La luz del sol entraba a través de los ventanales del pasillo cuando Takeru salió de su habitación. Vestía una **camiseta negra y pantalones de vestir del mismo color**, con el cabello ligeramente despeinado. Su estómago rugió levemente, recordándole que la prioridad del momento era conseguir algo de comer.
Caminó por el hotel con la misma actitud despreocupada de siempre, las manos en los bolsillos y la mirada recorriendo los alrededores con calma. Era temprano, pero ya había movimiento. Empresarios conversando en voz baja, peleadores estirando o desayunando con miradas serias.
Al doblar una esquina, se encontró con un rostro familiar.
—Arakawa.
Hideki Nogi estaba allí, acompañado de un par de asistentes. Su presencia seguía imponiendo respeto, aunque su mirada era más calculadora que intimidante.
Takeru sonrió levemente.
—Vaya, vaya… si es el gran jefe del Kengan. No me digas que me estabas buscando.
Nogi exhaló con un deje de resignación.
—No, pero sabía que tarde o temprano te encontraría.
Takeru se encogió de hombros y comenzó a caminar hacia la cafetería. Nogi lo siguió, manteniendo el ritmo.
—El Kengan ha cambiado, ¿eh? —murmuró Takeru con tono casual—. Antes, salir de una pelea con vida no estaba garantizado. Ahora resulta que las muertes ya no están permitidas.
Nogi asintió con un leve gesto de aprobación.
—Los tiempos cambian. Si queremos que el Kengan siga existiendo, tenemos que adaptarnos. No es como en tu época.
Takeru soltó una risa corta.
—¿Mi época? Vamos, no soy tan viejo.
—Pero desapareciste como si lo fueras.
Takeru no respondió de inmediato. Llegaron a la cafetería, y él tomó una bandeja sin apuro. Se sirvió algo simple: arroz, pescado y un poco de miso. Nogi no tomó nada, solo lo observó.
Finalmente, Takeru suspiró.
—No tenía motivos para quedarme. ¿Para qué seguir aquí si ya no podía pelear?
Nogi entrecerró los ojos.
—Y sin embargo, volviste.
Takeru tomó asiento y le dio un sorbo a su sopa antes de responder.
—No por mí. Por mi alumno.
Nogi sonrió con cierta ironía.
—Eso también ha cambiado. El Takeru Arakawa que conocí nunca hubiera apostado por nadie más que por sí mismo.
Takeru se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyándose en la silla.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Podría haberme quedado, tal vez? ¿Convertirme en un anciano gruñón que se la pasa criticando a las nuevas generaciones?
—Eso ya lo haces.
Takeru se rio, sin molestarse en negarlo.
—Tienes razón. Pero si me fui, fue porque no tenía nada que hacer aquí. Ahora… —Dejó la cuchara en el plato y miró a Nogi con una expresión más seria—. Ahora quiero ver hasta dónde puede llegar ese chico.
Nogi lo observó en silencio por un momento y luego asintió, como si hubiera encontrado lo que buscaba en esa respuesta.
—Entonces más te vale que no desaparezcas otra vez.
Takeru sonrió de lado.
—No planeo hacerlo. Al menos no hasta ver cómo termina todo esto.
Y con eso, siguió comiendo, mientras Nogi se levantaba y se alejaba sin decir más.
Las cosas habían cambiado, sí. Pero aún quedaba mucho por ver.
Caminó por el hotel con la misma actitud despreocupada de siempre, las manos en los bolsillos y la mirada recorriendo los alrededores con calma. Era temprano, pero ya había movimiento. Empresarios conversando en voz baja, peleadores estirando o desayunando con miradas serias.
Al doblar una esquina, se encontró con un rostro familiar.
—Arakawa.
Hideki Nogi estaba allí, acompañado de un par de asistentes. Su presencia seguía imponiendo respeto, aunque su mirada era más calculadora que intimidante.
Takeru sonrió levemente.
—Vaya, vaya… si es el gran jefe del Kengan. No me digas que me estabas buscando.
Nogi exhaló con un deje de resignación.
—No, pero sabía que tarde o temprano te encontraría.
Takeru se encogió de hombros y comenzó a caminar hacia la cafetería. Nogi lo siguió, manteniendo el ritmo.
—El Kengan ha cambiado, ¿eh? —murmuró Takeru con tono casual—. Antes, salir de una pelea con vida no estaba garantizado. Ahora resulta que las muertes ya no están permitidas.
Nogi asintió con un leve gesto de aprobación.
—Los tiempos cambian. Si queremos que el Kengan siga existiendo, tenemos que adaptarnos. No es como en tu época.
Takeru soltó una risa corta.
—¿Mi época? Vamos, no soy tan viejo.
—Pero desapareciste como si lo fueras.
Takeru no respondió de inmediato. Llegaron a la cafetería, y él tomó una bandeja sin apuro. Se sirvió algo simple: arroz, pescado y un poco de miso. Nogi no tomó nada, solo lo observó.
