Llueve. Y las gotas golpean el cristal de la tienda como si quisieran entrar. No llueve lo suficiente como para justificar el silencio, pero si lo bastante como para alterar el patrón de los clientes. Hoy no vino el hombre del café sin azúcar que arrastra los pies en un ritmo de tres tiempos. La mujer que siempre pregunta por encendedores pero nunca compra ninguno tampoco apareció. Así que no tuvo que fingir interés. Tampoco tuvo que replicar gestos.

Se arrodilló frente al refrigerador, dónde las latas brillaban bajo la luz fluorescente. Reorganizó las latas por saturación cromática. Verde esmeralda junto a verde bosque. Azul cian junto a azul marino. Notó un patrón imperfecto pero corregible.

— El azul turquesa no pertenece aqui —dijo para sí, voz tan plana como el linóleo.

Reubicó la lata intrusa en el lugar correcto, entre el azul rey y el añil. El orden volvió. El patrón se cerró. Todo estaba en su lugar. Y en su mundo, eso era lo más cercano a la paz.
Llueve. Y las gotas golpean el cristal de la tienda como si quisieran entrar. No llueve lo suficiente como para justificar el silencio, pero si lo bastante como para alterar el patrón de los clientes. Hoy no vino el hombre del café sin azúcar que arrastra los pies en un ritmo de tres tiempos. La mujer que siempre pregunta por encendedores pero nunca compra ninguno tampoco apareció. Así que no tuvo que fingir interés. Tampoco tuvo que replicar gestos. Se arrodilló frente al refrigerador, dónde las latas brillaban bajo la luz fluorescente. Reorganizó las latas por saturación cromática. Verde esmeralda junto a verde bosque. Azul cian junto a azul marino. Notó un patrón imperfecto pero corregible. — El azul turquesa no pertenece aqui —dijo para sí, voz tan plana como el linóleo. Reubicó la lata intrusa en el lugar correcto, entre el azul rey y el añil. El orden volvió. El patrón se cerró. Todo estaba en su lugar. Y en su mundo, eso era lo más cercano a la paz.
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