БАУНС NIGHTS
Fandom OC
Categoría Otros
┏━━━━━━━━━━━━━━┓
ᵐᵒⁿᵒʳᵒˡ ; ᵐᵉᵐᵒʳⁱᵃ
ᵗʷ ! ᵐᵉⁿᶜⁱᵒⁿᵉˢ ᵈᵉ ᵃˡᶜᵒʰᵒˡ, ᵈʳᵒᵍᵃˢ, ᵛᵒᵐⁱᵗᵒ
┗━━━━━━━━━━━━━━┛


La noche estaba saturada de neón y humo, vibrando con la resaca de la música que aún zumbaba en sus oídos. Afuera, en la cruda madrugada, el aire tenía esa densidad sucia de la ciudad a altas horas: impregnado de nicotina, concreto húmedo y un inconfundible toque de vómito.

Dmitry permanecía inmóvil, un testigo en la penumbra del callejón, su silueta apenas delineada por las luces temblorosas del cartel eléctrico sobre la entrada del club. A sus pies, su Meister estaba inclinada contra la pared, sus dedos perfectamente decorados aferrándose al ladrillo con un agarre débil.

El borde de su falda corta estaba manchado de polvo, su maquillaje ligeramente corrido, pero incluso en ese estado, Yua seguía siendo un cuadro vibrante de blanco y dorado, de pestañas largas y uñas brillantes.

Dmitry ladeó la cabeza, observándola con la misma paciencia con la que alguien observa el paisaje. El cigarro colgaba de sus labios, consumiéndose con la lentitud de su aliento.

—No puedes con el alcohol ruso.

No era solo una burla, sino también una verdad entregada con la neutralidad de quien ya había anticipado ese desenlace.

Yua levantó la cabeza lo justo para verlo, con el ceño fruncido y la dignidad aferrándose a ella con uñas y dientes. Su labial, antes perfectamente delineado, se desvanecía en la comisura de sus labios.

—Dima, cierra la puta boca y sujétame el pelo.

Él dejó escapar un suspiro leve antes de moverse. Sus manos, que estaban acostumbradas a cargar cuchillas y terminar trabajos sucios, ahora recogían con total gentileza los mechones dorados de su Meister, sujetándolos con cuidado para apartarlos de su rostro.

—Y sí puedo con el alcohol ruso, eh. —Su voz sonaba algo rasposa, aún adormilada por el licor—. No sé qué mierda le ponen ustedes a sus pastillas, raritos…

La risa silenciosa de Dima se perdió en la brisa nocturna.

La callejuela, angosta y desordenada, amplificaba el eco de cada jadeo ahogado y queja frustrada. El humo de su cigarro flotaba en el aire entre ellos, desvaneciéndose en la penumbra mientras Yua maldecía entre dientes, su orgullo resistiéndose a la miseria en la que se encontraba.

—Sabes que esto es tu culpa, ¿no? —murmuró Dmitry.

Ella agitó una mano con pereza, como si pudiera espantar sus palabras.

—Ugh, qué pesado…

Se cubrió la boca con el dorso de la mano, cerrando los ojos con fuerza antes de mascullar:

—Tráeme agua.

Dmitry no respondió. Solo metió la mano en su abrigo y sacó una botella, dejándola caer en la suya con la naturalidad de quien ya esperaba el desastre.

—Es de la canilla. Para que sepas.

Ella la tomó sin pensarlo, con la urgencia de alguien que busca aferrarse a cualquier salvación.

Dima la miró en silencio mientras ella se enjuagaba la boca, su expresión carente de juicio, solo con la observación tranquila de quien ya había visto esta escena demasiadas veces antes.

—También tengo chicles.

No hubo respuesta inmediata. Solo el sonido del agua bajando por su garganta. Luego, sin voltear, Yua levantó la mano con la palma abierta.

—Dámelos.

El paquete cayó en su mano, y ella se metió uno en la boca sin ceremonias.

—Gracias, bebi~.

El chicle se movía perezosamente entre sus dientes cuando finalmente se enderezó, apoyando la espalda contra la pared. Sus uñas decoradas brillaban bajo la luz neón cuando se alisó la falda, con un gesto tan perezoso como impecable.