Finalmente, Takeru suspiró.
—No tenía motivos para quedarme. ¿Para qué seguir aquí si ya no podía pelear?
Nogi entrecerró los ojos.
—Y sin embargo, volviste.
Takeru tomó asiento y le dio un sorbo a su sopa antes de responder.
—No por mí. Por mi alumno.
Nogi sonrió con cierta ironía.
—Eso también ha cambiado. El Takeru Arakawa que conocí nunca hubiera apostado por nadie más que por sí mismo.
Takeru se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyándose en la silla.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Podría haberme quedado, tal vez? ¿Convertirme en un anciano gruñón que se la pasa criticando a las nuevas generaciones?
—Eso ya lo haces.
Takeru se rio, sin molestarse en negarlo.
—Tienes razón. Pero si me fui, fue porque no tenía nada que hacer aquí. Ahora… —Dejó la cuchara en el plato y miró a Nogi con una expresión más seria—. Ahora quiero ver hasta dónde puede llegar ese chico.
Nogi lo observó en silencio por un momento y luego asintió, como si hubiera encontrado lo que buscaba en esa respuesta.
—Entonces más te vale que no desaparezcas otra vez.
Takeru sonrió de lado.
—No planeo hacerlo. Al menos no hasta ver cómo termina todo esto.
Y con eso, siguió comiendo, mientras Nogi se levantaba y se alejaba sin decir más.
Las cosas habían cambiado, sí. Pero aún quedaba mucho por ver.
La luz del sol entraba a través de los ventanales del pasillo cuando Takeru salió de su habitación. Vestía una **camiseta negra y pantalones de vestir del mismo color**, con el cabello ligeramente despeinado. Su estómago rugió levemente, recordándole que la prioridad del momento era conseguir algo de comer.
Caminó por el hotel con la misma actitud despreocupada de siempre, las manos en los bolsillos y la mirada recorriendo los alrededores con calma. Era temprano, pero ya había movimiento. Empresarios conversando en voz baja, peleadores estirando o desayunando con miradas serias.
Al doblar una esquina, se encontró con un rostro familiar.
—Arakawa.
Hideki Nogi estaba allí, acompañado de un par de asistentes. Su presencia seguía imponiendo respeto, aunque su mirada era más calculadora que intimidante.
Takeru sonrió levemente.
—Vaya, vaya… si es el gran jefe del Kengan. No me digas que me estabas buscando.
Nogi exhaló con un deje de resignación.
—No, pero sabía que tarde o temprano te encontraría.
Takeru se encogió de hombros y comenzó a caminar hacia la cafetería. Nogi lo siguió, manteniendo el ritmo.
—El Kengan ha cambiado, ¿eh? —murmuró Takeru con tono casual—. Antes, salir de una pelea con vida no estaba garantizado. Ahora resulta que las muertes ya no están permitidas.
Nogi asintió con un leve gesto de aprobación.
—Los tiempos cambian. Si queremos que el Kengan siga existiendo, tenemos que adaptarnos. No es como en tu época.
Takeru soltó una risa corta.
—¿Mi época? Vamos, no soy tan viejo.
—Pero desapareciste como si lo fueras.
Takeru no respondió de inmediato. Llegaron a la cafetería, y él tomó una bandeja sin apuro. Se sirvió algo simple: arroz, pescado y un poco de miso. Nogi no tomó nada, solo lo observó.
Finalmente, Takeru suspiró.
—No tenía motivos para quedarme. ¿Para qué seguir aquí si ya no podía pelear?
Nogi entrecerró los ojos.
—Y sin embargo, volviste.
Takeru tomó asiento y le dio un sorbo a su sopa antes de responder.
—No por mí. Por mi alumno.
Nogi sonrió con cierta ironía.
—Eso también ha cambiado. El Takeru Arakawa que conocí nunca hubiera apostado por nadie más que por sí mismo.
Takeru se inclinó ligeramente hacia atrás, apoyándose en la silla.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Podría haberme quedado, tal vez? ¿Convertirme en un anciano gruñón que se la pasa criticando a las nuevas generaciones?
—Eso ya lo haces.
Takeru se rio, sin molestarse en negarlo.
—Tienes razón. Pero si me fui, fue porque no tenía nada que hacer aquí. Ahora… —Dejó la cuchara en el plato y miró a Nogi con una expresión más seria—. Ahora quiero ver hasta dónde puede llegar ese chico.
Nogi lo observó en silencio por un momento y luego asintió, como si hubiera encontrado lo que buscaba en esa respuesta.
—Entonces más te vale que no desaparezcas otra vez.
Takeru sonrió de lado.
—No planeo hacerlo. Al menos no hasta ver cómo termina todo esto.
Y con eso, siguió comiendo, mientras Nogi se levantaba y se alejaba sin decir más.
Las cosas habían cambiado, sí. Pero aún quedaba mucho por ver.

