โโโโ ๐๐ข ๐ฃ๐๐๐ ๐๐ ๐๐๐๐ก๐๐๐๐๐. โโโโ ๐๐๐๐ ๐๐๐ก ๐ท๐๐ฆ | ๐ฎ๐๐๐๐๐๐ [๐๐]
[] ๐ ๐๐๐, ๐ผ๐ก๐๐๐๐ — ๐ถ๐น:๐ท๐ฝ ๐ด.๐
El aire húmedo del Tíber subía por las callejuelas empedradas del Trastevere y se colaba entre los postigos rotos de un taller abandonado de restauración de muebles antiguos.
Santiago estaba sentado en una silla de madera carcomida, con las piernas cruzadas y un cigarrillo encendido colgando de los labios. El humo se mezclaba con el olor a barniz viejo y sangre fresca.
A sus pies, el sicario que hacía apenas diez minutos había intentado clavarle un estilete envenenado en la nuca yacía boca abajo, muñecas y tobillos atados con alambre de espino. Un golpe seco en la sien lo había dejado inconsciente, pero no por mucho tiempo.
El demonio se agachó con calma felina, apagó la colilla contra la suela de su zapato y agarró al hombre por el cabello, levantándole la cabeza hasta que los ojos del sicario, ahora abiertos y llenos de terror, se encontraron con los suyos: dos brasas rojas que brillaban en la penumbra.
Santiago sonrió, una sonrisa lenta y casi tierna, y deslizó el dorso de sus dedos por la mejilla magullada del joven, dejando un rastro de sangre tibia.
โโโโ ๐๐ฉ๐ฉ๐ฉ… ๐ต๐ณ๐ข๐ฏ๐ฒ๐ถ๐ช๐ญ๐ฐ, ๐ฏ๐ชñ๐ฐ ๐ฃ๐ฐ๐ฏ๐ช๐ต๐ฐ. โโโโ
Susurró con ese acento tan característico que parecía arrastrar siglos de noches sin luna.
โโโโ ๐ú ๐ฒ๐ถ๐ฆ๐ณí๐ข๐ด ๐ฎ๐ช ๐ค๐ข๐ฃ๐ฆ๐ป๐ข ๐ฑ๐ข๐ณ๐ข ๐ค๐ฐ๐ฃ๐ณ๐ข๐ณ ๐ญ๐ข ๐ณ๐ฆ๐ค๐ฐ๐ฎ๐ฑ๐ฆ๐ฏ๐ด๐ข, ¿๐ท๐ฆ๐ณ๐ฅ๐ข๐ฅ? ๐á๐ด๐ต๐ช๐ฎ๐ข, ๐ฑ๐ฐ๐ณ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐ข๐ฉ๐ฐ๐ณ๐ข ๐ท๐ข๐ด ๐ข ๐ฅ๐ข๐ณ๐ฎ๐ฆ ๐ข ๐ฎí ๐ต๐ถ ๐ท๐ช๐ฅ๐ข ๐ฆ๐ฏ๐ต๐ฆ๐ณ๐ข. โโโโ
Sus uñas, negras y afiladas, rozaron apenas la piel del cuello del hombre, abriendo finas líneas rojas que brotaron como lágrimas carmesíes.
Apretó un poco más, lo justo para que el sicario soltara un gemido ahogado.
