El serafín apareció sin previo aviso, como un sol que se encendía en mitad de la pradera. Sus múltiples alas de fuego apenas parecían moverse, y sus ojos sin pupilas observaban todo con una intensidad divina. Ghost, sentado en la hierba con las manos detrás de la cabeza, alzó una ceja y sonrió.
~ No todos los días un serafín decide visitarme. Dime, ¿qué trae a un mensajero celestial a esta pradera tan… mundana?
El serafín inclinó la cabeza, su voz no salió de su boca —porque no tenía—, sino que resonó en el aire como un eco de muchas voces a la vez.
— He venido porque esta pradera era un campo de batalla. Dioses, demonios y criaturas como tú disputaban su control. Y ahora solo estás tú.
Ghost suspiró, cerrando los ojos un instante, dejando que la brisa le revolviera el cabello anaranjado.
~ Sí, fue un desastre. Poderosos, eternos, insaciables… querían este lugar para sus propios fines. Algunos buscaban un refugio, otros un trono. Yo solo quería que nadie más sufriera por sus ambiciones.
— Y los echaste.
~ No fue tan simple, pero sí. No me querían aquí, pero tampoco me entendían. Me veían como una anomalía. Yo no luchaba por poder, no buscaba adoración. Solo ayudaba a los que caían aquí. Y eso… bueno, eso no les gustaba.
El serafín dejó que el viento ondeara sus llamas, como si procesara la respuesta de Ghost.
— Pero podrías haber reclamado este sitio como tuyo. Podrías haber impuesto tu propia ley. En cambio, sigues aquí, solo, ayudando a los perdidos. ¿Por qué?
Ghost rió suavemente, como si la pregunta le hiciera gracia.
~ ¿Por qué preguntas lo obvio? Mira a tu alrededor. Esta pradera ya no es un campo de guerra. Es un lugar de descanso, de recuperación. ¿Qué clase de ser sería si tomara esto para mí, en lugar de compartirlo?
El serafín guardó silencio por un largo rato. Sus alas parpadearon con un resplandor dorado.
— Sigues siendo una anomalía.
~ ¿Y qué? Me gusta serlo.
El ser celestial no replicó. Se quedó observando la pradera, sintiendo la paz que Ghost había construido con paciencia, con dolor y con esperanza. Cuando finalmente alzó el vuelo, sus últimas palabras fueron un murmullo en el viento.
— No eres como los otros.
Ghost solo sonrió, apoyando los brazos detrás de su cabeza y cerrando los ojos bajo el cielo eterno de su pradera.
El serafín desplegó sus múltiples alas de fuego, elevándose lentamente en el aire. Su resplandor dorado iluminó la pradera una última vez antes de marcharse. Ghost, aún recostado sobre la hierba, levantó una mano en un gesto relajado de despedida y sonrió.
~ じゃあな、天使さん。風に乗って、迷わず行けよ。 (Jā na, tenshi-san. Kaze ni notte, mayowazu ike yo.)
~ No todos los días un serafín decide visitarme. Dime, ¿qué trae a un mensajero celestial a esta pradera tan… mundana?
El serafín inclinó la cabeza, su voz no salió de su boca —porque no tenía—, sino que resonó en el aire como un eco de muchas voces a la vez.
— He venido porque esta pradera era un campo de batalla. Dioses, demonios y criaturas como tú disputaban su control. Y ahora solo estás tú.
Ghost suspiró, cerrando los ojos un instante, dejando que la brisa le revolviera el cabello anaranjado.
~ Sí, fue un desastre. Poderosos, eternos, insaciables… querían este lugar para sus propios fines. Algunos buscaban un refugio, otros un trono. Yo solo quería que nadie más sufriera por sus ambiciones.
— Y los echaste.
~ No fue tan simple, pero sí. No me querían aquí, pero tampoco me entendían. Me veían como una anomalía. Yo no luchaba por poder, no buscaba adoración. Solo ayudaba a los que caían aquí. Y eso… bueno, eso no les gustaba.
El serafín dejó que el viento ondeara sus llamas, como si procesara la respuesta de Ghost.
— Pero podrías haber reclamado este sitio como tuyo. Podrías haber impuesto tu propia ley. En cambio, sigues aquí, solo, ayudando a los perdidos. ¿Por qué?
