El sol se esconde tras las montañas, pintando el cielo con tonos de anaranjado y púrpura, igual que la melancolía tiñe mi alma. Cada rayo de luz que se desvanece me recuerda a tu ausencia, a la falta de tu calor en mi piel. Recuerdo el roce de tus dedos, una caricia que incendiaba mi cuerpo, un fuego que ahora solo arde como una brasa en la fría noche. Aquellos besos, salvajes y dulces a la vez, que me dejaban sin aliento, ahora solo son un eco en mi memoria, un susurro que se pierde en el viento. Anhelo la presión de tu cuerpo contra el mío, el peso de tu alma fundiéndose con la mía. La soledad es una amante cruel, que me susurra promesas vacías mientras mi cuerpo suspira por tus caricias, por el fuego de tus besos, por el regreso de tu amor. La noche se alarga, y con ella la añoranza, un deseo ardiente que solo tú puedes calmar.
El sol se esconde tras las montañas, pintando el cielo con tonos de anaranjado y púrpura, igual que la melancolía tiñe mi alma. Cada rayo de luz que se desvanece me recuerda a tu ausencia, a la falta de tu calor en mi piel. Recuerdo el roce de tus dedos, una caricia que incendiaba mi cuerpo, un fuego que ahora solo arde como una brasa en la fría noche. Aquellos besos, salvajes y dulces a la vez, que me dejaban sin aliento, ahora solo son un eco en mi memoria, un susurro que se pierde en el viento. Anhelo la presión de tu cuerpo contra el mío, el peso de tu alma fundiéndose con la mía. La soledad es una amante cruel, que me susurra promesas vacías mientras mi cuerpo suspira por tus caricias, por el fuego de tus besos, por el regreso de tu amor. La noche se alarga, y con ella la añoranza, un deseo ardiente que solo tú puedes calmar.