โโโโ ๐๐ฆ๐ด๐ฅ๐ฆ ๐ฆ๐ด๐ต๐ฆ ๐ฑ๐ณ๐ฆ๐ค๐ช๐ด๐ฐ ๐ช๐ฏ๐ด๐ต๐ข๐ฏ๐ต๐ฆ ๐ต๐ณ๐ข๐ฃ๐ข๐ซ๐ข๐ด ๐ฑ๐ข๐ณ๐ข ๐ฎí. ๐๐ข๐ณá๐ด ๐ญ๐ฐ ๐ฒ๐ถ๐ฆ ๐บ๐ฐ ๐ฅ๐ช๐จ๐ข, ๐ฎ๐ข๐ต๐ข๐ณá๐ด ๐ข ๐ฒ๐ถ๐ช๐ฆ๐ฏ ๐บ๐ฐ ๐ต๐ฆ ๐ฐ๐ณ๐ฅ๐ฆ๐ฏ๐ฆ, ๐บ ๐ด๐ช ๐ข๐ญ๐จ๐ถ๐ฏ๐ข ๐ท๐ฆ๐ป ๐ด๐ฆ ๐ต๐ฆ ๐ฐ๐ค๐ถ๐ณ๐ณ๐ฆ ๐ท๐ฐ๐ญ๐ท๐ฆ๐ณ ๐ข ๐ญ๐ฆ๐ท๐ข๐ฏ๐ต๐ข๐ณ ๐ถ๐ฏ ๐ข๐ณ๐ฎ๐ข ๐ค๐ฐ๐ฏ๐ต๐ณ๐ข ๐ฎí. โโโโ
Santiago inclinó la cabeza, acercando sus labios al oído del hombre, su voz bajando hasta convertirse en un ronroneo infernal.
โโโโ ๐๐ฆ ๐ข๐ณ๐ณ๐ข๐ฏ๐ค๐ข๐ณé ๐ฆ๐ญ ๐ข๐ญ๐ฎ๐ข ๐ฑ๐ฆ๐ฅ๐ข๐ป๐ฐ ๐ข ๐ฑ๐ฆ๐ฅ๐ข๐ป๐ฐ ๐บ ๐ญ๐ข ๐ถ๐ด๐ข๐ณé ๐ฑ๐ข๐ณ๐ข ๐ฑ๐ถ๐ญ๐ช๐ณ ๐ฎ๐ช๐ด ๐ฃ๐ฐ๐ต๐ข๐ด. โโโโ
Se incorporó, soltando el cabello. El cuerpo del sicario cayó de nuevo al suelo con un golpe sordo. Santiago se limpió los dedos en la solapa de su abrigo negro, sin dejar de mirarlo con esa sonrisa que prometía infiernos nuevos cada día.
โโโโ ๐๐ฆ๐ทá๐ฏ๐ต๐ข๐ต๐ฆ. ๐๐ฆ๐ฏ๐ฆ๐ฎ๐ฐ๐ด ๐ฎ๐ถ๐ค๐ฉ๐ฐ ๐ต๐ณ๐ข๐ฃ๐ข๐ซ๐ฐ ๐ฆ๐ด๐ต๐ข ๐ฏ๐ฐ๐ค๐ฉ๐ฆ ๐บ ๐ตú ๐ท๐ข๐ด ๐ข ๐ฆ๐ฎ๐ฑ๐ฆ๐ป๐ข๐ณ ๐ฑ๐ข๐จ๐ข๐ฏ๐ฅ๐ฐ ๐ต๐ถ ๐ฅ๐ฆ๐ถ๐ฅ๐ข ๐ค๐ฐ๐ฏ ๐ด๐ข๐ฏ๐จ๐ณ๐ฆ. โโโโ
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El aire húmedo del Tíber subía por las callejuelas empedradas del Trastevere y se colaba entre los postigos rotos de un taller abandonado de restauración de muebles antiguos.
Santiago estaba sentado en una silla de madera carcomida, con las piernas cruzadas y un cigarrillo encendido colgando de los labios. El humo se mezclaba con el olor a barniz viejo y sangre fresca.
A sus pies, el sicario que hacía apenas diez minutos había intentado clavarle un estilete envenenado en la nuca yacía boca abajo, muñecas y tobillos atados con alambre de espino. Un golpe seco en la sien lo había dejado inconsciente, pero no por mucho tiempo.
El demonio se agachó con calma felina, apagó la colilla contra la suela de su zapato y agarró al hombre por el cabello, levantándole la cabeza hasta que los ojos del sicario, ahora abiertos y llenos de terror, se encontraron con los suyos: dos brasas rojas que brillaban en la penumbra.
Santiago sonrió, una sonrisa lenta y casi tierna, y deslizó el dorso de sus dedos por la mejilla magullada del joven, dejando un rastro de sangre tibia.
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Susurró con ese acento tan característico que parecía arrastrar siglos de noches sin luna.
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