Ghost rió suavemente, como si la pregunta le hiciera gracia.
~ ¿Por qué preguntas lo obvio? Mira a tu alrededor. Esta pradera ya no es un campo de guerra. Es un lugar de descanso, de recuperación. ¿Qué clase de ser sería si tomara esto para mí, en lugar de compartirlo?
El serafín guardó silencio por un largo rato. Sus alas parpadearon con un resplandor dorado.
— Sigues siendo una anomalía.
~ ¿Y qué? Me gusta serlo.
El ser celestial no replicó. Se quedó observando la pradera, sintiendo la paz que Ghost había construido con paciencia, con dolor y con esperanza. Cuando finalmente alzó el vuelo, sus últimas palabras fueron un murmullo en el viento.
— No eres como los otros.
Ghost solo sonrió, apoyando los brazos detrás de su cabeza y cerrando los ojos bajo el cielo eterno de su pradera.
El serafín desplegó sus múltiples alas de fuego, elevándose lentamente en el aire. Su resplandor dorado iluminó la pradera una última vez antes de marcharse. Ghost, aún recostado sobre la hierba, levantó una mano en un gesto relajado de despedida y sonrió.
~ じゃあな、天使さん。風に乗って、迷わず行けよ。 (Jā na, tenshi-san. Kaze ni notte, mayowazu ike yo.)
El serafín apareció sin previo aviso, como un sol que se encendía en mitad de la pradera. Sus múltiples alas de fuego apenas parecían moverse, y sus ojos sin pupilas observaban todo con una intensidad divina. Ghost, sentado en la hierba con las manos detrás de la cabeza, alzó una ceja y sonrió.
~ No todos los días un serafín decide visitarme. Dime, ¿qué trae a un mensajero celestial a esta pradera tan… mundana?
El serafín inclinó la cabeza, su voz no salió de su boca —porque no tenía—, sino que resonó en el aire como un eco de muchas voces a la vez.
— He venido porque esta pradera era un campo de batalla. Dioses, demonios y criaturas como tú disputaban su control. Y ahora solo estás tú.
Ghost suspiró, cerrando los ojos un instante, dejando que la brisa le revolviera el cabello anaranjado.
~ Sí, fue un desastre. Poderosos, eternos, insaciables… querían este lugar para sus propios fines. Algunos buscaban un refugio, otros un trono. Yo solo quería que nadie más sufriera por sus ambiciones.
— Y los echaste.
~ No fue tan simple, pero sí. No me querían aquí, pero tampoco me entendían. Me veían como una anomalía. Yo no luchaba por poder, no buscaba adoración. Solo ayudaba a los que caían aquí. Y eso… bueno, eso no les gustaba.
El serafín dejó que el viento ondeara sus llamas, como si procesara la respuesta de Ghost.
— Pero podrías haber reclamado este sitio como tuyo. Podrías haber impuesto tu propia ley. En cambio, sigues aquí, solo, ayudando a los perdidos. ¿Por qué?
Ghost rió suavemente, como si la pregunta le hiciera gracia.
~ ¿Por qué preguntas lo obvio? Mira a tu alrededor. Esta pradera ya no es un campo de guerra. Es un lugar de descanso, de recuperación. ¿Qué clase de ser sería si tomara esto para mí, en lugar de compartirlo?
El serafín guardó silencio por un largo rato. Sus alas parpadearon con un resplandor dorado.
— Sigues siendo una anomalía.
~ ¿Y qué? Me gusta serlo.
El ser celestial no replicó. Se quedó observando la pradera, sintiendo la paz que Ghost había construido con paciencia, con dolor y con esperanza. Cuando finalmente alzó el vuelo, sus últimas palabras fueron un murmullo en el viento.
— No eres como los otros.
Ghost solo sonrió, apoyando los brazos detrás de su cabeza y cerrando los ojos bajo el cielo eterno de su pradera.
El serafín desplegó sus múltiples alas de fuego, elevándose lentamente en el aire. Su resplandor dorado iluminó la pradera una última vez antes de marcharse. Ghost, aún recostado sobre la hierba, levantó una mano en un gesto relajado de despedida y sonrió.
~ じゃあな、天使さん。風に乗って、迷わず行けよ。 (Jā na, tenshi-san. Kaze ni notte, mayowazu ike yo.)
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