Dmitry esperó, porque conocía el patrón.

Yua lo miró, y la chispa traviesa volvió a sus ojos.

—Llévame a casa.

Dmitry no reaccionó de inmediato. Solo ladeó la cabeza, un gesto pequeño, sutil, pero suficiente para que ella entendiera que esperaba algo más.

Y Yua nunca decepcionaba.

Se inclinó un poco hacia él, su perfume dulce y empalagoso envolviéndolo como un eco de la fiesta que habían dejado atrás. Sus labios se curvaron con un toque de maldad divertida.

—O qué, ¿me vas a dejar tirada en la calle?

La respuesta de Dima fue un silencio frío, cargado de un sarcasmo tan seco que ni siquiera necesitaba palabras. Su cigarro cayó al suelo, y con un movimiento breve de su pie, lo apagó contra el pavimento.

—No es como si tuviera otra opción —dijo finalmente, desabrochándose el abrigo para quitárselo—. Claro que te llevo. Pero me debes la mitad de lo que te quedó.

Yua dejó escapar una carcajada nasal antes de amarrarse la prenda a la cintura con un gesto perezoso, su sonrisa radiante contrastando con su estado deplorable.

Dmitry ni siquiera esperó a que terminara de acomodarse. En un solo movimiento, se agachó y la subió a su espalda, asegurando sus piernas con un agarre firme mientras ella soltaba un gritito de sorpresa.

—¡Así se hace, esbirro! —canturreó, entre risas, claramente aún ebria. 

—¿Sabes? A veces siento que solo soy eso para ti. Pero luego recuerdo que también me ves como un perro, un esclavo, un siervo... Y se me pasa.

