Luka se acomodó en su trono con la elegancia de un rey que sabe que el mundo entero le pertenece. Su mirada ardía con una chispa de diversión y superioridad mientras se observaba en la pantalla de su teléfono.

—Ah… qué tragedia debe ser existir sin ser yo —musitó con una sonrisa de medio lado, moviendo sus dedos cubiertos de anillos como si tejiera el destino con un simple chasquido.

No necesitaba ser cantante, guerrero o hechicero para dominar a quienes lo rodeaban. Su presencia bastaba para que todos sintieran el peso de su magnificencia. Donde él caminaba, el aire se volvía más pesado, las sombras más profundas y la realidad misma se inclinaba a su favor.

—Los dioses juegan con el destino… —susurró, reclinándose aún más en su asiento— pero yo… yo juego con los dioses.

Con un movimiento perezoso, se ajustó la máscara y entrecerró los ojos, disfrutando del reflejo de su propia perfección. Porque Luka no solo existía… Luka era la razón por la que la existencia valía la pena.
Luka se acomodó en su trono con la elegancia de un rey que sabe que el mundo entero le pertenece. Su mirada ardía con una chispa de diversión y superioridad mientras se observaba en la pantalla de su teléfono. —Ah… qué tragedia debe ser existir sin ser yo —musitó con una sonrisa de medio lado, moviendo sus dedos cubiertos de anillos como si tejiera el destino con un simple chasquido. No necesitaba ser cantante, guerrero o hechicero para dominar a quienes lo rodeaban. Su presencia bastaba para que todos sintieran el peso de su magnificencia. Donde él caminaba, el aire se volvía más pesado, las sombras más profundas y la realidad misma se inclinaba a su favor. —Los dioses juegan con el destino… —susurró, reclinándose aún más en su asiento— pero yo… yo juego con los dioses. Con un movimiento perezoso, se ajustó la máscara y entrecerró los ojos, disfrutando del reflejo de su propia perfección. Porque Luka no solo existía… Luka era la razón por la que la existencia valía la pena.
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