El color era un blanco deslumbrante, tan puro que casi dolía. Al principio pensé que estaba ciego, que mi vista se había vuelto inútil en este lugar. Pero no, era el blanco. Un blanco que no tenía sombra, que no podía ser tocado ni comprendido. Todo lo que veía se desvanecía en su resplandor, y me pregunté si alguna vez había conocido la oscuridad o el contraste.
Mis ojos, antes acostumbrados a los matices cálidos de mi ser, ahora se deshacían bajo este horizonte de luz cegadora. Miré mis manos nuevamente. El rojo de mi piel, la intensidad de mi cabello… se estaban disolviendo. El blanco me tragaba, me arrastraba hacia él como una corriente invisible. Mis propios colores se fragmentaban y se fundían con él, como si nunca hubieran sido míos.
—No… —susurré, el sonido de mi voz quedando ahogado en ese mar de blanco—. ¿Dónde está todo lo que soy?
No había sombra para darme forma. No había contornos que me definieran. Era como si mi existencia misma estuviera desmoronándose en la pureza cegadora de este mundo, perdiendo toda esencia, toda diferencia.
El blanco era infinito, pero no por su magnitud, sino por su vacío. La luz no era luz, era una fuerza que eliminaba todo lo que tocaba, que arrancaba las huellas de mi ser. Me sentí vaciarme, como si el propio color me negara la posibilidad de existir de la forma en que lo había hecho hasta ahora.
No pude evitarlo. Me agaché, cerrando los ojos con fuerza, intentando escapar de la opresión de este blanco absoluto. Pero no había escape. Y en ese momento entendí: en este lugar, los colores no solo eran independientes de mí, sino que me habían abandonado por completo.
Mis ojos, antes acostumbrados a los matices cálidos de mi ser, ahora se deshacían bajo este horizonte de luz cegadora. Miré mis manos nuevamente. El rojo de mi piel, la intensidad de mi cabello… se estaban disolviendo. El blanco me tragaba, me arrastraba hacia él como una corriente invisible. Mis propios colores se fragmentaban y se fundían con él, como si nunca hubieran sido míos.
—No… —susurré, el sonido de mi voz quedando ahogado en ese mar de blanco—. ¿Dónde está todo lo que soy?
No había sombra para darme forma. No había contornos que me definieran. Era como si mi existencia misma estuviera desmoronándose en la pureza cegadora de este mundo, perdiendo toda esencia, toda diferencia.
El blanco era infinito, pero no por su magnitud, sino por su vacío. La luz no era luz, era una fuerza que eliminaba todo lo que tocaba, que arrancaba las huellas de mi ser. Me sentí vaciarme, como si el propio color me negara la posibilidad de existir de la forma en que lo había hecho hasta ahora.
No pude evitarlo. Me agaché, cerrando los ojos con fuerza, intentando escapar de la opresión de este blanco absoluto. Pero no había escape. Y en ese momento entendí: en este lugar, los colores no solo eran independientes de mí, sino que me habían abandonado por completo.
El color era un blanco deslumbrante, tan puro que casi dolía. Al principio pensé que estaba ciego, que mi vista se había vuelto inútil en este lugar. Pero no, era el blanco. Un blanco que no tenía sombra, que no podía ser tocado ni comprendido. Todo lo que veía se desvanecía en su resplandor, y me pregunté si alguna vez había conocido la oscuridad o el contraste.
Mis ojos, antes acostumbrados a los matices cálidos de mi ser, ahora se deshacían bajo este horizonte de luz cegadora. Miré mis manos nuevamente. El rojo de mi piel, la intensidad de mi cabello… se estaban disolviendo. El blanco me tragaba, me arrastraba hacia él como una corriente invisible. Mis propios colores se fragmentaban y se fundían con él, como si nunca hubieran sido míos.
—No… —susurré, el sonido de mi voz quedando ahogado en ese mar de blanco—. ¿Dónde está todo lo que soy?
No había sombra para darme forma. No había contornos que me definieran. Era como si mi existencia misma estuviera desmoronándose en la pureza cegadora de este mundo, perdiendo toda esencia, toda diferencia.
El blanco era infinito, pero no por su magnitud, sino por su vacío. La luz no era luz, era una fuerza que eliminaba todo lo que tocaba, que arrancaba las huellas de mi ser. Me sentí vaciarme, como si el propio color me negara la posibilidad de existir de la forma en que lo había hecho hasta ahora.
No pude evitarlo. Me agaché, cerrando los ojos con fuerza, intentando escapar de la opresión de este blanco absoluto. Pero no había escape. Y en ese momento entendí: en este lugar, los colores no solo eran independientes de mí, sino que me habían abandonado por completo.
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