Yua se echó a reír, dejándose caer contra su espalda. El perfume en su cabello se mezcló con el aroma del tabaco que impregnaba la ropa de Dima. Se aferró a él sin miedo. Porque, al final, sin importar lo dura que fuera la noche, siempre la llevaba a casa.
┏━━━━━━━━━━━━━━┓ ᵐᵒⁿᵒʳᵒˡ ; ᵐᵉᵐᵒʳⁱᵃ ᵗʷ ! ᵐᵉⁿᶜⁱᵒⁿᵉˢ ᵈᵉ ᵃˡᶜᵒʰᵒˡ, ᵈʳᵒᵍᵃˢ, ᵛᵒᵐⁱᵗᵒ ┗━━━━━━━━━━━━━━┛ La noche estaba saturada de neón y humo, vibrando con la resaca de la música que aún zumbaba en sus oídos. Afuera, en la cruda madrugada, el aire tenía esa densidad sucia de la ciudad a altas horas: impregnado de nicotina, concreto húmedo y un inconfundible toque de vómito. Dmitry permanecía inmóvil, un testigo en la penumbra del callejón, su silueta apenas delineada por las luces temblorosas del cartel eléctrico sobre la entrada del club. A sus pies, su Meister estaba inclinada contra la pared, sus dedos perfectamente decorados aferrándose al ladrillo con un agarre débil. El borde de su falda corta estaba manchado de polvo, su maquillaje ligeramente corrido, pero incluso en ese estado, Yua seguía siendo un cuadro vibrante de blanco y dorado, de pestañas largas y uñas brillantes. Dmitry ladeó la cabeza, observándola con la misma paciencia con la que alguien observa el paisaje. El cigarro colgaba de sus labios, consumiéndose con la lentitud de su aliento. —No puedes con el alcohol ruso. No era solo una burla, sino también una verdad entregada con la neutralidad de quien ya había anticipado ese desenlace. Yua levantó la cabeza lo justo para verlo, con el ceño fruncido y la dignidad aferrándose a ella con uñas y dientes. Su labial, antes perfectamente delineado, se desvanecía en la comisura de sus labios. —Dima, cierra la puta boca y sujétame el pelo. Él dejó escapar un suspiro leve antes de moverse. Sus manos, que estaban acostumbradas a cargar cuchillas y terminar trabajos sucios, ahora recogían con total gentileza los mechones dorados de su Meister, sujetándolos con cuidado para apartarlos de su rostro. —Y sí puedo con el alcohol ruso, eh. —Su voz sonaba algo rasposa, aún adormilada por el licor—. No sé qué mierda le ponen ustedes a sus pastillas, raritos… La risa silenciosa de Dima se perdió en la brisa nocturna. La callejuela, angosta y desordenada, amplificaba el eco de cada jadeo ahogado y queja frustrada. El humo de su cigarro flotaba en el aire entre ellos, desvaneciéndose en la penumbra mientras Yua maldecía entre dientes, su orgullo resistiéndose a la miseria en la que se encontraba. —Sabes que esto es tu culpa, ¿no? —murmuró Dmitry. Ella agitó una mano con pereza, como si pudiera espantar sus palabras. —Ugh, qué pesado… Se cubrió la boca con el dorso de la mano, cerrando los ojos con fuerza antes de mascullar: —Tráeme agua. Dmitry no respondió. Solo metió la mano en su abrigo y sacó una botella, dejándola caer en la suya con la naturalidad de quien ya esperaba el desastre. —Es de la canilla. Para que sepas. Ella la tomó sin pensarlo, con la urgencia de alguien que busca aferrarse a cualquier salvación. Dima la miró en silencio mientras ella se enjuagaba la boca, su expresión carente de juicio, solo con la observación tranquila de quien ya había visto esta escena demasiadas veces antes. —También tengo chicles. No hubo respuesta inmediata. Solo el sonido del agua bajando por su garganta. Luego, sin voltear, Yua levantó la mano con la palma abierta. —Dámelos. El paquete cayó en su mano, y ella se metió uno en la boca sin ceremonias. —Gracias, bebi~. El chicle se movía perezosamente entre sus dientes cuando finalmente se enderezó, apoyando la espalda contra la pared. Sus uñas decoradas brillaban bajo la luz neón cuando se alisó la falda, con un gesto tan perezoso como impecable. Dmitry esperó, porque conocía el patrón. Yua lo miró, y la chispa traviesa volvió a sus ojos. —Llévame a casa. Dmitry no reaccionó de inmediato. Solo ladeó la cabeza, un gesto pequeño, sutil, pero suficiente para que ella entendiera que esperaba algo más. Y Yua nunca decepcionaba. Se inclinó un poco hacia él, su perfume dulce y empalagoso envolviéndolo como un eco de la fiesta que habían dejado atrás. Sus labios se curvaron con un toque de maldad divertida. —O qué, ¿me vas a dejar tirada en la calle? La respuesta de Dima fue un silencio frío, cargado de un sarcasmo tan seco que ni siquiera necesitaba palabras. Su cigarro cayó al suelo, y con un movimiento breve de su pie, lo apagó contra el pavimento. —No es como si tuviera otra opción —dijo finalmente, desabrochándose el abrigo para quitárselo—. Claro que te llevo. Pero me debes la mitad de lo que te quedó. Yua dejó escapar una carcajada nasal antes de amarrarse la prenda a la cintura con un gesto perezoso, su sonrisa radiante contrastando con su estado deplorable. Dmitry ni siquiera esperó a que terminara de acomodarse. En un solo movimiento, se agachó y la subió a su espalda, asegurando sus piernas con un agarre firme mientras ella soltaba un gritito de sorpresa. —¡Así se hace, esbirro! —canturreó, entre risas, claramente aún ebria.  —¿Sabes? A veces siento que solo soy eso para ti. Pero luego recuerdo que también me ves como un perro, un esclavo, un siervo... Y se me pasa. Yua se echó a reír, dejándose caer contra su espalda. El perfume en su cabello se mezcló con el aroma del tabaco que impregnaba la ropa de Dima. Se aferró a él sin miedo. Porque, al final, sin importar lo dura que fuera la noche, siempre la llevaba a casa.
Tipo
Individual
Líneas
87
Estado
Terminado
Me gusta
3
0 turnos 0 maullidos 585 vistas
Patrocinados
Patrocinados