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Un disparo, el rugido de un arma de fuego que corta el silencio y desgarra el aire. Cormac disparó el arma, la Glock, cuya corredera aún permanecía a centímetros de su rostro. El vapor emerge del cañón, pero la atención de Cormac está puesta en el agujero donde la bala dejó marca.

-Poderosa... Pero aburrida.

Bajó la pistola, la miró con amargura y la guardó al cabo de unos silenciosos minutos. En su mirada, muerta pero expresiva, era notable la amargura, el mirar de un hombre decepcionado y molesto.

Su ojo recorre la habitación en un lento análisis, una búsqueda paciente para poder retornar al recuerdo que le había atrapado hace tan solo unos segundos. No hubo éxito ni interés en continuar recordando el lejano ayer.

El arma fue abandonada en la madera del escritorio y su lugar fue reemplazado por un conjunto de blancos papeles. Tareas, encargos realizados por personas con el suficiente dinero para solicitar sus métodos de "control de pestes"; domicilios, fotos e incluso diversos números telefónicos.

Sería una ardua semana.
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