Monte de la Penumbra

Estoy en la montaña oscura.
Ni un alma.
No hay vida, solo piedras negras y una niebla que impide la vista,
un olor a azufre que apaga el olfato,
un moho resbaladizo que roba el paso.
Y aun así, escalo.

Caigo.
Me levanto.
Sangro.
Curo mis heridas.
Sigo andando.

No sé hacia dónde voy,
pero sé perfectamente a dónde quiero llegar.

Y por fin la encuentro.
Jugando con las flores y las mariposas.
Me abraza. La abrazo.
Me enseña su mundo y me hace volar junto a ella,
de su mano, de su corazón, de su alma.

El aire se llena de luz,
el silencio se vuelve canto,
y por un instante el monte deja de existir.

Pero al tocar el suelo de nuevo,
vuelvo la vista hacia su rostro,
quiero verla de cerca…

Y entonces,
la niebla impide la vista,
el olor a azufre impide el olfato,
el moho resbaladizo impide el paso.

Pero yo escalo.
Ando.
Caigo.
Me levanto.

Y aunque no sepa hacia dónde voy,
sé perfectamente a dónde quiero llegar.
Monte de la Penumbra Estoy en la montaña oscura. Ni un alma. No hay vida, solo piedras negras y una niebla que impide la vista, un olor a azufre que apaga el olfato, un moho resbaladizo que roba el paso. Y aun así, escalo. Caigo. Me levanto. Sangro. Curo mis heridas. Sigo andando. No sé hacia dónde voy, pero sé perfectamente a dónde quiero llegar. Y por fin la encuentro. Jugando con las flores y las mariposas. Me abraza. La abrazo. Me enseña su mundo y me hace volar junto a ella, de su mano, de su corazón, de su alma. El aire se llena de luz, el silencio se vuelve canto, y por un instante el monte deja de existir. Pero al tocar el suelo de nuevo, vuelvo la vista hacia su rostro, quiero verla de cerca… Y entonces, la niebla impide la vista, el olor a azufre impide el olfato, el moho resbaladizo impide el paso. Pero yo escalo. Ando. Caigo. Me levanto. Y aunque no sepa hacia dónde voy, sé perfectamente a dónde quiero llegar.
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