—¿Aún recuerdas la primera vez que nos conocimos? Yo no era más que un niño harapiento llamando a tu puerta. ¿Por qué me acogiste? ¿Y si la historia que te conté era mentira? ¿Y si no fuese el hijo de tu hermana jurada?

Mis preguntas quedan sin respuesta en el silencio de la noche. Por mucho que tú estés aquí, por mucho que mire tus labios, ya nunca sonreirás. Ya nunca volveré a oír tu voz.

—Te he traído aquí para puedas descansar. Se lo mucho que te gustan las flores y las estrellas. Aquí podrás disfrutar de ellas siempre, no habrá clientes estúpidos que vengan a molestarte.

Trago con pesadez, manteniendo la mirada en el cielo porque se que si te miro no podré dejar de llorar y hace mucho que prometí que no lloraría, que sería fuerte, ¿pero cuando caducan las promesas? ¿Hay que seguir cumpliéndolas cuando la otra persona ya no está en este mundo?

Siento las puntas de los dedos palpitando, la piel en carne viva y las uñas rotas de cavar para darte, no el entierro que mereces, sino el único que puedo ofrecerte. No tendrás ataúd, ni una corona de flores, ni un monje bendiciendo tu alma. No habrá gente de luto, ni amigos ni familiares. Solo yo.

—Estoy cansado. No quiero seguir más. Ya lo he intentado... Ya lo he dado todo...

Solo quiero que acabe. Alguien. Quién sea. Solo quiero que me entierren con ella. ¿Por qué tengo que seguir en un mundo que me arrebata lo único preciado para mí? Ya estoy cansado de sufrir.

Solo por esta noche déjame dormir a tu lado, como cuando era pequeño y me dejabas colarme en tu cama tras una pesadilla. Mañana te dejaré ir, pero esta noche necesito que espantes mis fantasmas una vez más.

Mañana, lo prometo. Mañana cubriré tú cuerpo con tierra y me marcharé. Pero hasta que salga el sol déjame quedarme contigo. Déjame volver a ser ese niño una última noche.
—¿Aún recuerdas la primera vez que nos conocimos? Yo no era más que un niño harapiento llamando a tu puerta. ¿Por qué me acogiste? ¿Y si la historia que te conté era mentira? ¿Y si no fuese el hijo de tu hermana jurada? Mis preguntas quedan sin respuesta en el silencio de la noche. Por mucho que tú estés aquí, por mucho que mire tus labios, ya nunca sonreirás. Ya nunca volveré a oír tu voz. —Te he traído aquí para puedas descansar. Se lo mucho que te gustan las flores y las estrellas. Aquí podrás disfrutar de ellas siempre, no habrá clientes estúpidos que vengan a molestarte. Trago con pesadez, manteniendo la mirada en el cielo porque se que si te miro no podré dejar de llorar y hace mucho que prometí que no lloraría, que sería fuerte, ¿pero cuando caducan las promesas? ¿Hay que seguir cumpliéndolas cuando la otra persona ya no está en este mundo? Siento las puntas de los dedos palpitando, la piel en carne viva y las uñas rotas de cavar para darte, no el entierro que mereces, sino el único que puedo ofrecerte. No tendrás ataúd, ni una corona de flores, ni un monje bendiciendo tu alma. No habrá gente de luto, ni amigos ni familiares. Solo yo. —Estoy cansado. No quiero seguir más. Ya lo he intentado... Ya lo he dado todo... Solo quiero que acabe. Alguien. Quién sea. Solo quiero que me entierren con ella. ¿Por qué tengo que seguir en un mundo que me arrebata lo único preciado para mí? Ya estoy cansado de sufrir. Solo por esta noche déjame dormir a tu lado, como cuando era pequeño y me dejabas colarme en tu cama tras una pesadilla. Mañana te dejaré ir, pero esta noche necesito que espantes mis fantasmas una vez más. Mañana, lo prometo. Mañana cubriré tú cuerpo con tierra y me marcharé. Pero hasta que salga el sol déjame quedarme contigo. Déjame volver a ser ese niño una última noche.
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