería era su preferida, lo había sido desde que se mudó hace más de un año, era cálida, con un aire rústico y tenía aquella hermosa terraza que daba justo la punto donde los edificios de la ciudad no tapaban la vista preciosa del horizonte. Era perfecto, casi perfecto, si no fuera porque siempre le traían el café equivocado, cosa que aprendió a tomarse como una gracia con él tiempo.
Estaba sumergido en el encanto mágico de aquella novela, hasta que un momento de alzar la vista para descansar, pudo ver frente a él, a solo una mesa de distancia, unas manos, solo las manos, no vio nada más por la prisa, eran delicadas, finas y pálidas, casi parecían de porcelana y sostenían aquel libro, pasando las páginas con una delicadeza tal que parecía divina.
No miró más, pero se sentía observado por momentos, preguntándose en su mente —ya sin prestar atención a las palabras que sus ojos recorrían en las páginas blancas— si acaso alguien sería capaz de olvidar unas manos tan bellas.
Al correr de los minutos y cuando la taza de café estaba lista para ser remplazada por una nueva, sucedió: ese momento casi mágico, de conexión cósmica, cuando dos seres alzan la mirada con tal precisión que estas se encuentran de manera precisa, perfectamente calculada. Fue allí que lo reconoció, aunque por algún motivo, su cuerpo no se atrevió a mover un músculo.
¿Cómo podía olvidar esa mirada? Se veía diferente, por supuesto, había crecido, pero el tiempo no sería capaz de borrar de su memoria a ese chico de perfil bajo que en la secundaria le había robado más de una risa y con quién, a pesar de llevarse un par de años, había sabido convivir plenamente en el club de lectura y en el de música.
Era de esos reencuentros, pensó, que solo pueden suceder para alegrarte un poco la vida.—
¿Dante?
— Salió finalmente de entre sus labios con una sonrisa tenue, pero cálida, de bienvenida, otra vez. —
Aquella cafetería era su preferida, lo había sido desde que se mudó hace más de un año, era cálida, con un aire rústico y tenía aquella hermosa terraza que daba justo la punto donde los edificios de la ciudad no tapaban la vista preciosa del horizonte. Era perfecto, casi perfecto, si no fuera porque siempre le traían el café equivocado, cosa que aprendió a tomarse como una gracia con él tiempo.
Estaba sumergido en el encanto mágico de aquella novela, hasta que un momento de alzar la vista para descansar, pudo ver frente a él, a solo una mesa de distancia, unas manos, solo las manos, no vio nada más por la prisa, eran delicadas, finas y pálidas, casi parecían de porcelana y sostenían aquel libro, pasando las páginas con una delicadeza tal que parecía divina.
No miró más, pero se sentía observado por momentos, preguntándose en su mente —ya sin prestar atención a las palabras que sus ojos recorrían en las páginas blancas— si acaso alguien sería capaz de olvidar unas manos tan bellas.
Al correr de los minutos y cuando la taza de café estaba lista para ser remplazada por una nueva, sucedió: ese momento casi mágico, de conexión cósmica, cuando dos seres alzan la mirada con tal precisión que estas se encuentran de manera precisa, perfectamente calculada. Fue allí que lo reconoció, aunque por algún motivo, su cuerpo no se atrevió a mover un músculo.
¿Cómo podía olvidar esa mirada? Se veía diferente, por supuesto, había crecido, pero el tiempo no sería capaz de borrar de su memoria a ese chico de perfil bajo que en la secundaria le había robado más de una risa y con quién, a pesar de llevarse un par de años, había sabido convivir plenamente en el club de lectura y en el de música.
Era de esos reencuentros, pensó, que solo pueden suceder para alegrarte un poco la vida.—
¿Dante?
— Salió finalmente de entre sus labios con una sonrisa tenue, pero cálida, de bienvenida, otra vez. —
— Aquella mañana estaba particularmente fresca, aún así, no era nada que un abrigo y una buena taza de café cargado no pudieran solucionar y hacer de aquel hermoso inicio del día, el ambiente perfecto para que Mikahil terminara su libro, libro que llevaba semanas sin poder tocar a causa del trabajo, pero que a su curiosidad le urgía saber el final.
Aquella cafetería era su preferida, lo había sido desde que se mudó hace más de un año, era cálida, con un aire rústico y tenía aquella hermosa terraza que daba justo la punto donde los edificios de la ciudad no tapaban la vista preciosa del horizonte. Era perfecto, casi perfecto, si no fuera porque siempre le traían el café equivocado, cosa que aprendió a tomarse como una gracia con él tiempo.
Estaba sumergido en el encanto mágico de aquella novela, hasta que un momento de alzar la vista para descansar, pudo ver frente a él, a solo una mesa de distancia, unas manos, solo las manos, no vio nada más por la prisa, eran delicadas, finas y pálidas, casi parecían de porcelana y sostenían aquel libro, pasando las páginas con una delicadeza tal que parecía divina.
No miró más, pero se sentía observado por momentos, preguntándose en su mente —ya sin prestar atención a las palabras que sus ojos recorrían en las páginas blancas— si acaso alguien sería capaz de olvidar unas manos tan bellas.
Al correr de los minutos y cuando la taza de café estaba lista para ser remplazada por una nueva, sucedió: ese momento casi mágico, de conexión cósmica, cuando dos seres alzan la mirada con tal precisión que estas se encuentran de manera precisa, perfectamente calculada. Fue allí que lo reconoció, aunque por algún motivo, su cuerpo no se atrevió a mover un músculo.
¿Cómo podía olvidar esa mirada? Se veía diferente, por supuesto, había crecido, pero el tiempo no sería capaz de borrar de su memoria a ese chico de perfil bajo que en la secundaria le había robado más de una risa y con quién, a pesar de llevarse un par de años, había sabido convivir plenamente en el club de lectura y en el de música.
Era de esos reencuentros, pensó, que solo pueden suceder para alegrarte un poco la vida.—
¿Dante?
— Salió finalmente de entre sus labios con una sonrisa tenue, pero cálida, de bienvenida, otra vez. —