Zorro inclinó la cabeza, una sonrisa torcida dibujándose en sus labios. Su ojo sano brillaba con una chispa burlona, mientras la luz se reflejaba en su parche negro.
—¿Sabes qué es lo mejor de perder la memoria? —murmuró, acercando un dedo enguantado a su barbilla, pensativa—. Que puedes inventarte cualquier historia... y nadie podrá decir que mientes.
Su risa fue baja, casi melodiosa, pero había algo en ella que erizaba la piel. No era dulzura. No era felicidad. Era el filo de una cuchilla deslizándose por la garganta de la verdad.
—¿Sabes qué es lo mejor de perder la memoria? —murmuró, acercando un dedo enguantado a su barbilla, pensativa—. Que puedes inventarte cualquier historia... y nadie podrá decir que mientes.
Su risa fue baja, casi melodiosa, pero había algo en ella que erizaba la piel. No era dulzura. No era felicidad. Era el filo de una cuchilla deslizándose por la garganta de la verdad.
Zorro inclinó la cabeza, una sonrisa torcida dibujándose en sus labios. Su ojo sano brillaba con una chispa burlona, mientras la luz se reflejaba en su parche negro.
—¿Sabes qué es lo mejor de perder la memoria? —murmuró, acercando un dedo enguantado a su barbilla, pensativa—. Que puedes inventarte cualquier historia... y nadie podrá decir que mientes.
Su risa fue baja, casi melodiosa, pero había algo en ella que erizaba la piel. No era dulzura. No era felicidad. Era el filo de una cuchilla deslizándose por la garganta de la verdad.


