✧ 𝐑𝐄𝐂𝐔𝐄𝐑𝐃𝐎 — “𝐋𝐨𝐬 𝐝𝐢́𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐚𝐛𝐢́𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞́𝐫𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐟𝐞𝐥𝐢𝐜𝐞𝐬”
El viento frío golpeaba los cristales mientras el auto subía por el camino de tierra, bordeado de pinos que se perdían entre la neblina. Luna, de apenas cinco años, se aferraba al tablero con sus manitas pequeñas, asombrada por el paisaje blanco que se desdibujaba entre la niebla.
—“Mira, Lu,” —le dijo su madre desde el asiento del copiloto, con la voz suave—
—“las nubes están bajando a saludarte.”
Su padre soltó una pequeña risa mientras giraba el volante con una sola mano. La otra descansaba sobre el centro del auto, cerca de la pierna de mamá. Todo en ese momento era simple. Calidez, risas bajas, el sonido del motor y una canción vieja de fondo.
Ella no lo sabía entonces, pero estaba almacenando ese recuerdo.
No por elección, sino porque el alma reconoce los instantes que va a necesitar después.
Su madre la sostenía con una mano firme pero amorosa, justo en la espalda, como si bastara con ese gesto para mantener al mundo a salvo. Luna sentía su chaqueta inflada rozar su hombro. Su padre conducía tranquilo, con esa paz que solo existe cuando uno tiene todo lo que ama en un mismo espacio cerrado.
—“¿Cuánto falta para llegar a las montañas?” —preguntó Luna, sin apartar la vista del vidrio.
—“Faltan curvas, no tiempo,” —respondió su padre—
—“y en cada curva te amo un poco más.”
Luna no entendía del todo esas palabras entonces.
Pero ahora... ahora que no están, son lo único que no ha olvidado.
El viento frío golpeaba los cristales mientras el auto subía por el camino de tierra, bordeado de pinos que se perdían entre la neblina. Luna, de apenas cinco años, se aferraba al tablero con sus manitas pequeñas, asombrada por el paisaje blanco que se desdibujaba entre la niebla.
—“Mira, Lu,” —le dijo su madre desde el asiento del copiloto, con la voz suave—
—“las nubes están bajando a saludarte.”
Su padre soltó una pequeña risa mientras giraba el volante con una sola mano. La otra descansaba sobre el centro del auto, cerca de la pierna de mamá. Todo en ese momento era simple. Calidez, risas bajas, el sonido del motor y una canción vieja de fondo.
Ella no lo sabía entonces, pero estaba almacenando ese recuerdo.
No por elección, sino porque el alma reconoce los instantes que va a necesitar después.
Su madre la sostenía con una mano firme pero amorosa, justo en la espalda, como si bastara con ese gesto para mantener al mundo a salvo. Luna sentía su chaqueta inflada rozar su hombro. Su padre conducía tranquilo, con esa paz que solo existe cuando uno tiene todo lo que ama en un mismo espacio cerrado.
—“¿Cuánto falta para llegar a las montañas?” —preguntó Luna, sin apartar la vista del vidrio.
—“Faltan curvas, no tiempo,” —respondió su padre—
—“y en cada curva te amo un poco más.”
Luna no entendía del todo esas palabras entonces.
Pero ahora... ahora que no están, son lo único que no ha olvidado.
✧ 𝐑𝐄𝐂𝐔𝐄𝐑𝐃𝐎 — “𝐋𝐨𝐬 𝐝𝐢́𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐚𝐛𝐢́𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞́𝐫𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐟𝐞𝐥𝐢𝐜𝐞𝐬”
El viento frío golpeaba los cristales mientras el auto subía por el camino de tierra, bordeado de pinos que se perdían entre la neblina. Luna, de apenas cinco años, se aferraba al tablero con sus manitas pequeñas, asombrada por el paisaje blanco que se desdibujaba entre la niebla.
—“Mira, Lu,” —le dijo su madre desde el asiento del copiloto, con la voz suave—
—“las nubes están bajando a saludarte.”
Su padre soltó una pequeña risa mientras giraba el volante con una sola mano. La otra descansaba sobre el centro del auto, cerca de la pierna de mamá. Todo en ese momento era simple. Calidez, risas bajas, el sonido del motor y una canción vieja de fondo.
Ella no lo sabía entonces, pero estaba almacenando ese recuerdo.
No por elección, sino porque el alma reconoce los instantes que va a necesitar después.
Su madre la sostenía con una mano firme pero amorosa, justo en la espalda, como si bastara con ese gesto para mantener al mundo a salvo. Luna sentía su chaqueta inflada rozar su hombro. Su padre conducía tranquilo, con esa paz que solo existe cuando uno tiene todo lo que ama en un mismo espacio cerrado.
—“¿Cuánto falta para llegar a las montañas?” —preguntó Luna, sin apartar la vista del vidrio.
—“Faltan curvas, no tiempo,” —respondió su padre—
—“y en cada curva te amo un poco más.”
Luna no entendía del todo esas palabras entonces.
Pero ahora... ahora que no están, son lo único que no ha olvidado.