El Beso Robado de Artemisa
Fandom Olimpo
Categoría Original
Las llamas de la fragua rugían como bestias encadenadas en las profundidades del Olimpo. El metal candente chisporroteaba bajo el martillo, enviando destellos dorados a la penumbra de la caverna. El aire estaba cargado de humo, calor y el aroma ferroso del trabajo en la forja.

Entre las sombras, una figura se movía con la ligereza de una criatura salvaje. Artemisa avanzó con paso sigiloso, sus ojos plateados recorriendo cada rincón del taller. La caverna olía a ceniza y esfuerzo, un mundo tan distinto al suyo, donde la brisa acariciaba los árboles y el suelo crujía bajo las pezuñas de los ciervos.

—Sabía que eras hábil, Hefesto, pero nunca te había visto crear con tanta devoción.

La luz del fuego titiló sobre su piel, resaltando el resplandor níveo de sus brazos y el destello afilado de su mirada. Se acercó con la misma audacia con la que enfrentaba a los monstruos del bosque, sin temor a las llamas ni al sudor que perlaba el ambiente.

—No busco armas. Busco una promesa.

Se inclinó con la misma rapidez con la que una flecha abandona la cuerda de un arco. Sus labios, fríos como la brisa nocturna que se desliza entre los árboles, encontraron los de Hefesto, quemados por el fuego perpetuo de su fragua. Al principio, el contraste fue un choque de mundos, la gélida caricia de la diosa contra el calor abrasador del herrero. Pero, por un instante, ese roce se fundió en un equilibrio perfecto: el frío conteniendo el ardor, el fuego derritiendo el hielo.

El contacto fue fugaz, apenas un suspiro, como la brisa que mece las hojas en la espesura. No hubo ternura ni duda, solo la certeza de un gesto robado, un desafío en forma de caricia. Sus labios se apartaron con la misma rapidez con la que se habían encontrado, dejando tras de sí un rastro de lo que pudo ser, de lo que jamás volvería a repetirse.

Artemisa sonrió con el destello de la travesura brillando en sus ojos.

—Prométeme que nunca forjarás cadenas para mí.

No esperó respuesta. Con la agilidad de un ciervo en fuga, se deslizó entre las sombras y desapareció, llevándose consigo el aroma de los bosques y el eco de su risa.

@Hefesto
Las llamas de la fragua rugían como bestias encadenadas en las profundidades del Olimpo. El metal candente chisporroteaba bajo el martillo, enviando destellos dorados a la penumbra de la caverna. El aire estaba cargado de humo, calor y el aroma ferroso del trabajo en la forja. Entre las sombras, una figura se movía con la ligereza de una criatura salvaje. Artemisa avanzó con paso sigiloso, sus ojos plateados recorriendo cada rincón del taller. La caverna olía a ceniza y esfuerzo, un mundo tan distinto al suyo, donde la brisa acariciaba los árboles y el suelo crujía bajo las pezuñas de los ciervos. —Sabía que eras hábil, Hefesto, pero nunca te había visto crear con tanta devoción. La luz del fuego titiló sobre su piel, resaltando el resplandor níveo de sus brazos y el destello afilado de su mirada. Se acercó con la misma audacia con la que enfrentaba a los monstruos del bosque, sin temor a las llamas ni al sudor que perlaba el ambiente. —No busco armas. Busco una promesa. Se inclinó con la misma rapidez con la que una flecha abandona la cuerda de un arco. Sus labios, fríos como la brisa nocturna que se desliza entre los árboles, encontraron los de Hefesto, quemados por el fuego perpetuo de su fragua. Al principio, el contraste fue un choque de mundos, la gélida caricia de la diosa contra el calor abrasador del herrero. Pero, por un instante, ese roce se fundió en un equilibrio perfecto: el frío conteniendo el ardor, el fuego derritiendo el hielo. El contacto fue fugaz, apenas un suspiro, como la brisa que mece las hojas en la espesura. No hubo ternura ni duda, solo la certeza de un gesto robado, un desafío en forma de caricia. Sus labios se apartaron con la misma rapidez con la que se habían encontrado, dejando tras de sí un rastro de lo que pudo ser, de lo que jamás volvería a repetirse. Artemisa sonrió con el destello de la travesura brillando en sus ojos. —Prométeme que nunca forjarás cadenas para mí. No esperó respuesta. Con la agilidad de un ciervo en fuga, se deslizó entre las sombras y desapareció, llevándose consigo el aroma de los bosques y el eco de su risa. @Hefesto
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Grupal
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